CAPÍTULO 13 #3
Entró en el local y paseó entre los pasillos buscando a la persona perfecta. No tardó en encontrarla, pues las señoras mayores siempre estaban dispuestas a hablar con cualquiera que tuviera interés en prestarles atención.
—Disculpe —se dirigió a una señora mayor que lo miraba con interés—. ¿Me podría indicar dónde está la farmacia? —Esperaba que al menos hubiera una para romper el hielo.
—Claro, está saliendo a la derecha y todo recto. Tú no eres de aquí, ¿cierto? —preguntó con curiosidad.
—No, señora —contestó educadamente, el plan estaba funcionando—. Mis padres y yo vamos a mudarnos a este pueblo y quería conocerlo antes un poco. —La mujer sonrió y le tocó el brazo.
Enseguida se acercaron dos señoras más que lo miraron con interés; no le hacía ni pizca de gracia, pero tenía que aguantar, ya que de ellas dependía encontrar a Rebeca.
Se mostró muy amable y les sonrió a todas; sin embargo, antes de que pudiera presentarse, la primera señora informó a las que se habían acercado que él y su familia se mudarían al pueblo y que era un chico muy simpático y agradable.
La más joven de las tres, que rondaba los cincuenta años, le preguntó a qué instituto iba y él se quedó un tanto rígido, sin saber qué responder.
—Aún no lo sé. —Se encogió de hombros—. Al ser solo para terminar el curso y preparar el examen de acceso a la universidad, no sé cuál es mejor.
—Mi hijo va al Isaac Peral, la mayoría va a ese y, como tú, en su último curso. Él está muy contento, si quieres te lo presento y hablas con él y así tienes una mejor idea de lo que puedes encontrar.
—Estaría muy bien —dijo, pues a través de ese chico podría conocer a Rebeca, ya que tenía su misma edad.
En ese momento, la cajera giró en redondo buscando a alguien y sus miradas se cruzaron, aunque ella rápidamente la desvió hacia otro muchacho que se encontraba en uno de los pasillos.
Apenas pudo oír lo que las mujeres le estaban preguntando, ya que la voz de la cajera era más aguda que las demás.
—Disculpe —dijo Kyle centrándose en las palabras de la mujer que le hablaba, aunque era difícil, ya que las tres llamaban su atención para preguntarle acerca de cuándo, a dónde y con quién se mudaria, los motivos por los que iba a hacerlo y otras tantas cosas más que estuvo a punto de gritarles que pararan y lo dejasen tranquilo; se resignó ya que sabía que eso no lo ayudaría a dar con la tal Rebeca—, no la he entendido con el grito de esa chica…
—bromeó, y una de las señoras lo tomó del brazo asintiendo cómplice.
—Decía que hoy mi hijo tiene muchos deberes, pero si quieres mañana quedamos aquí y te lo presento.
—Eso sería fenomenal, nos vemos aquí mañana. —Sonrió. Iba a girarse para alejarse de las mujeres cuando recordó que aún necesitaba algo más de información—. Perdone, ¿cómo puedo volver a Cartagena? He venido en tren; creo que hay también autobuses, aunque no sé dónde tengo que cogerlo.
—Pues mira, ¿has visto las obras enfrente de la puerta?
—Kyle asintió—. Esa es una parada, solo puedes cogerlo ahí a las ocho de la mañana y a las cuatro de la tarde para ir a Cartagena, el resto de horarios tienes que salir a la carretera; el autobús para justo al otro lado de la carretera de donde te ha dejado el tren, y pasa cada media hora; sin embargo, los fines de semana en punto.
Kyle sonreía, pese a que en el fondo estaba deseando irse de ahí; nunca le habían gustado los pueblos, le parecían tristes y la gente siempre era tan amable que le molestaba, aunque muchas veces había comprobado que esa amabilidad era falsa.
Mientras se dirigía a la salida y se despedía de las señoras agradeciéndoles la ayuda, escuchó cómo alguien decía el nombre de Rebeca y hablaba con ella.
Kyle se giró con rapidez para ver de quién se trataba y sonrió al darse cuenta de que era la cajera que antes había llamado su atención. Volvió sobre sus pasos.
No quería nada de esa tienda, pero necesitaba asegurarse de que se trataba de la chica que estaba buscando, de modo que tomó una bebida y esperó en la cola de la caja; mientras lo hacía, la llamó al móvil para confirmar que su búsqueda había dado sus frutos.
