Baltrium (Saga Reinos 1) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Rebeca y sus amigos estaban nerviosos, ya que por fin había llegado el día y todos se encontraban en el autobús viajando por última vez junto a sus compañeros de instituto.

La primera parada sería Mérida, para visitar el Museo Nacional de Arte, el Teatro y el Puente Romano.

Nada más salir, Rebeca fue nombrada por sus compañeros la reportera del viaje, ya que había llevado una cámara de vídeo y lo estaba documentando todo.

Todos querían salir en el vídeo, aunque quienes más se mostraron dispuestos a colaborar con las explicaciones de las actividades que se iban realizando fueron Marina, Desiré y Toni.

Ellas por llamar la atención tanto del profesorado como de las personas que pasaban, ya que jugaban a ser periodistas.

A pesar de que no paraban de llamarla, Rebeca estaba encantada de poder documentar el viaje y así tener un recuerdo de sus compañeros de instituto antes de que cada uno se separara tras la graduación.

Rebeca y Lucía estaban agotadas tras pasar el día en Mérida; tuvieron poco tiempo de descansar antes de volver a salir a cenar al restaurante que tenían reservado.

Al volver al hotel, las chicas vieron los vídeos que habían grabado. Reían con las tomas falsas, bromas y tropezones de Rebeca mientras miraba a través de la lente.

Finalmente, Rebeca comprobó el móvil y se dio cuenta de que no tenía batería; además, ya era muy tarde para que Víctor volviera a llamar, de modo que conectó el teléfono a la corriente y ambas se fueron a dormir.

Al día siguiente irían al Parque Nacional de Monfragüe y tendrían que levantarse temprano.

Por la mañana salieron tarde del hotel, pues a algunos compañeros se les habían pegado las sábanas.

Una vez en el Parque, un monitor salió al encuentro del grupo y lo dividió en dos, ya que a causa del retraso uno de los guías que los habría acompañado estaba ahora atendiendo a unos turistas.

Rebeca y sus compañeros partieron con el primer grupo, dejando atrás a la mayoría de alumnos que estaban recuperándose aún de la juerga de la noche anterior. Muchos de ellos decidieron quedarse en el autobús mientras esperaban su turno, para dormir un poco más.

Recorrieron varios senderos viendo pájaros, buitres leonados, cigüeñas negras y siguiendo el cauce del río.

Más adelante, tras casi hora y media de recorrido, el guía detuvo al grupo frente a un acantilado en el que, según decía, se podían ver nidos de buitres leonados.

Observaron por turnos por los distintos catalejos distribuidos a lo largo del mirador, pero nadie consiguió ver ninguno, a pesar de que tanto Rebeca como sus compañeros seguían el vuelo de las aves hasta que se dirigían a la pared rocosa; al moverse tan rápido, cuando se encontraban cerca de ella se camuflaban y los perdían de vista.

Toni se había dado cuenta de que los profesores hablaban con el guía de un nido y se acercó para ver por el catalejo que tenían más cerca, en cuanto lo hizo sonrió y se alejó de ellos para contárselo a Rebeca.

—Ven —dijo tomándola de la mano—. He descubierto un nido.

—¡Genial! —respondió Rebeca, aunque le soltó la mano alegando que necesitaba ambas para encender la cámara.

—Es en este catalejo —señaló él, colocándole la mano en la espalda—. Mira por aquí, sin moverlo.

Rebeca hizo lo que Toni había dicho; efectivamente, estaba viendo un nido enorme de buitres leonados con dos polluelos pequeños y plumosos de color gris oscuro que se estiraban hacia arriba cuando su madre los sobrevolaba, a pesar de que no terminaba de posarse.

—Son geniales, Toni —dijo volviéndose hacia él, sonriente—. Voy a ver si consigo grabar el nido a través del catalejo.

Se volvió hacia el catalejo y, con mucho cuidado, acercó la lente de la cámara a la mirilla del aparato.

Le costó un par de intentos, aunque finalmente consiguió grabar el momento en el que la madre de los polluelos se posaba en el nido.

