CAPÍTULO 13
El viaje de regreso fue agotador, la mayoría durmió hasta el mediodía, y muchos apenas comieron cuando el autobús hizo su parada.
Estaban cansadísimos.
Una vez en casa, el móvil de Rebeca empezó a sonar; a pesar de que quería hablar con Víctor, solo pensaba en dormir, de modo que al contestar se disculpó y quedaron para hacerlo al día siguiente.
Por suerte era sábado y podía dormir hasta tarde; sin embargo, su hermana estaba jugando en el patio y Rebeca no tardó en levantarse a ver qué hacía.
El padre de Rebeca se había ido de viaje de negocios pocos días antes que el de Rebeca y sabían que iba a tardar unas cuantas semanas en volver, de modo que ella y sus hermanos estaban a cargo de la casa y tenían más de libertad para salir.
Era casi la hora de comer, así que se dio una ducha rápida y fue a ayudar a su hermano en la cocina y con la mesa. Mientras comían les contó lo que había hecho en el viaje y luego fue a descansar, cogió un libro y se encerró en su habitación hasta la cena.
Tras cenar, siguió leyendo mientras esperaba la llamada de Víctor.
—Hola, perdona por lo de ayer, estaba muy cansada —se disculpó.
—Sin problema —contestó Víctor.
Rebeca le contó todo lo que había conocido en el viaje y Víctor le preguntaba cada vez más y más cosas para intentar averiguar a través de ella cómo era la vida en Taera.
—Lo que tenemos que hacer es visitar esos lugares y que seas mi guía, igual que lo fuiste en Cartagena.
—Sería genial, aunque para eso tenemos que poder y que todo os vaya bien en el negocio, de lo contrario no podrás volver.
—En eso tienes razón. —Víctor estaba intranquilo, y tomó una bocanada de aire antes de continuar—. Rebeca… Las cosas por ahora van bien aquí, y mi madre ha pensado en visitar Cartagena.
El comentario pilló desprevenida a Rebeca y tardó unos segundos en contestar.
—¿Vais a volver? —Se puso nerviosa—. ¿Cuándo?
—Aún no lo sabemos, pero se está barajando la idea. —Víctor no sabía qué pensar de la respuesta de Rebeca.
La idea de volver a Taera había sido de la reina Idaira, algunos días después de encontrar a Víctor hablando con Rebeca.
Al principio, cuando su madre le había contado que lo vio cruzar el puente a Cartagena para comunicarse con Rebeca, no supo si creerla, ya que no lo estaba regañando por ponerse en peligro, sino que le hablaba como una amiga que le guardaba un secreto.
Seguía sin tragárselo hasta que le dijo que le gustaría conocerla.
Idaira le propuso a su esposo la idea de volver a Taera alegando que todo estaba tranquilo y que el peligro se había reducido, de modo que podían aprovechar para conocer más cosas sobre ese reino y así reaccionar mejor a lo que Ángel y Kyle tuvieran pensado.
Se lo expuso al rey de tal forma que no le costó convencerlo.
Hacía semanas que no había ocurrido nada en Baltrium, los guardias habían rastreado el bosque cada día a lo largo de todo ese tiempo y no habían encontrado ni rastro de Ángel ni de Kyle, daba la impresión de que nunca regresaron, hasta una mañana que uno de ellos dio con una cueva cerca de los puentes que parecía contener evidencias de que alguien había vivido allí.
La cueva era estrecha por la entrada, pero al adentrarse en ella se abría hasta formar una caverna en la que un adulto cabía de pie, lo suficientemente amplia para convertirse en un buen refugio si no querías que te encontraran.
Confirmaron que había vivido alguien en aquel lugar cuando encontraron algunas prendas de ropa y utensilios de cocina, además de objetos de aseo personal; seguramente desde el ataque no había vuelto a ese refugio.
Durante la pelea de Erik con ambos hombres, había conseguido herir a Kyle lo suficiente para que Ángel prefiriera abandonar la lucha y ayudar a su hijo, por lo que la explicación más racional era pensar que habían regresado a Taera para curar sus heridas y que tardarían algún tiempo en volver, si es que acaso lo hacían después de ver que Baltrium contaba con buenas personas que les harían frente.
Víctor y Rebeca llevaban poniéndose al día durante más de dos horas hasta que ella se despidió, tras un largo bostezo; le gustaba hablar con él, pero aún no había recuperado el sueño perdido en los días del viaje.
Se despidieron con la promesa de hablar al día siguiente.
Rebeca durmió genial esa noche y, al despertarse, se sentía totalmente descansada y recuperada. Sonrió al pensar que hablar con Víctor la noche anterior tuvo un efecto relajante e hizo que ahora se sintiera llena de energía y de muy buen humor.
Por la mañana recogió su habitación y por fin terminó de deshacer la maleta. La mayoría de la ropa fue a parar a la lavadora.
Jade estaba enfadada porque tenía un examen el lunes y necesitaba ayuda para estudiar, pues le costaban un poco las matemáticas. Félix se ofreció a echarle una mano mientras Rebeca preparaba la comida.
Ese día cocinaría un estofado.
Una vez sacó los ingredientes necesarios, fue a su habitación para poner música en su móvil y así no molestar a Jade y Félix, que se encontraban en el comedor.
