Baltrium (Saga Reinos 1) CAPÍTULO 13 #2
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CAPÍTULO 13 #2

El día que se habían separado, Ángel le había contado que tenía pensado hacerse con el control no solo de Baltrium, sino también de otro reino.

—De modo que era eso lo que ocultabas —replicó él mientras el dolor del brazo hacía que sintiera esa ya conocida corriente eléctrica por todo el cuerpo antes del cambio—.

¿Y cuál es? —De las preguntas que se agolpaban en su cabeza, esa fue la única que pudo emitir con la mandíbula firmemente apretada, sabía que no iba a aguantar mucho más y necesitaba tomar algo para mitigar el daño.

—El de tu madre. —Fue lo único que su padre le dijo antes de enviarlo por el puente hacia Ámsterdam y la que había sido su casa en Taera.

Kyle le había dado muchas vueltas al plan de su padre; ignoraba cómo podía hacerse con el control de ese otro reino, que tampoco conocía cuál era. Siempre había pensado que sus padres habían nacido en Baltrium, no sabía por qué él le había ocultado la procedencia de su madre.

Tomó otro trozo de patata asada casi sin mirarlo y se lo llevó a la boca; ni siquiera su hermana le había dicho nada; tampoco es que hubiera salido el tema, pero cuando hablaban de dónde había pasado sus primeros años nunca se le ocurrió que fuera un reino distinto.

Aunque, ahora que lo pensaba, un lugar donde había playas...

El ruido de las estridentes carcajadas de los comensales de una mesa cercana sacó a Kyle de sus pensamientos e hizo que mirase el reloj. Tenía que terminar si quería llegar a tiempo a la estación de tren.

Terminó su comida y fue a paso acelerado al hotel; al entrar, le pidió a la recepcionista que le llamase a un taxi y que preparase su factura. Recogió sus pertenencias y, tras hablar con recepción para dejar la habitación, se subió al taxi que lo esperaba y fue directamente a la estación.

Una vez en el tren, abrió el ordenador y buscó detenidamente toda la información acerca del lugar al que iba.

Cartagena era una ciudad portuaria grande y una base naval en la Región de Murcia.

Fue fundada cerca del año 220 a. C. y tenía cantidad de ruinas romanas como el Teatro Romano del siglo I a.

C. A Kyle le impresionó la historia de ese lugar conforme leía acerca de ella, pero no había tiempo de hacer turismo mientras cumplía su misión.

Además de encontrar información sobre Cartagena, también necesitaba saber sobre el pueblo donde ella vivía, por lo que lo había buscado nada más colgar la llamada. El lugar era muy pequeño en extensión y estaba rodeado por otras poblaciones de igual tamaño que también investigó por si acaso.

Alumbres contaba con una población alrededor de los seis mil habitantes, por lo que no sería difícil encontrar a Rebeca gracias a los datos que ella misma le había facilitado.

Tendría que hackear los archivos del instituto de su pueblo y buscar en su expediente la información que necesitaba; entonces comprobó que no sería posible, ya que, debido a su tamaño, ni siquiera había secundaria en él.

Kyle cerró el portátil enfadado con aquella estúpida chica taeriana porque no le estaba resultando fácil encontrarla. Sonrió con malicia; pensaba cobrarse cada demora de alguna forma, aún no sabía cómo, pero lo haría.

Dio un paseo hasta llegar al vagón restaurante y, apoyándose en la barra de color oscuro situada a su izquierda, pidió al camarero un refresco y unas patatas fritas para picar; necesitaba despejar la mente y volver a sus planes.

A través de las ventanas del vagón se veían pasar de forma efímera algunos árboles y edificios, pero el paisaje más común que los acompañaba en ese trayecto era de extensiones de tierra árida con algún arbusto solitario en la lejanía.

Cuando terminó, regresó a su asiento y volvió a teclear en el ordenador para encontrar la información que necesitaba.

Mientras buscaba el censo en el ayuntamiento de Cartagena, apareció un enlace en el que podía ver el total de habitantes en el 2019 por población.

Pinchó y esperó a que el PDF se cargase.

Al abrirlo se dio cuenta de que en el recuento total de la población de Alumbres se incluía además la de los otros pueblos más pequeños que lo rodeaban.

Sonrió. Eso simplificaba las cosas.

Alumbres como tal solo tenía unos dos mil seiscientos habitantes, de los cuales, mil doscientos setenta y cuatro eran mujeres. Volvió a sonreír, no sería difícil encontrar a una chica de dieciocho años en un lugar tan pequeño.

Rebeca le había dicho que iba al instituto, de modo que tenía que averiguar a cuál; sin embargo, eso no lo podía adivinar, por lo que investigó otras formas de llegar a ella.

Por lo que sabía, no era habitual que los jóvenes españoles tuvieran carné de conducir al cumplir los dieciocho años, por lo que Kyle decidió buscar los transportes que uniesen ese pueblo dejado de la mano de Dios con Cartagena.

Estudió las líneas de autobús, había tres que pasaban por el pueblo, además de la de tren.

