CAPÍTULO 15 #4
—Sí, lo que te dije aquella vez era cierto.
Se suponía que no debía hacerlo, pero no sé…
estaba tan cómodo hablando contigo que… —Rebeca no sabía qué decir—.
Como te conté, tengo la habilidad de transformarme en diversos animales.
Vengo de un lugar llamado Baltrium, ahí todos podemos cambiar, aunque solo en la fauna que vive en nuestro reino.
—Ella lo miró con el ceño fruncido—. Existen cinco reinos, y solo las personas de Baltrium, Alena, Faroe y Seica tienen la capacidad de metamorfosis; sin embargo, los habitantes del quinto reino, Taera, donde nos encontramos, carecen de ella.
»Si bien el reino de Taera es el más grande y contiene la fauna y flora de los otros , sus habitantes sois totalmente humanos.
»En la antigüedad, los cinco reinos estaban abiertos a todos.
Las personas que carecían de nuestra habilidad podían visitar sin problemas nuestro mundo, sin embargo, poco a poco el miedo creció en los corazones de las gentes de Taera y hubo muchas guerras.
Al final se crearon barreras para que los taerianos no pudieran entrar a los reinos animales y así es como sigue hoy en día.
Pocos son los taerianos que saben de nosotros, aunque los reyes suelen mantener contacto con algunas personas para comerciar, ayudar y mejorar en distintos aspectos, ya sea económico, social, político o incluso en avances tecnológicos…
»Como decía, después de separarnos de Taera, muchos de los nuestros se quedaron a vivir aquí. Algunos perdieron la capacidad de transformarse debido a que cada vez la utilizaban menos, por lo que, con el paso de los años, se convirtieron en humanos normales.
»Se han escrito muchas leyendas con base real derivadas de la capacidad de transformación: las sirenas, hombres lobo, centauros, náyades… Lo que antaño eran historias de personas reales, se han quedado en cuentos y mitos fantásticos.
A Rebeca le costaba asimilar todo lo que estaba escuchando, no obstante, a tenor de lo que acababa de presenciar, tampoco entendía que le fuera tan difícil; al fin y al cabo, había sido testigo de primera mano del cambio.
—De modo que has llegado a través de un tipo de portal porque a tu reino no se puede ir en avión o coche. ¿Estoy en lo cierto? —Víctor asintió—. ¿Por eso yo no podía ponerme en contacto contigo?
Mientras Víctor hablaba, Rebeca asimilaba las cosas que le contaba. Era muy extraño, aunque a ella, que le gustaban las películas y los libros de ficción y fantasía, le parecía todo irreal y a la vez extraordinario.
—En efecto, para comunicarnos entre reinos tenemos teléfonos especiales.
—Víctor anticipó la siguiente pregunta antes de que la formulara—.
Cada vez que hablábamos, yo salía de Baltrium para poder utilizar el móvil que me diste; aunque no me alejaba demasiado porque…
—Hizo una pausa, ya que, aunque le estaba diciendo la verdad, no podía contarle los motivos reales.
Rebeca sonrió; aun a riesgo de parecer egoísta, le gustó que se saltara las normas por ella.
—Siento haberte tenido tantas horas al teléfono —se disculpó, no sabía si alguien lo había pillado o tuvo algún problema, además del frío que debió haber pasado.
—El riesgo merecía la pena. —Sonrió y la tomó de la barbilla para que lo mirase—. Ahora que ya lo sabes… tienes que decirme lo que piensas.
—¿Lo que pienso? —Ella lo miró sin comprender—. Lo sabes perfectamente, Víctor. —Le devolvió la sonrisa—. Es increíble, te lo dije; me encantaría poder hacerlo y ser un gato o, ya puestos, un felino más grande.
Mientras la escuchaba, su corazón se agitaba de la emoción, Rebeca lo aceptaba y no le tenía miedo. Sin pararse a pensar en lo que hacía, la alegría lo embargó y la besó con dulzura, pero al mismo tiempo de forma exigente, como si necesitara compartir su felicidad.
Ella le devolvió el beso y gimió cuando sus lenguas se encontraron y bailaron en su boca, había olvidado su sabor y, sintiendo la necesidad de sus caricias, ella respondió enterrando la mano en los cabellos de Víctor para acercarlo más.
