CAPÍTULO 16 #2
Tras las presentaciones, abrieron la marcha a través del bosque y luego hacia una gran ciudad que nada tenía que envidiar a Cartagena.
Las aceras estaban limpias, las casas y edificios eran de colores claros, los comercios mostraban vitrinas amplias y expositores con sus artículos, la gente paseaba de un lado a otro ensimismada en sus pensamientos y solo unos pocos se fijaban en su grupo; cuando lo hacían, los saludaban con amabilidad y un profundo cariño.
Conforme avanzaban, Rebeca se percató de que apenas había medios de transporte a motor. Las personas se desplazaban de un lugar a otro en bicicletas, a pie o con vehículos eléctricos pequeños. Los coches con los que se habían cruzado eran de los cuerpos de emergencias.
También le llamó la atención que en la parte superior de los edificios y las casas hubiera unos paneles negros, mientras que las fachadas estaban hechas de ladrillos de diferentes colores. Sonrió y deseó poder estar a solas con Víctor para preguntarle sobre ello y sacar unas fotos.
Dejaron la ciudad a sus espaldas y avanzaron hacia una gran edificación, detrás de esta se podía distinguir un bosque y se escuchaba un salto de agua.
El largo sendero por el que se accedía a la construcción estaba rodeado de unos jardines espectaculares, con multitud de flores por doquier y una fuente en el lateral derecho de la gran casa.
—¡Es fantástico! ¡Mira qué flores! —Señaló las más cercanas—. Son preciosas.
—Muchas gracias —respondió Idaira.
—¿Las cuida usted? —La aludida asintió—. Son geniales.
—Lo sé. Llámame Idaira, por favor. —Rebeca aceptó.
El castillo parecía sacado de los libros de historia.
Tenía un aire medieval, pero no era así del todo porque los colores, el estilo, la decoración eran más modernos; incluso recordaban a los castillos irlandeses.
Rebeca estaba segura de que el lugar había pasado por unas cuantas remodelaciones hasta alcanzar aquella majestuosidad.
Llegaron a la entrada, donde estaban dos hombres sentados charlando, pero en cuanto los vieron se pusieron de pie y los saludaron con respeto mientras abrían unas puertas dobles y gruesas que daban paso a un vestíbulo grande, cálido y acogedor.
El interior dejó con la boca abierta a Rebeca, que miraba todo lo que la rodeaba. La decoración estaba perfectamente armonizada entre objetos modernos y antiguos.
Había alfombras, esculturas, muebles actuales decorados con antigüedades, en una de las paredes colgaban algunas espadas tras un escudo, lo que hizo pensar a Rebeca otra vez en la Edad Media.
—¡Por fin habéis llegado! —Adrián acababa de salir de unas puertas dobles de caoba y se acercaba a darles la bienvenida—. Estaba empezando a preocuparme… —En ese momento se fijó en la presencia de Rebeca—. Estás aquí —dijo con una mezcla de confusión y sorpresa.
—Es una larga historia, será mejor hablarlo en el despacho.
La respuesta de Idaira hizo que las manos de Rebeca empezaran a sudar. Al parecer, nadie en Baltrium sabía que ella iba a acompañarlos y eso acrecentó su nerviosismo.
El despacho era un salón espacioso, con enormes ventanas que iluminaban todo el lugar.
Al fondo se encontraba una gran mesa de madera maciza delante de una silla igual de imponente, en uno de los laterales, una chimenea en cuya repisa se podían ver fotos de Víctor y sus hermanos y, sobre el escritorio, divisó otra en la que estaban los cinco miembros de su familia.
Frente a este había unos cómodos sillones alrededor de una mesa de centro de color claro que diferenciaba el lugar, creando un espacio más acogedor.
La conversación giró en torno a Víctor, los motivos que lo movieron a decirle a Rebeca la realidad de sus capacidades y aclarar las acusaciones que Verónica había hecho.
Salvo que, en esta ocasión, fue su madre quien la defendió sin contar nada de lo que Víctor les había confiado.
Idaira miró a Rebeca y ella supo que sabía la verdad, pero que no quería hacer que pasase un mal momento.
Pronto, todos estuvieron hablando animadamente de trivialidades y le explicaron a Rebeca el especial cuidado que las personas de sus reinos ponían en preservar su entorno, por eso se sintieron felices cuando Víctor les contó que a ella también le preocupa cuidar del medio ambiente.
—Me gustaría enseñarle a Rebeca todo esto —los disculpó Víctor.
Víctor guiaba a Rebeca por unos largos pasillos con alfombras, esculturas, estatuas e incluso una vitrina con armas y trofeos. Las galerías eran extensas y se veía que había más habitaciones en esa casa de las que Rebeca había visto en toda su vida.
Se sentía irreal.
A pesar de toda la nueva información, aunque había visto a Víctor transformarse la noche anterior y había atravesado una especie de portal para llegar a Baltrium, a Rebeca aún le costaba creer que fuera cierto, lo más increíble era el cuidado con el que trataban al mundo en el que vivían; como le habían contado los padres de Víctor, a eso se debía la escasa presencia de factores contaminantes.
