CAPÍTULO 16 #3
—No molestaré mucho tiempo, solo quería decirte que Verónica y yo vamos a entrenar un poco y que mi hermana quiere pasarse de casualidad —entrecomilló la palabra con los dedos— para conocer a Rebeca.
Víctor puso los ojos en blanco y sonrió. Tanto María como Erik prácticamente formaban parte de su familia; habían crecido juntos. Eran dos hermanos más.
—Claro, aunque quería llevarla a la cascada antes del mediodía, podéis venir a comer y así la conocéis.
—Ya hemos quedado con mis padres.
En ese momento, Rebeca se acercó a ellos sonriente y se colocó de pie junto a Víctor, con una mano sobre su hombro.
—¿Te gustaría dar un paseo por la ciudad después de comer?
—¡Claro! Me encantaría.
—Si quieres, nos vemos en el café The Twins.
—De acuerdo.
—Erik —lo llamó Rebeca justo cuando él se había vuelto para irse—. Me alegro de que estés bien, Víctor me dijo que hace unos meses tuviste un accidente.
Sonrió y miró a Víctor con un brillo pícaro en los ojos. Dio un par de pasos más hacia atrás para poner más distancia.
—Sí, gracias por preguntar, princesa.
Rebeca no sabía cómo reaccionar ante ese comentario, pero antes de poder responder Víctor cogió una bola antiestrés que se encontraba delante de un bote de lápices y se la tiró a Erik a la cabeza mientras se alejaba a paso ligero; la esquivó en el último momento sin apenas girarse para ver que algo se le acercaba.
Miró a ambos hombres sin entender lo que acababa de pasar. Se escuchaba la risa de Erik por el pasillo alejándose, mientras que Víctor la miraba con una inocencia fingida en los ojos.
Víctor no le había dicho que en realidad era el heredero al trono de Baltrium; para ser más precisos, ni siquiera le había contado que su familia era la que gobernaba en su mundo. No podía, aún no.
Tenía que asegurarse de que era capaz de guardar el secreto. Además, debía conocer al consejo de su padre y ellos también tendrían que aprobar su relación.
Debería darle una paliza a Erik por semejante comentario. Él era quien más sabía de la relación que mantenía con Rebeca, se lo había contado todo cuando volvió y siempre hablaban de ella mientras regresaban a la ciudad después de escaparse para llamarla por teléfono.
—Espero que sea una broma entre vosotros y que no haya querido tirarme los tejos.
Suspiró relajado.
—No le hagas caso. Son tonterías suyas. —Rio—. Ya lo irás conociendo.
—Supongo, pero me ha resultado muy raro. —Fingió un escalofrío—. ¿Qué hacemos ahora?
—Vamos a dar un paseo, quiero enseñarte un lugar que te va a encantar. Ahora me toca a mí hacer de guía.
Tomándola de la mano, salieron de la habitación y deshicieron el camino.
Rebeca seguía sin dar crédito a la decoración de la casa y también a lo grande que era; parecía un palacio.
No tenía ni idea de a qué se dedicaban sus padres en Baltrium, pero estaba claro que debía ser algo muy importante para poder permitirse un lugar como aquel.
Cuando llegaron a la planta baja, su padre se acercó a ellos.
—Necesito hablar contigo —le dijo y él se sorprendió.
—¿Ahora?
—No puede esperar y lo sabes, tiene que ser cuanto antes.
Rebeca supuso que era algo importante de su trabajo, de modo que soltó la mano de Víctor, dándole espacio.
—Ve, yo te espero aquí.
—No, será mejor que esperes en uno de los salones, por si lleva más tiempo de lo que creemos —insistió Adrián.
—Está bien.
La acompañaron a un salón cuyo centro estaba ocupado por una gran mesa que podía albergar a catorce comensales con tranquilidad.