Rebeca estaba contenta y quiso llamar a Lucía para que también pudiera ver el nido; sin embargo, cuando se giró no la encontró cerca, pues se había alejado con su novio un poco del grupo, de modo que se volvió a Toni.

—Ahora está su madre en el nido. —Dio un paso hacia atrás—. Mira. —Él sonrió y se acercó, pero, antes de que pudiese decir nada a Rebeca de lo que había visto, se escuchó la voz de una de las profesoras.

—Vamos a seguir, que llevamos ya demasiado tiempo mirando los nidos.

Al volver, esperaron tan solo media hora hasta el regreso de sus compañeros, que habían salido con otro guía, y así pudieron continuar el viaje.

Una vez en el autobús, se pusieron en marcha hacia el restaurante en otra de las ciudades que visitarían ese día; con todos los retrasos que se habían acumulado, habían tenido que cambiar la hora de llegada.

En el trayecto hacia la siguiente parada, Rebeca, por petición de sus compañeros, se acercó a los profesores para saber cuándo saldrían de fiesta, algo a lo que habían accedido, ya que Salamanca, a donde se dirigían, era conocida por ser una ciudad universitaria; todas las noches había ambiente y estaba repleta de bares y discotecas.

Puesto que ya quedaban pocos días para volver a casa, y a pesar de que más de uno ya había salido de juerga, muchos querían seguir divirtiéndose.

—Mañana por la noche os llevaremos de farra, ya que es el último día y así podréis recuperaros de los excesos en el viaje de vuelta —bromeó la profesora de Historia, que era bastante mayor y usaba palabras un tanto anticuadas.

—¿Por qué no salimos hoy?

—Porque hoy tenemos programada la visita nocturna.

—Vale —respondió Rebeca y se alejó de los profesores para volver con Lucía—. Ha dicho que mañana, hoy es la visita nocturna.

—¿Qué vamos a ver por la noche? —preguntó Marina poniendo los ojos en blanco.

—Se cuentan historias de terror que, se supone, ocurrieron en Salamanca, pienso que es lo que haremos—contestó Manuel, un chico que estaba sentado detrás de Marina y Desiré.

—Yo estoy deseando llegar al restaurante, me muero de hambre, esta mañana apenas he podido desayunar.

—Comes demasiado despacio, Vanesa —rio Lucía.

El viaje en autobús pasó rápidamente mientras todos hablaban, hacían bromas y otros seguían durmiendo.

La comida fue lenta y tranquila y, una vez en el hotel, pudieron descansar un par de horas antes de salir para recorrer la ciudad.

Rebeca había pensado en llamar a Víctor para contarle cómo estaba siendo el viaje, pero se dio cuenta de que siempre era él quien la contactaba y por primera vez se preguntó por qué había insistido tanto en que fuera así.

Apenas había encendido el móvil desde que empezara el viaje; a pesar de que le habría gustado hablar con él, Rebeca se estaba divirtiendo mucho desconectada de todo y prefería que de momento siguiera así.

Por la tarde, las chicas se quedaron en el hotel descansando y se reunieron en la habitación con sus amigos para jugar a las cartas.

El tiempo pasó muy rápido y enseguida tuvieron que arreglarse para salir a la visita nocturna.

Estaba oscuro y los chicos empezaron a asustar a quienes tenían más cerca.

—Parecen críos pequeños —se quejó Lucía mientras miraba cómo su novio asustaba a su amigo.

—Sí, pero es gracioso —respondió Rebeca, riendo del grito agudo del chico y de la posterior mirada de reproche de la profesora.

—No dirías lo mismo si te lo hicieran a ti. —Puso los ojos en blanco y siguió prestando atención.

El grupo había llegado a una casa casi en ruinas, en la cual se contaban historias de personas que habían tenido relación con el diablo.

Avanzaron hasta unas escaleras que llevaban a una trampilla en el techo y que estaba cerrada por medio de unos barrotes, el guía instó a algunos a ver lo que había al otro lado, donde se suponía que se solía aparecer el demonio.

