CAPÍTULO 16
Amanecía cuando Rebeca despertó y sintió que algo la sujetaba; al mirar, vio que unos brazos la rodeaban y recordó todo lo que había pasado la noche anterior, desde la acusación de Verónica hasta las caricias de Víctor al hacerle el amor.
Suspiró al rememorar la maestría de las manos del hombre que la abrazaba mientras le daba placer.
Al moverse, despertó a Víctor, que la atrajo y le dio un beso en la mejilla.
—Buenos días, preciosa —saludó.
Ella se movió y lo miró sonriendo, con los ojos brillantes y rubor en las mejillas, lo que hizo que el corazón de Víctor latiera con fuerza al verla de esa forma, tan natural y sencillamente hermosa.
Esa mujer lo tenía loco.
—Buenos días —respondió ella y lo besó con dulzura.
Víctor volvió a besarla con tanta pasión que la cabeza de Rebeca empezó a dar vueltas y gimió cuando sintió cómo poco a poco la mano de él se colaba entre su ropa y subía hasta alcanzar su pecho con un delicado roce.
Ella se acercó lo máximo que pudo, amoldándose a su cuerpo para sentirlo por completo.
Bajó la mano hasta llegar al borde inferior de la camiseta que llevaba, rozando por un segundo la suave dureza que palpitaba de deseo.
Gimió cuando ella lo rodeó y empezó a moverla en toda su longitud, haciendo que su miembro se endureciera aún más, hasta un punto doloroso.
—Becky, me estás matando. —Su voz era ronca de deseo.
La apartó y la deslizó hacia su trasero.
Víctor la colocó sobre él. Se quitó la camiseta e hizo lo mismo con la de Rebeca, dejando a la vista sus pechos turgentes al alcance de su ardiente mirada.
Tomó uno de ellos para chupar, lamer y atormentar la punta, que ya estaba dura, mientras introducía la mano por el elástico de las braguitas y buscaba aquel paraíso cálido y húmedo entre las piernas de Rebeca.
Lo encontró y movió los dedos al compás que acariciaba su pezón con la lengua.
Ella echó la cabeza hacia atrás, disfrutando de la dulce tortura a la que la sometía, hasta que, con una fuerte sacudida, se dejó llevar por un orgasmo tan potente que tembló por completo y le clavó las uñas en los hombros en un intento por mantenerse erguida.
Cuando por fin el último espasmo abandonó su cuerpo, se apartó de Víctor el tiempo suficiente para desprenderse de las barreras que aún los separaban y, colocándose nuevamente a horcajadas sobre él, introdujo su henchido miembro poco a poco en su interior, disfrutando de los siseos de placer que estaba provocando al hombre que tenía debajo.
Se movió despacio al principio, aumentando el ritmo a medida que Víctor se hacía con el control al levantar las caderas, sujetándola para introducirse más en su interior.
Ella volvió a correrse y se desplomó sobre su pecho, lo que Víctor aprovechó para apoderarse de sus labios y sentir sus suspiros mientras él la apretaba con firmeza y movía las caderas entrando y saliendo de su interior, acallando los gemidos de Rebeca en su propia boca.
Rebeca abandonó su boca en dirección a su cuello, donde besó y lamió su piel desde la clavícula hasta la oreja, enviando una miríada de escalofríos a través de su cuerpo que provocó que aumentara los envites.
—Oh, sí… —gimió ella en su cuello.
Eso fue lo máximo que pudo soportar; con unas fuertes embestidas más, ambos llegaron a un éxtasis sobrecogedor.
Tardaron un par de minutos en recuperar el aliento y Rebeca se apartó de él para alcanzar unas toallitas y limpiarse antes de vestirse.
—Solo me había despertado porque no podía moverme. —Sonrió mordiéndose el labio.
—Pues te has movido de maravilla —contestó recorriendo con la mirada su cuerpo.
Lo besó en la mejilla.
—¿Qué hora es? —preguntó Víctor.
—Aún es temprano —respondió con el móvil en la mano—. Pero mi hermana se levantará dentro de poco.
—Tengo que irme antes de que me vea; además, quiero llegar a casa pronto, espero que aún no se hayan despertado y pongan el grito en el cielo por no haber regresado.
Rebeca se ruborizó.
Víctor, sin embargo, omitió decirle que sus padres se preocuparían mucho si no aparecía; aunque parecía que el peligro había pasado, aún no se confiaban del todo.
—También quiero aclarar las cosas con Verónica —la acercó más a él—, y más tarde con Toni.
—De eso nada —aunque se alegró de que quisiera defenderla, no quería que la pusiera en evidencia—, no tienes que hablar con Toni, es algo de lo que me he ocupado yo.
—Pero…
—No. Víctor, puedo hacerme cargo, no te preocupes; por eso no te lo quería decir —suspiró—. No vale la pena.
—Está bien. Te juro que si vuelve a ponerte una mano encima… —Rebeca no quería averiguar lo que pasaría, aunque sentía cómo apretaba los puños con fuerza.
—Vale. Sin embargo, ahora tienes que irte —cambió de tema.
Apartó las mantas y se mordió el labio cuando Víctor se puso en pie y lo vio en todo su esplendor.
Cogió aire con fuerza y se obligó a controlarse.
Fue hacia la puerta y la abrió un poco para asegurarse de que no había nadie despierto aún en su casa.
