CAPÍTULO 15
Rebeca colgó el teléfono y escuchó que algo se movía, le restó importancia.
Víctor iba a volver y ella ya se imaginaba abrazando ese cuerpo musculoso y sintiendo que sus brazos la envolvían y la hacía vibrar.
No sabía qué tenía Víctor, era pensar en él y todo su ser ardía ansioso por sentir sus labios sobre la piel y sus manos recorriéndola.
En cuanto llegó al instituto, les relató a sus amigas la conversación con Víctor y ambas se alegraron. Empezaron a imaginarse cómo sería su familia. Rebeca les contó lo que sabía de los hermanos de Víctor y lo que él le había dicho mientras hablaban la noche anterior.
Lo cierto era que, al igual que sus amigas, ella también se sentía nerviosa e insegura, sus ex nunca le habían presentado a su familia al completo; aunque claro, tampoco había salido tanto tiempo con ellos.
Sin embargo, no es que estuviera saliendo con Víctor, apenas si se habían conocido en persona durante qué, ¿casi una semana? , y de eso hacía un par de meses.
«¿Qué estoy haciendo?», se preguntó; ahora que lo pensaba detenidamente, solo había hablado con él por teléfono.
A pesar de eso, sentía que lo conocía a la perfección, ambos habían charlado de muchas cosas, se habían reído, llorado, consolado, apoyado y hasta enfadado; aun así, habían despertado unos sentimientos en ella que no entendía.
¿Toni tendría razón y se estaba enamorando de Víctor?
Las clases pasaron sin más y, para la hora de salir, Rebeca ya tenía claro lo que sentía por Víctor, aunque la asustaba el decírselo, ¿estaría loca por quererlo?
Todos sus miedos volvían al mismo argumento, no habían pasado juntos ni una semana en persona, a pesar de que llevaban más de dos meses de relación a distancia.
«Amor de lejos, felices los cuatro», recordó la frase que le había dicho su hermano una vez cuando le habló de una pareja suya que se había mudado a otra ciudad; de pronto empezó a hiperventilar sintiendo que podía ser cierto, Víctor le había contado que salía de casa para hablar con ella…
En ese momento, sintió que alguien le tocaba el hombro y volvió a la realidad, al hacerlo se encontró a Toni delante de ella preguntándole algo. Ella apenas prestó atención a lo que dijo y se apartó.
—¿Estás bien? —Parecía preocupado, en esos momentos Toni era la última persona que quería tener cerca. Aun así, debía admitir que siempre estaba pendiente de ella y sabía cuándo algo le pasaba.
—Sí, es solo que… —Un escalofrío la recorrió de arriba abajo.
—Oye… —Su tono cambió y estaba nervioso—. Solo quería disculparme por lo del otro día, no sé qué me pasó. —Miró al suelo, incapaz de mirarla siquiera a la cara—. Lo siento mucho, Rebeca, me comporté como un gilipollas, espero que me puedas perdonar.
—Sí que lo fuiste, y también al contarles a los demás lo ocurrido —añadió señalando con la cabeza al grupo—, de tal forma que fui yo quien quedó como la mala.
Y desde luego que lo fuiste cuando tus padres me despidieron por tu culpa.
—En ese momento quería que se sintiese mal y no iba a decir que ella había pensado en renunciar al trabajo.
—¿Y qué querías que dijera? Me daba vergüenza lo que hice —se defendió.
—¡O no dices nada o cuentas la verdad!
—Tienes razón. Pero… —La miró a los ojos—. ¿Podrás perdonarme?
—Ni hoy, ni próximamente. —Rebeca aún tenía el recuerdo muy presente—. Necesito tiempo y no sé si podré hacerlo — suspiró—. Realmente pensé que ibas… —Sus ojos se anegaron en lágrimas que apenas lograba contener recordando lo sucedido—. Pasé mucho miedo. —Terminó abrazándose a sí misma.
En ese momento se acercó Lucía, que había estado hablando con Joaquín, y se encaró con Toni.
—¡Ya puedes irte! —Los brazos de Lucía la rodearon para calmarla.
—Lo siento, Rebeca —repitió antes de alejarse.
—¿Te encuentras bien? —Rebeca asintió. Empezaba a odiar esa pregunta. Vio que Desiré caminaba en su dirección.
—Déjalas tranquilas —escuchó decir a Toni, que la detuvo tomándola del brazo.
Una vez en casa todo fue tranquilo, no sabía qué hacer con el tiempo libre que tenía, terminaba los deberes, ayudaba a su hermana, leía.
La semana pasó muy rápido, el jueves por la noche, cuando estaba hablando con Víctor, él le contó los planes que tenían.
—Será una cena en casa, pasaré a por ti a las ocho. ¿Te parece bien?
—¿En tu casa? —Ese plan no se lo esperaba—. ¿No es mejor un lugar más neutral?
—Prefieren que no haya tanto ruido como en un restaurante. —Víctor sabía que tenía razón, pero sus padres habían insistido en algo más formal—. Además, mi madre va a cocinar, le hace ilusión, ya que lleva mucho tiempo sin hacerlo.
—Entonces, genial —dijo sin entusiasmo.
—No te van a comer —bromeó—, y les vas a caer muy bien, te adorarán.
—Estaré sola con tu familia al completo. —En ese momento se le ocurrió una idea—. ¿Podría llevar a Lucía como apoyo moral? Así tendría una aliada a mi lado.