La casa de Víctor era enorme.
Cuando llegaron a su recámara, titubeó antes de dejarla pasar. Podía contar con los dedos de una mano el número de chicas que habían entrado en esa habitación y, aun así, le sobraban un par de ellos, pero nunca se había sentido tan nervioso.
Rebeca era especial y lo sentía.
Dejó que ella entrase primero, mientras él se colocaba a un lado de la puerta tenso, esperando su reacción. «¿Qué demonios me pasa?», se preguntó al tiempo que veía a Rebeca recorrer con la mirada cada rincón de su espacioso dormitorio.
En el centro se encontraba una cama grande con un dosel celeste casi transparente, que seguramente desde el interior daría la impresión de estar rodeado por una nube; el cobertor también era azul.
A la izquierda, las ventanas, y delante de ellas había un escritorio con un ordenador y algunos documentos.
En el lado opuesto de la habitación había dos puertas.
—Esto es el armario —señaló la que estaba a la derecha— y este el baño.
—Madre mía. —No sabía qué decir ante semejante habitación.
Víctor se acercó a Rebeca con una sonrisa y la llevó de la mano hasta las ventanas.
Las vistas eran magníficas. Delante de ellos se extendía un bosque precioso y también un salto de agua de varios metros de altura, parecía un lugar maravilloso, quería explorar la cascada más de cerca.
—¿Qué te parece?
—Es increíble… Todo esto es precioso.
Víctor rozó suavemente la palma de Rebeca que aún sujetaba, haciendo que le recorriera una descarga eléctrica que le aceleró el pulso.
Sus miradas se conectaron y, un segundo después, se encontró atrapada entre el duro torso de Víctor y el marco de la ventana.
Sintió cómo una mano le acariciaba el cuello, provocando una miríada de escalofríos, mientras que la otra descendía poco a poco por su cintura hasta el muslo y luego giraba para apretarle el trasero y acercarla más al fuego que era el cuerpo de Víctor.
Rebeca nunca había estado en casa de ninguno de sus novios y sabía por sus amigas que los padres siempre intuían el momento exacto para irrumpir en sus habitaciones e interrumpir la ocasión. Ella no dejaría que pasase, no después de lo que pensaba Verónica.
Apenas podía mantener la cabeza clara mientras los besos de Víctor la avocaban más y más a entregarse al ardor de la pasión.
Colocó las manos sobre el pecho de Víctor con la intención de poner un poco de distancia, pero consiguió el efecto contrario, de modo que terminó sujetando fuertemente la pechera de su camisa y tirando él para profundizar el ansia con que él la devoraba.
Le encantaba la forma en que deslizaba la lengua y jugaba con su boca, llevándola al paraíso con su aliento, así como los suaves mordiscos en los labios que hacía que quisiera mucho más y la volvían loca.
Como no se detuvieran iban a terminar desnudos de un momento a otro.
Víctor sentía cada estremecimiento de Rebeca y solo podía pensar en sentir su piel contra la suya.
Sus cuerpos encajaban a la perfección, como si fueran dos piezas de un puzle.
Notaba las manos de Rebeca en su pelo, pero lo que más le gustaba era cuando lo arañaba, enviando descargas eléctricas por todo su cuerpo que lo ponían a cien.
Empezó a levantar despacio la camiseta de Rebeca y siseó al sentir la suave piel de su estómago y los movimientos que sus caricias provocaban en ella. Abandonó su boca y la besó concienzudamente en el cuello, logrando que jadeara de placer.
Estaba perdiendo la cordura, sabía que tenía que detener aquello, alguien podía entrar.
Se mordió el labio. Necesitaba sentir a Víctor al completo.
Cuando él apartó lo suficiente el sujetador para pellizcarle el pezón, creyó que se correría; sus manos eran suaves, pero la tortura a la que la estaban sometiendo era cruel y dulce al mismo tiempo.
—Dios, Víctor… —Su voz era una súplica.
Al escuchar su voz, algo en ella despertó y aprovechó para detenerlo, debía hacerlo, era lo correcto.
—Puede venir alguien.
—Lo oiría antes de que llegara.
—No creo que estés concentrado en lo que pasa fuera.
Por fin había conseguido poner un poco más de distancia entre ellos y empezaba a respirar con normalidad. Aunque ambos estaban insatisfechos, era lo que tenía que hacer.
Víctor sabía que tenía razón, pero no había podido contenerse, en cuanto le devolvió el beso con tanta pasión estuvo perdido. Se apartó un poco de ella tras colocarle el sujetador en su lugar.
—Tienes razón, no podía pensar más que en ti. —En ese momento escuchó algo—. Justo a tiempo.
Diez segundos después, alguien llamó a la puerta. Antes de contestar, Rebeca fue en dirección al cuarto de baño para intentar serenarse, mientras que Víctor se sentó frente al ordenador para disimular su erección y abrió un programa de imágenes.
Erik abrió la puerta y se asomó un poco antes de entrar al darse cuenta de que no interrumpía nada. Imaginó que Rebeca estaría en el cuarto de baño y se acercó a Víctor, que estaba muy rígido.