CAPÍTULO 15 #2
No sabía a qué se referían con esas palabras, pero le daba igual, estaba convencida de que solo lo decían para molestarla y no iba a permitir que unos comentarios malintencionados le aguaran la noche que tenía por delante.
Terminaron el trabajo en tiempo récord, de modo que Lucía y Rebeca acompañaron a Vanesa a su casa antes de volver a la de Lucía para cambiarse.
Durante el paseo le contaron el plan que tenían para esa noche y Vanesa se sintió un poco mal porque no la había incluido; pero, como bien le recordó Rebeca, ella no había ido al instituto ya que se sentía mal.
Cuando se separaron, se dieron prisa para volver a casa de Lucía. Rebeca había comprado una botella de vino para no ir con las manos vacías a la cena. Se cambiaron rápidamente de ropa y se pusieron en camino.
Rebeca llevaba una chaqueta negra sobre una camisa roja que se amoldaba a sus curvas, unos pantalones vaqueros, botines negros que combinaban con el bolso.
Lucía, por su parte, se había puesto unos vaqueros azul marino y una blusa blanca, una cazadora beige y unas botas oscuras completaban su atuendo.
No tardaron en llegar al centro y se dirigieron a casa de Víctor.
Cuando llamaron a la puerta, fue él quien abrió, y sonrió al ver a Rebeca.
—Estás preciosa —le dijo apartándose para que entrasen—. Vais estupendas, chicas —añadió mirando a Lucía.
Ambas siguieron a Víctor al interior de la casa hasta llegar al salón, donde los esperaba su familia.
Un hombre alto y moreno que aparentaba cincuenta años, sentado en el sillón más alejado, se puso de pie en cuanto entró Víctor seguido por las chicas; llevaba una camisa azul claro de manga corta y unos chinos marrones.
De la cocina salieron dos mujeres, la primera llevaba unos vaqueros ajustados y una camiseta blanca con un águila en pleno vuelo, era muy alta y tenía la melena recogida en una cola de caballo; aun así, el pelo le llegaba a la mitad de la espalda.
La segunda era un poco más baja, guapísima, el cabello era castaño oscuro y las miraba con ojos amables, al contrario que la de la coleta, que más bien parecía enfadada.
La madre de Víctor lucía unos pantalones de vestir beige y una camisa negra con detalles blancos que acentuaban una figura que Rebeca y cualquier chica desearía poseer a su edad; era esbelta y estaba en forma, cien por cien seguro que iba al gimnasio, al igual que su hija.
Vins salió de una de las habitaciones que había al fondo y se acercó al salón a esperar las presentaciones.
Tenía el pelo despeinado pero corto, lo que le daba un aire rebelde; llevaba unos vaqueros desgastados y una camiseta negra de los Rolling Stones.
Cuando Víctor se apartó para dejar pasar a las chicas, por un segundo se le abrieron los ojos de par en par al verlas.
Se acercó con celeridad a saludar a las recién llegadas.
—¿Cuál es la afortunada, hermanito? —le preguntó en voz tan baja que Rebeca apenas estaba segura de haberlo oído bien.
Rebeca se había apartado para dejar paso a Lucía, de modo que era quien se encontraba al lado de Víctor.
Cuando él miró a su lado se encontró a Lucía, por lo que la presentó primero.
—Ella es Lucía —dijo en voz alta mientras todos se acercaban.
Sin pararse a pensar en lo que Rebeca le había dicho, Lucía se acercó a Vins, que se inclinó enseguida para que ella le diera dos besos, uno en cada mejilla.
Rebeca no pudo evitar darle un toque en el brazo a Lucía cuando se alejó de Vins. Al mirarla, Lucía recordó a qué se debían los golpecitos de su amiga.
—Lo siento —se disculpó con la cara como un tomate—. Es verdad, no me acordé.
—No te preocupes —la tranquilizó Vins—, Víctor nos dijo que era así como os saludáis. —Las miró a ambas—. No quería incomodarte. —Terminó observando a Lucía.
Víctor miró a sus padres, que, a su vez, contemplaban a Vins con sorpresa; era una novedad para ellos ver a su hijo comportarse de esa forma y preocuparse más por una chica que acababa de conocer.
Sin hacer ningún otro comentario, Víctor terminó con las presentaciones y enseguida se dirigieron a la mesa.
Mientras Rebeca ayudaba en la cocina, Lucía empezó a hablar con Vins, que había vuelto a disculparse por hacerla pasar vergüenza.
Los padres de Víctor no dejaban de preguntar, tanto a Rebeca como a Lucía, sobre lo que les gustaba hacer en su tiempo libre y sobre lo que querían estudiar o dedicarse en el futuro.
La conversación fue muy entretenida, contaron anécdotas y todos se rieron cuando las chicas relataron lo que les había pasado un día en el Oceanográfico de Valencia.
Tanto Vins como sus padres se encontraban cómodos y hacían bromas.
Rebeca estaba segura de que, de algún modo, había conseguido la aceptación de sus padres y de su hermano; hasta Verónica parecía relajada y ya casi no se mostraba distante con las dos muchachas, aunque seguía un poco reacia a tolerar a Rebeca, incluso más que a Lucía.
Al terminar, Lucía y Rebeca ayudaron a recoger la mesa. Todo estaba saliendo perfecto, hasta que Rebeca se quedó a solas con Verónica en la cocina.