Ella cogió su móvil; al no reconocer el número y tener una cola de gente esperando, cortó la llamada y siguió atendiendo.
Kyle sonrió mientras se acercaba a Rebeca, sabía que no iba a ser difícil, pero no pensaba que su corderito iba a aparecer tan pronto después de todo lo que le había hecho pasar.
Cuando llegó su turno, Rebeca lo saludó con una sonrisa y estiró la mano para coger el refresco que él sostenía; sin embargo, Kyle no se dio cuenta mientras pensaba en cómo podría utilizarla para acceder llegar hasta Víctor.
Una idea asomó a su mente, sonrió y le tendió el refresco; ella le había dicho algo antes de entregárselo, mas no la había escuchado, no le importaba.
Pagó el refresco, decidió dar un paseo por el pueblo para saber más sobre él y también para esperar a que Rebeca terminase el turno y conocer dónde vivía.
No tardó demasiado en recorrer el pueblo y todas y cada una de sus calles, era un lugar extremadamente pequeño y tranquilo, de modo que para gastar el tiempo que quedaba entró en un bar.
Ya era mediodía y sabía que tarde o temprano Rebeca volvería a su casa, de modo que buscó un lugar en el que esconder su ropa y se transformó en una paloma para seguirla.
Pasados unos veinte minutos, estaba posado en la terraza de la casa de Rebeca escuchando cómo hablaba con sus hermanos y se preparaban para comer.
«Por ahora ya es suficiente», se dijo mientras volvía al lugar en el que había ocultado su ropa, tenía que regresar al hotel y preparar lo que haría a continuación.
Al día siguiente, Kyle salió temprano para el pueblo y sin perder ni un minuto fue al lugar donde ayer había escondido su ropa, volvió a adquirir forma animal y voló al patio de Rebeca; fue entonces cuando escuchó que ella iba a sacar a pasear a su perro, lo que le dio una idea.
Su perro estaba inquieto, de modo que le puso el collar y salió con él.
Estaban en un descampado cerca de una obra cuando de repente salió un perro grande de entre la maleza y empezó a gruñirles y a enseñar los dientes.
Nunca había visto a ese animal en el pueblo, pero parecía que estaba muy enfadado.
Danik, su perro, se interpuso ladrando entre su dueña y el can furioso, sin embargo, Rebeca solo quería alejarse de ahí cuando antes; no tuvo ocasión porque ambos animales se abalanzaron uno contra el otro.
Ella sabía que quien terminaría peor sería Danik, puesto que era un perro de raza pequeña de unos treinta centímetros de alto, mientras que el que tenía delante era enorme y solo su cabeza medía como medio cuerpo de su mascota.
Antes de que el perro desconocido atrapara en su boca a Danik, Rebeca tiró de la correa que estaba sujeta al arnés con la suficiente fuerza para levantarlo por los aires, alejándolo de las fauces del otro animal y escuchando cómo las mandíbulas de este se cerraban con un sonoro chasquido.
Por un momento, a Rebeca le dio la sensación de que el otro perro la miraba con furia antes de lanzarse nuevamente contra Danik, que colgaba en el aire del arnés para que no pudiera ir al encuentro del can furioso.
Sin pensárselo dos veces, Rebeca tomó a Danik en brazos y plantó cara al perro dando la orden de «quieto», con la voz más autoritaria que pudo conseguir; el can pareció sorprenderse de la actitud de Rebeca y se detuvo un instante, para luego volver a gruñir.
Con la mirada fija en sus ojos, el feroz animal saltó para hacerse con la mascota y aunque apartó a Danik a tiempo, Rebeca no logró evitar que sus enormes fauces se cerraran en torno a su brazo antes de retirarlo del todo.
Los dientes del animal rozaron la piel de la muchacha, haciéndole un corte en el antebrazo, debido al movimiento rápido con el que movió a su perro.
Cuando se apartó lo suficiente, se giró para no perder de vista al furioso animal, que volvió a tomar impulso, pero esta vez se preparó y, levantando una pierna, se protegió y lo derribó, justo en el momento en que uno de los vecinos llegaba y espantaba al perro con una escoba, que salió corriendo y se internó en la maleza hasta perderse de vista.