Sintió el peso de Víctor sobre el suyo y creyó perder la cabeza. Le recorrió la espalda con las manos hasta la parte más estrecha de su cintura, gimió cuando bajó un poco más y le acarició el trasero.
Víctor se estremeció mientras Rebeca exploraba su cuerpo.
Quería tocarla y deleitarse con las curvas y la piel suave y tersa de la mujer que tenía entre sus brazos, de modo que, lentamente, introdujo una mano bajo el pijama y sintió el calor que desprendía; al recorrer su cintura, notó cómo se estremecía y jadeaba con su roce, lo que hizo que se tomara su tiempo para disfrutar del placer que sus caricias le estaban provocando.
Abandonó su boca y dejó un reguero de besos hasta llegar al cuello, el cual lamió y mordisqueó; eso, sumado a las caricias que le estaba prodigando en sus pechos, provocó que Rebeca se corriera.
Cuando sus estremecimientos cesaron, Víctor la observó maravillado.
Los ojos de ella se habían oscurecido por la pasión y lo miraba mordiéndose el labio, sonrió y acto seguido se quitó la camiseta del pijama, dejando a la vista unos pechos que Víctor no tardó en saborear y excitar con los dedos.
Tenían el tamaño perfecto para su mano y los pezones enhiestos pedían ser succionados y lamidos a placer.
Rebeca estaba al borde de un nuevo orgasmo mientras sentía la erección de Víctor a través de la ropa y él atormentaba sus pechos lamiendo y mordisqueando suavemente sus pezones.
Sintió entonces que la mano de Víctor se abría camino entre el elástico del pantalón y de sus braguitas para buscar los pliegues que ocultaban su tierna calidez.
Un asomo de sorpresa cruzó la cara de Víctor al llegar a la parte más húmeda de Rebeca sin encontrar vello a su paso.
Con suavidad, comenzó a acariciarla en círculos, enardeciéndola cada vez más hasta que nuevos estremecimientos y veía cómo su cuerpo se arqueaba acercándose más a la mano que le estaba provocando placer.
—Víctor… —suplicó mientras los espasmos del orgasmo aún la consumían.
En ese instante, él apartó del todo la ropa que quedaba entre ellos y, tendiéndose sobre ella, la penetró con una fuerte embestida, aumentando aún más el placer de su compañera y gruñendo de deleite al sentirse envuelto en su dulce calidez.
Solo cuando sintió que los estremecimientos de Rebeca cesaban, él empezó a moverse en su interior.
Se encontraba en el paraíso entrando y saliendo de su cuerpo mientras la miraba y comprobaba la satisfacción que le estaba provocando.
Víctor estaba haciéndola explotar con cada nuevo orgasmo y la dejaba casi sin fuerzas, veía cómo sus músculos se contraían cuando empujaba en su interior y notaba que con sus movimientos la acercaba de nuevo a esa dulce perdición de los sentidos que la llevaba a la cima, pero esta vez quería experimentarlo con él, de modo que bajó la mano y la introdujo entre los dos para sentir su dureza, aumentando su deseo y expectativas su culminación.
Apartó la mano cuando el ansia de tenerlo otra vez dentro fue más fuerte y levantando la cadera para recibirlo mejor, se acompasó con sus embestidas, aumentando así su placer y llevándolos a ambos a un clímax sublime que los dejó exhaustos y sudorosos.
Rebeca se vistió y Víctor se levantó de la cama.
—¿Qué haces? —preguntó extendiendo la mano para detenerlo.
—Te dejo dormir tranquila, no quiero incomodarte.
—No te vayas —le pidió, y él le dio un beso en la cabeza.
—¿Y si se enteran de que estoy aquí? —Rebeca se levantó y echó el pestillo de la puerta.
—Quédate, así sabré que todo esto es real. —Se mordió el labio—. Tengo una camiseta extra grande que compré por equivocación en internet. —Rebuscó en los cajones y se la tendió—. Toma.
Víctor se la puso, aunque le estaba un tanto ajustada. Ella sonrió y ambos se acomodaron en la cama.