Mientras cortaba y pelaba patatas, la música cesó durante un par de segundos y luego cambió al tono. Rebeca se sorprendió, no esperaba ninguna llamada. No reconoció el número que aparecía en la pantalla. Descolgó.
—¿Diga?
—Buenos días, mi nombre es Esteban, la llamo del Instituto Nacional de Estadística. ¿Estaría interesada en ayudarnos con una encuesta? —respondió la voz grave de un hombre.
—Por supuesto, si es corta, sí, porque me pilla usted preparando la comida —contestó terminando de echar las patatas a la olla. Rebeca sostenía el teléfono con el hombro para tener las manos libres.
—No le quitaré demasiado tiempo. Dependerá en cierta medida de las respuestas que nos proporcione para la realización del estudio —avisó. Al otro lado de la línea se oía teclear.
—¿Le importa que ponga lo en manos libres? —dijo antes de colocarlo sobre la mesa y subir el volumen del altavoz para poder oír las preguntas.
—Ningún problema. ¿Edad?—empezó el hombre.
—Dieciocho recién cumplidos —respondió Rebeca orgullosa.
—¿Estudia o trabaja?
—Estudio, es mi último año. —Metió una cuchara en la olla y probó el guiso. «Le falta sal», añadió para sí y alargó la mano para tomar el salero del armario que tenía arriba a la derecha.
—¿En qué comunidad autónoma reside?
—Murcia —contestó.
—¿Ciudad? —continuó el encuestador.
—Soy de Cartagena; bueno, de un pueblo. —En ese momento, Kyle escuchó cómo a Rebeca le hablaba una niña y preguntaba cuánto faltaba para comer.
Kyle se estaba haciendo pasar por un encuestador llamado Esteban para averiguar dónde vivía exactamente Rebeca.
Gracias a que un par de días atrás había llamado fingiendo haberse equivocado, sabía que su nombre era Rebeca y ahora también dónde encontrarla, aunque le molestó bastante que su enlace localizador no hubiera funcionado como debía y lo enviase a una ciudad que no estaba cerca de donde residía.
A decir verdad, a Kyle no le interesaba esa chica para nada, solo la veía como un medio rápido y fácil para llegar a su verdadero objetivo: Víctor. Si podía, la usaría para ir más allá, pero eso dependía de conocer con exactitud qué tipo de relación mantenía el príncipe con una vulgar taeriana.
Esperó paciente a que la niña dejase de hablar con Rebeca, pues ella estaba a punto de decirle en qué pueblo vivía.
«Una pueblerina» pensó con asco; sabía que Víctor no era feo por las fotos que les había pasado Amadeo, la persona que trabajaba para ellos dentro del castillo, pero le costó entender cómo un miembro de la realeza de Baltrium se había fijado en una chica de esa clase.
—¿Hola? ¿Sigue ahí? —Oyó la voz de Rebeca—. Parece que ha colgado —terminó.
—¡No! Perdone. —Casi gritó para evitar que Rebeca cortase la llamada, pues habría perdido otra oportunidad—. Sigo aquí.
—Ah, vale, es que no se escuchaba nada. —A Kyle le molestó que ella le hablase de esa forma—. Alumbres —añadió. A él le costó unos segundos entender a qué se refería y ella se dio cuenta y lo aclaró—. El pueblo se llama Alumbres. —Lo que volvió a irritar a Kyle.
—Sí, gracias —fingió.
—Perdone, mi hermana me necesitaba —se disculpó Rebeca.
—No se preocupe. ¿Vive usted en unidad familiar?
—Sí. Con mi padre y mis hermanos. —Con esa respuesta, Kyle ya tenía la información que necesitaba, así que debía terminar la entrevista. Basándose en lo que sabía de ella, hizo la última pregunta.
—¿Tiene alguna factura o recibo a su cargo?
—¿A mi cargo? No, de momento no.
—Vaya, en ese caso, creo que hemos terminado.
—Genial, pero ¿le puedo hacer una pregunta? —No esperó respuesta y continuó—: ¿Para qué es la encuesta?
—Para hacer estadísticas de consumo.
—Vale, entonces no sirvo para el estudio. Que tenga buena tarde. —Colgó.
Nada más colgar, Kyle abrió la página de internet para buscar información sobre el pueblo, tenía que saber cuánta gente habitaba en él y si le sería fácil localizar a Rebeca.
También necesitaba llegar a ese lugar, al inicio pensó en alquilar un coche, pero tendría que conducir y eso le quitaría tiempo de buscar la información y preparar todo para dar con Rebeca.
Sonrió pensando en qué estrategia usaría para acercarse a ella, no la conocía y no sabía cuál sería la mejor forma, así que primero tenía claro que debería seguirla para obtener más información de ella.
Compró un billete para el primer tren que salía a Cartagena y luego buscó un lugar para alojarse una vez que llegase.
El pueblo era muy pequeño y no tenía ningún tipo de alojamiento, por lo que tuvo que reservar una habitación en un hotel en la ciudad.
El tren que había reservado partía a las seis y media de la tarde, y el trayecto duraba alrededor de seis horas y cuarto, por lo que sabía que tendría tiempo de buscar información; salió a comer en uno de los restaurantes cerca de la Plaza Mayor de Salamanca, la ciudad a la que lo había traído su engaño con el link para conocer el paradero de Rebeca.
Mientras comía, pensó en su padre y lo que estaría haciendo, suspiró.