Al fondo, una enorme chimenea era el punto focal del lugar, sobre la cual descansaba un reloj de bronce imponente, con estanterías de roble con algunos libros que parecían antiguos y varios cuadros a ambos lados.
Una de las paredes tenía ventanales gigantescos enmarcados por cortinas de color verde claro que daban luminosidad a la estancia y también un tono serio; en la otra había más retratos de gente que Rebeca, lógicamente, desconocía, y escudos entre cada uno de los retratos.
En el suelo, delante de la chimenea, había una alfombra muy gruesa entre dos sillones con aspecto cómodo, sobre la que descansaba una pequeña mesita.
Cuando su padre se giró de vuelta al lugar por el que había aparecido, Víctor le dio un ligero beso en la mejilla y un leve apretón en las manos.
—Volveré lo más rápido que pueda, ¿de acuerdo? —ella asintió y entró en la estancia.
El gesto de Víctor la alertó, pero no dijo nada para no interrumpir su trabajo. Se sintió nerviosa mientras se dirigía hacia los ventanales para observar el exterior.
Desde ahí se podía ver el jardín y la fuente que antes le había llamado la atención. Veía a la gente trabajando de aquí para allá, cuidando las flores que crecían en el borde de la fachada y podando los setos que estaban a unos cuantos metros, ejerciendo el papel de muros exteriores.
Pensó que vería a Idaira, pues le había dicho que ella también cuidaba el jardín, pero no fue así; en su lugar vio a una chica que sería unos años mayor que ella cerca de unos rosales, cuyas rosas eran magníficas.
La observó trabajar hasta que levantó la vista y sus miradas se encontraron.
La muchacha entrecerró los ojos con sorpresa y Rebeca supo que no la había reconocido, pues nadie sabía que estaba allí.
Se alejó de las ventanas para que nadie más la viera y se acercó a la pared contraria para estudiar los retratos y los escudos.
Había extendido la mano para tocar uno de los candelabros que se encontraban cerca cuando escuchó que alguien cerraba la puerta; se apartó enseguida, temerosa de que la hubieran pillado cotilleando, y se acercó nuevamente a las butacas.
—Siento haberla asustado, señorita.
Se trataba de un señor de cierta edad que se acercaba a ella.
Tendría unos cuantos años más que Adrián, vestía un traje de tres piezas azul oscuro, una camisa blanca y, aunque daba la impresión de que solía llevar corbata por su aspecto, en ese momento carecía de ella.
Su pelo estaba salpicado con bastantes canas y parecía un hombre muy inteligente; a pesar de tener una sonrisa en los labios, sus ojos marrones la miraban como si la estuviera evaluando.
Rebeca se sentó en la butaca y juntó las manos sobre su regazo. Se sentía fuera de lugar y ese hombre se acercaba con familiaridad, como si la estancia le perteneciera.
—No se preocupe, estaba ensimismada.
—¿Sabe? —La miró entrecerrando los ojos—. Conozco a todo el mundo en la ciudad, sin embargo, a usted no recuerdo haberla visto antes. —Rebeca tragó saliva, no sabía si debía decir la verdad—. ¿Es de Faroe?
—No, no lo soy.
El hombre esperó a que añadiera algo más; al no hacerlo, volvió a hablar.
—Tiene la piel un tanto bronceada, y los ojos un poco rasgados. ¿De dónde es?
Tenía que decir la verdad, no conocía nada de los otros reinos, pero no sabía si metería la pata. Luego se lo diría a Víctor para que estuviera sobre aviso.
—Lo cierto es que soy de Taera —empezó—. Estoy aquí porque Víctor y su familia me invitaron.
—¿Significa que sabe lo que podemos hacer? —Asintió—. ¿Y qué piensa una chica taeriana de eso?
¿Taeriana? Le extrañó que se refiriera a ella así, pero pensó que el gentilicio era el acertado, aunque al oírlo se sentía como si un extraterrestre la hubiera llamado terrícola.