Al ver que era seguro, le hizo señas para que saliera.
Al pasar por su lado la besó en la frente y acto seguido se transformó en un pájaro que abandonó su casa por una ventana abierta.
Lo vio alejarse hasta que se perdió de vista y luego volvió a la cama, donde el olor de Víctor había quedado impregnado en las sábanas.
Abrazó la almohada inhalando su aroma y volvió a pensar en lo que había averiguado la noche anterior.
Rebeca había vuelto a dormirse y se despertó cuando su móvil comenzó a sonar. Era Víctor.
—¿Te gustaría pasar el día conmigo? —le preguntó nada más contestar.
—¿Tú y yo solos?
—Em… Es que tengo una sorpresa. —Eso no contestaba a su pregunta—. Seguramente no estaremos solos.
—De acuerdo, ¿a qué hora nos vemos?
Dos horas más tarde, cuando llegó a casa de Víctor se puso nerviosa, no quería enfrentarse a Verónica y tampoco a su familia, pero se armó de coraje y llamó al timbre.
Abrió su madre. Ambas entraron al salón, donde las esperaba Víctor con una sonrisa de oreja a oreja junto con su hermana.
Rebeca se puso más tensa aún. Antes de que pudiese saludar, Verónica se adelantó y la miró avergonzada.
—Siento mucho lo que te dije, tenía que haberme asegurado antes.
—Pues sí —respondió sin poder contenerse—. Pero aún tenemos tiempo para conocernos y confiar la una en la otra. —Sonrió y le tendió la mano, que Verónica aceptó.
—Ahora que está todo solucionado, ya podemos irnos —dijo Víctor, tan emocionado que Rebeca lo miró con el ceño fruncido.
—¿A dónde? —preguntó con desconfianza.
—Ya lo verás —respondió Víctor con ojos brillantes.
—¿No esperamos a tu padre y a tu hermano?
—Ya están allí —respondió Idaira.
De modo que, sin hacer ninguna otra pregunta, todos abandonaron la casa.
Tras un corto trayecto en coche, pronto se dio cuenta de que se dirigían a una ruta de senderismo que ella y sus amigos solían hacer de vez en cuando. Despidieron al taxi y tomaron el camino de tierra que subía por la montaña.
Pronto se desviaron y se detuvieron cerca de un par de árboles, cuyas lianas entrelazadas caían hasta casi rozar el suelo y otras se hundían en la tierra.
Verónica e Idaira la miraban esperando ver su reacción, sin embargo, Rebeca no quería ponerse en evidencia, no entendía qué hacían ahí, pero tuvo un fuerte presentimiento de que esa era la entrada a Baltrium y se sintió abrumada, no sabía con qué se iba a encontrar.
Miró a Víctor.
Tras sonreírle, la tomó de la mano y la guio hacia las lianas. Estaba nerviosa, de modo que se dejó llevar por él.
Apenas atravesaron el dosel de enredaderas, todo cambió.
Ya no estaba en el camino de senderismo, sino que lo que tenía bajo los pies era un puente de piedra sobre un río no muy caudaloso; a varios metros de ellos se encontraba un espeso bosque tras un pequeño claro con rocas por doquier.
Al mirar hacia atrás, los árboles habían desaparecido y, en su lugar, una pared rocosa cubierta por una cortina de enredaderas de hojas verdes y flores brillantes.
Giró en redondo sin saber dónde mirar, todo era precioso.
Víctor la observaba sonriente, mientras ella giraba para ver dónde se encontraban. Había confiado plenamente en él y por eso ahora estaban en los puentes de su reino; de no haber sido así, Rebeca solo habría atravesado los árboles.
—Estamos en Baltrium —susurró asombrada.
Víctor asintió mientras Verónica y su madre se acercaban a ellos.
—Vuestro padre nos estará esperando. Será mejor darnos prisa antes de que...
En ese momento, salieron por uno de los caminos del bosque dos hombres.
El primero era castaño y llevaba el pelo corto, los ojos eran marrones y su sonrisa parecía sincera; era unos centímetros más bajo que Víctor, pero también estaba para comérselo; vestía unos pantalones vaqueros y una sencilla camiseta oscura.
Su compañero, en cambio, tenía el rostro un tanto tenso y miraba a ambos lados examinando los alrededores; con el cabello negro y casi rapado y una mirada a la que no se le pasaba nada por alto, caminaba con paso firme.
Su traje constaba de una camisa blanca y unos chinos grises.
Ambos hombres se detuvieron delante del Víctor y las mujeres, y los saludaron con una inclinación de cabeza que a Rebeca sorprendió, tras lo cual el chico de pelo castaño le estrechó la mano a Víctor y miró a Rebeca de forma cómplice, poniéndola aún más nerviosa.
—Él es Erik —le dijo a modo de presentación—. Ella es Rebeca —añadió tras girarse a su amigo.
—Bienvenida a Baltrium. —Sonrió—. Víctor nos ha hablado mucho de ti.
Rebeca abrió mucho los ojos y sintió cómo la temperatura de su cara aumentaba rápidamente. Se tenía por una chica que se adaptaba enseguida a las situaciones, de modo que le devolvió la sonrisa y le tendió la mano.
—Espero que solo haya contado las cosas buenas.
—Te lo aseguro.