Los horarios no eran complicados de memorizar. Dos líneas de autobús bastante regulares y que variaban si había algún retraso; y la tercera que solo funcionaba en verano, pues se dirigía a los pueblos costeros y playas. Aun así, Kyle se los aprendió.

Llevaba ya casi tres horas de viaje cuando decidió descansar, dejó en ordenador en el asiento de al lado, que afortunadamente estaba vacío, reclinó lo máximo que pudo el suyo, se colocó los auriculares para escuchar música y cerró los ojos, había avisado al hotel de que llegaría tarde, ya lo tenía todo preparado para cuando desembarcase en Cartagena.

Aunque intentaba no pensar en su madre, en cada intermedio entre una canción y otra, cuando se hacía el silencio, suspiraba preguntándose por qué no la había vuelto a ver.

Kyle detuvo la música cuando el tren avisó que se aproximaban a la primera de las paradas previstas cinco minutos antes de disminuir la velocidad.

Volvió a darle a reproducir y se sumió en sus pensamientos.

Si conseguía dar con Rebeca, podría acercarse más a Víctor y, por consiguiente, a su plan de hacerse con el reino; pero, aunque lograse llegar a ella, no podía estar seguro de que ambos mantuvieran una relación tan importante como para presionar a su primo a que hiciera algo por ella. Desde luego, él no lo habría hecho.

Era casi la una de la madrugada cuando Kyle salió de la estación de tren, se subió en uno de los taxis que esperaban en la calle y le dio la dirección.

Tardaron cinco minutos en llegar, el hotel tenía muy buenas críticas y estaba situado cerca del centro, con vistas al puerto de la ciudad.

Al llegar a su habitación dejó sus cosas sobre la cama, se quitó la ropa y se dio una ducha relajante antes de acostarse. Mañana sería un día muy largo y tenía que descansar.

A la mañana siguiente, tras desayunar, pidió al recepcionista que le marcase en un mapa los lugares de interés y también las estaciones de tren y autobús, para moverse por la ciudad.

Kyle comprobó que podía ir caminando a la mayoría de los lugares, puesto que la ciudad no era demasiado grande; se dirigió primero al tren que unía Cartagena y Alumbres, era la forma más directa de llegar al pueblo y una vez ahí preguntaría dónde tomar el autobús para volver.

Para llegar a la estación RENFE de cercanías tuvo que seguir la Muralla de Carlos III, desde el Paseo de Alfonso XII hasta la Plaza Almirante Bastarreche.

Caminó en dirección este, dejando a su izquierda la antigua muralla del siglo XVIII y a su derecha el puerto de Cartagena, el paseo marítimo tenía un área amplia con un par de restaurantes.

Siguió por él hasta llegar al Museo Nacional de Arqueología Subacuática ARQVA y seguidamente se encontró en el Palacio de Congresos.

Cartagena era una ciudad muy bonita e interesante, sobre todo para quienes tenían pasión por la historia.

Tras veinte minutos de paseo recorriendo todo lo larga que era la muralla, llegó al edificio amarillo con un reloj en la fachada y un cartel que lo señalaba con la estación FEVE de cercanías.

Tenía dos puertas, en la de la izquierda se podía leer el nombre de la ciudad, mientras que en la de la derecha se leía la empresa a la que pertenecía.

Kyle entró por la puerta de la derecha.

El interior no estaba bien iluminado, a su derecha vio un mostrador en el que se hallaba un hombre mayor tecleando en un ordenador, le pidió un billete, pero este le respondió que debía hacerlo en las máquinas que se encontraban a la derecha; una vez lo hubo sacado, volvió donde el hombre para pedirle un itinerario de los trenes, se lo dio y acto seguido Kyle pasó su ticket por el lector para poder acceder a los andenes.

Por suerte, enseguida una voz rompió el silencio anunciando la entrada del tren en la vía uno.

Se dirigió al andén y aguardó hasta que todos los pasajeros bajaron antes de acceder.

La mayoría de asientos estaban enfrentados dos a dos y él se sentó en uno de ellos esperando que nadie ocupase los adyacentes.

Diez minutos y cuatro paradas después, Kyle bajó del tren y le sorprendió encontrar delante de él un terreno a medio construir, aunque al fondo se veían edificios; a su espalda tenía la carretera que discurría paralela a las vías y tras ella un campo de cultivo.

Puso los ojos en blanco, suspiró y se dispuso a atravesar el terreno en construcción.

Todos los habitantes de los reinos que eran capaces de transformarse en animales envejecían más despacio, de modo que, aunque él tenía muchos más años, no aparentaba más de veintipocos; ese era su plan, se haría pasar por un chico que necesitaba ayuda porque estaba a punto de mudarse a aquel pueblo.

Si encontraba a la persona adecuada, sabía que obtendría toda la información que necesitaba.

Una vez llegó al pueblo, fue por la calle principal en busca de la tienda más grande; aún era temprano, pero sabía que en ella encontraría a las personas que necesitaba.