Uno a uno, todos los chicos se fueron acercando y miraron a través de los barrotes, algunos decían que podían ver algo parecido a un rostro cuando la luz de la luna incidía en los salientes de la pared, mientras que otros no llegaban a ver nada y bajaban las escaleras tan escépticos como habían subido.

La ruta nocturna terminó en un restaurante que según unos profesores estaba encantado y se decía que los filetes que servían se transformaban en carne humana cuando la gente los probaba.

Algunos chicos se habían sugestionado tanto que no querían entrar, pero por lo visto estaba concertada la cena en ese lugar, así que tuvieron que quedarse, aunque no probaron la comida.

De vuelta en el hotel, Rebeca y Lucía estaban tan cansadas que se apresuraron a ducharse y meterse en la cama.

Como aún no era tarde, Rebeca encendió el móvil y esperó la llamada de Víctor; no estaba segura de si lo haría, pues él sabía que estaba de viaje y los días previos no habían hablado.

En ese momento, vio un mensaje de su compañía de móvil y lo abrió para ver de qué se trataba.

En el mensaje ponía que se trataba de una oferta por tiempo limitado, así que abrió el enlace, que se redirigió a una pantalla en blanco con un radar en el centro. Esperó un momento por si tardaba en cargarse la página y cuando no lo hizo la cerró y lo dejó sobre la mesilla.

Al día siguiente no encontró ninguna llamada perdida, de modo que volvió a apagar el móvil y fueron a visitar la catedral de Salamanca, la Casa de las Conchas y las universidades.

La hora de comer llegó muy rápido y por la tarde casi nadie quiso salir a pasear por la ciudad, ya que esa noche saldrían de fiesta y querían estar a tope; Rebeca fue a comprar algunos souvenirs para sus hermanos y se alejó del grupo después de la comida.

Se acercó a un comercio pequeño próximo a la catedral, que tenía en la puerta varios artículos de recuerdo que le habían llamado la atención esa mañana cuando pasaron por allí.

Compró tres colgantes iguales de la famosa rana de Salamanca y un par de imanes para la nevera, y salió de la tienda contenta por sus adquisiciones.

Justo en el momento en que daba un paso fuera, un chico que al parecer estaba concentrado en un mapa tropezó con ella, haciendo que se cayese uno de los colgantes.

—Lo siento —se disculpó el chico y rápidamente recogió el colgante y se lo dio.

—No pasa nada —respondió Rebeca tomándolo.

Cuando se alejó, él la llamó.

—¿Sabes dónde está la Casa de las Conchas? Sé que es por aquí, pero no la encuentro.

—No te preocupes, esta mañana también me costó encontrarla. —Se rieron y Rebeca le señaló la dirección.

Se alejaron y ella volvió rápido al hotel.

Una vez ahí, llamó a Lucía y Vanesa, a quienes regaló los colgantes.

Por la noche, todos los alumnos salieron a cenar y enseguida una de sus profesoras, la más joven, los llevó a la zona de bares y discotecas.

Todos se lo estaban pasando muy bien, y los alumnos hacían bromas sobre las caras de espanto que ponían los profesores más mayores al escuchar la música y la letra de las canciones que sonaban.

Rebeca y Vanesa, que estaban fuera tomando el aire, vieron salir a Lucía con su novio; él no volvía al hotel, de modo que, cuando Lucía se despidió, Rebeca decidió acompañarla.

Lucía estaba cansada y quería volver al hotel, de modo que un grupo de alumnos se marcharon con el primer profesor que regresaba.

Una vez en la habitación, el móvil de Rebeca empezó a sonar. Era un número desconocido; aun así, contestó pensando que sería Víctor.

—¿Víctor? —preguntó.

—No, me llamo Ángel —respondió una voz amable y a la vez confundida—. Imagino que tú no eres Laura, ¿verdad?

—Soy Rebeca, lo siento —dijo ella avergonzada—. Un gusto, Ángel. Hasta luego —se despidió.

No sabía si Víctor la llamaría esa noche, pero le escribió un mensaje diciéndole que volvía mañana y que podrían hablar.