—¿Qué es lo que quieres realmente de mi hermano?
La pregunta la pilló desprevenida y se le escapó una risa nerviosa, lo que hizo que Verónica la mirara con el ceño fruncido.
—Me gusta mucho. —Se encogió de hombros—. Me lo paso muy bien con él.
—Ya veo —dijo molesta, mirándola de arriba abajo—. Víctor es una persona muy importante —su voz tenía un toque ácido—, de modo que no me gusta que le mientan ni que jueguen con él. ¿Entendido?
—De acuerdo —respondió molesta—. En ese caso, no lo invitaré a la bolera.
—Sabes muy bien a lo que me refiero, así que, si vas a burlarte de mi hermano y fingir que eres una blanca paloma mientras te lías con otros… será mejor que lo dejes ahora o…
—¿Es una amenaza? —Rebeca no tenía ni idea de a lo que se refería, pero no iba a dejar que le hablara así—. ¿A qué te refieres con eso de que me líe con otros?
—Al chico de la tienda y al chico del instituto, a quienes besaste el otro día.
No sabía de dónde había sacado eso, pero la sangre le hirvió de tal forma que se le revolvió el estómago. La miró a los ojos y se sintió como una estúpida por pensar que la habían aceptado.
—No sé a qué te refieres. —Su voz sonó fuerte al principio, aunque se fue apagando.
—Tus amigas me lo dijeron. Que cuando Víctor se fue te quedaste tan triste que empezaste a salir con un chico de tu trabajo y también con otro de tu clase; así que deja ya los juegos y confiesa que solo estás con Víctor por quién es.
—Eras tú quien hablaba con Desiré y Marina en la puerta de la biblioteca esta tarde. —La furia había conseguido superar la vergüenza que sentía—. ¿No es cierto? —La vio asentir.
—Necesitaba saber cómo eras de verdad.
—El frutero era mejor para contarte cómo soy.
—¡No me vaciles! Y deja de fingir.
—No tienes ni… —se controló antes de soltar una palabrota— idea.
Con los ojos anegados en lágrimas, se dio la vuelta para salir de la cocina, justo en el momento en que Vins entraba. Las miró a ambas.
—¿Va todo bien? —Rebeca asintió sin poder contestar.
—Por supuesto —contestó Verónica, aunque parecía desconcertada.
Una vez en el salón, Lucía miró a Rebeca y se levantó para encontrarse con ella. No hicieron falta palabras, Rebeca negó con la cabeza y señaló disimuladamente a la puerta. Lucía asintió y ambas se giraron para despedirse.
—Tenemos que irnos, es tarde —las excusó Lucía—. Ha sido un placer. Muchas gracias por todo.
—La cena ha estado deliciosa —añadió Rebeca sin que la voz le temblase—. Adiós.
—Os llevo —avisó Víctor, que ya cogía las llaves del coche.
—No hace falta —rechazó Lucía tras ver cómo su amiga negaba sin que nadie se diera cuenta.
Los padres de Víctor las miraban sin comprender aquel cambio tan brusco de comportamiento, al tiempo que Vins entraba en el salón con las bebidas que le habían pedido. Se quedó paralizado mientras ambas cogían sus cosas.
Víctor las siguió a la puerta, necesitaba saber qué estaba pasando y por qué se iban así.
—¿Estáis bien? —preguntó sujetando el brazo de Rebeca, pero mirando a Lucía, ya que Rebeca tenía la vista clavada en el suelo y apretaba su bolso con fuerza.
—Sí, es solo que tenemos que irnos ya —insistió Lucía. Quería saber qué había ocurrido con Verónica en la cocina.
—¿Estás segura? —Miró a Rebeca—. Becky, háblame.
—Estamos perfectamente —respondió enfadada, miró detrás de Víctor y vio que Verónica hablaba con Vins y pensó que le estaría contando las mentiras de Desiré y Marina—. Tenemos que irnos.
En cuanto las dos chicas desaparecieron, Víctor volvió al salón y se dio cuenta de que Rebeca había estado a solas con Verónica antes de que se fuera como un vendaval.
—¿Qué demonios ha pasado en la cocina, Vero?
—Solo le dije que sabía lo que había hecho mientras tú no estabas aquí —se defendió del furioso Víctor—. Si se ha ido así, es porque al menos parece que tiene conciencia.
—Dinos qué es lo que sabes —pidió su madre con serenidad.
—Sus amigas me dijeron que, cuando Víctor se fue, ella se puso muy triste y empezó a salir con un par de chicos. Uno de su clase y otro de su trabajo.
—¿Que empezó a salir con dos chicos? —Él sabía que Rebeca nunca haría nada parecido, algo no cuadraba.
—Bueno, salir no; solo que besó a esos chicos.
—¿Quién te lo dijo? —preguntó esta vez su padre.
—Unas amigas con las que había quedado esta tarde.
—¿Una chica castaña con el cabello rizado, alta, con gafas y otra con el pelo liso, un poco más baja?
—Sí, ellas. —Un mal presentimiento se asentó en Verónica.
—¡Joder! —Suspiró y se pasó la mano por el pelo antes de continuar—. No son amigas de Rebeca, no se llevan nada bien, aunque son cordiales las unas con las otras. Desde que las conozco solo la han molestado con comentarios malintencionados.
—¿Por qué mentirían? —intentó defenderse, pero calló enseguida al ver la mirada que le dirigió Víctor.