—Me tienes a mí. —El tono seductor de su voz la puso a cien en un instante.
—Tú no eres imparcial y, con toda tu familia cerca, seguro que no estaremos solos ni un momento. —Rio—. De modo que no me vale.
—De acuerdo, les diré que llevarás a una amiga.
—Eso está mejor. ¿Estás nervioso?
—Debería decirte que no, sin embargo, no te quiero engañar, esto va a ser una dura prueba… para mi cordura.
—¡No exageres! Estarás rodeado de tu familia; nerviosa yo, tengo que enfrentarme a ellos, y más después de lo que sé de tus hermanos.
—No lo harás sola, estaremos Lucía y yo para apoyarte.
—Ya, aunque antes tengo que preguntarle a ella si viene. Es una cena informal, ¿no? Esto es nuevo para mí y ni idea de lo que ponerme.
—Estarás perfecta con lo que te pongas.
—Te lo repito, no eres imparcial.
Siguieron hablando hasta tarde; Kyle, que se había colado en su habitación, ya tenía la información que necesitaba. Atraparía a Víctor cuando fuese a por Rebeca y sus padres no tendrían la protección del reino para respaldarlos.
Era sencillamente perfecto.
Durante las clases, Lucía y Rebeca no pararon de hablar acerca de lo de esa noche.
Lucía estaba encantada con la idea de acompañarla a la cena y conocer a la familia de Víctor; aunque parecía un buen chico, casi no saber nada de él la hacía desconfiar.
Mientras intentaban decidir qué se pondrían, Lucía se acordó de que ambas habían quedado en la biblioteca para terminar el trabajo de historia, por lo que Rebeca se planteó por primera vez cómo ponerse en contacto con Víctor.
Si se iban a ver esa noche, significaba que tendría que llegar allí con tiempo, ¿no?
A lo mejor ya se encontraban en Cartagena y ella podría llamarlo por teléfono, esperaría al final de las clases para intentar hablar con él.
Cuando por fin salieron del instituto, Rebeca se encontró con la mirada de Víctor, que la esperaba apoyado en la farola, como aquella primera semana en que lo conoció.
Ninguno apartó la mirada del otro mientras reducían el espacio que los separaba.
—¡Estás aquí! —dijo mientras él la abrazaba.
—No podía esperar a la tarde, ¿te molesta? —Ella negó con la cabeza y, tras sonreír, lo besó.
Víctor se acercó a saludar a los chicos, que los miraban con sorpresa y desconfianza.
—Parece que han visto un fantasma.
—Ninguno pensaba que volverías —se sonrojó—, y menos mi comportamiento. Me da igual.
Los saludó a todos, incluido Toni, ya que no tenía ni idea de lo que había pasado entre ellos. Rebeca no se lo quería contar y esperaba que a nadie se le ocurriera mencionar el tema.
No tardaron en despedirse, pero antes llevaron a Lucía a su casa.
—¿A qué hora tienes que estar en la tienda?
—Lo he dejado. —Víctor la miró sorprendido—. Tuvimos algunas diferencias de opinión. —Se encogió de hombros.
—¿Entonces directamente a casa? —Ella asintió.
Se pusieron en marcha.
—Por cierto, no hace falta que vengas a recogerme esta tarde.
Acababan de aparcar en el callejón y ella se giró para mirarlo.
—A mí no me importa venir, ya lo sabes.
—Sí, es que he quedado para hacer un trabajo y, aunque no creo que tardemos demasiado, no voy a volver a casa. Me arreglaré en la de Lucía para la cena.
—¿Estás segura? Puedo ir a su casa.
—Sí, además, así tendremos más tiempo para prepararnos, estoy muy nerviosa.
—De acuerdo, entonces os esperaremos.
Rebeca estaba excitada por las expectativas de lo que le depararía esa noche.
Víctor estaba seguro de que su madre y Rebeca se llevarían fenomenal; no así con sus hermanos, que recelarían de ella. Sin embargo, la opinión que tendría su padre no era algo de lo que tuviera certeza y eso lo ponía nervioso.
Habían quedado con el grupo en la biblioteca, pero Rebeca había ido antes a casa de Lucía para dejar la ropa que se iba a poner esa noche.
Mientras se acercaban, se dieron cuenta de que Desiré y Marina estaban hablando con otra persona y que las tres las miraban fijamente.
La desconocida se alejó antes de que ellas llegaran, de modo que le restaron importancia y las saludaron. Tras cinco minutos más esperando, Vanesa por fin se reunió con ellas.
—Perdón —se disculpó mientras entraban—. Mi madre necesitaba ayuda y tuve que salir más tarde.
—No te preocupes —respondió Lucía, ayudándola con la mochila.
Entraron y enseguida se pusieron a trabajar. No tenían tiempo que perder.
—¿Qué vais a hacer el fin de semana? —preguntó Marina.
La pregunta las tomó a todas por sorpresa, ya que Marina nunca se interesaba por nadie que no fuera ella, sus amigas y sus fiestas.
—Ni idea —respondieron Lucía y Vanesa al unísono, lo que hizo que rieran.
La atención se centró en Rebeca, que se encogió de hombros, aunque sabía lo que querían escuchar.
—Tampoco lo sé, pero espero pasar tiempo con Víctor, ahora que ha vuelto. Tengo que aprovechar antes de que se vaya otra vez.
—Eso está bien. —Desiré y Marina intercambiaron una mirada extraña—. Aprovecha mientras puedas. —Rieron.