CAPÍTULO 11
Lo peor ya había pasado, habían conseguido escapar y nadie podría encontrarlos ahora.
A pesar de haberse separado, Kyle sabía que ambos estaban a salvo; no había nada de lo que preocuparse. Bueno, tal vez descubrieran al traidor que se encontraba en el castillo, aunque eso ya no importaba.
Kyle había vuelto a Taera.
Acababa de llegar a su casa, que se encontraba cerca de un puente que conectaba con Baltrium.
Hacía algunos años habían sabido de un puente muy poco usado entre ambos reinos y, una vez descubrieron aquella conexión, construyeron una casa cerca pensando que les sería útil para huir, justo como estaba ocurriendo en esos momentos.
Sabía que tenía que recuperarse y necesitaba un hospital urgentemente, algo que estaba seguro que no podría obtener en Baltrium.
Mientras, su padre llevaba a cabo un plan del que acababa de enterarse; no sabía cuánto tiempo iba a necesitar para ponerlo en marcha ni si saldría bien, pues era muy arriesgado.
Dejó de preocuparse por ello, ya que nada podía hacer para ayudarlo, de modo que decidió ir a un hospital tras tomarse unos calmantes para el dolor, le estaba resultando muy difícil controlar sus transformaciones.
A la mañana siguiente, cuando los médicos le dieron el alta, Kyle regresó a casa, quería saber si había noticias de su padre.
Sabía que él no podía llamar, pues la línea a la que estaba unido ese dornia era al interior del castillo de Baltrium y no quería arriesgarse a que descubrieran dónde se encontraba, si ya conocían que había un traidor entre ellos.
Ámsterdam le encantaba, desde pequeño había vivido ahí con su padre y siempre le gustaba salir a pasear por sus calles, pero ahora no podía hacerlo, tenía que esperar cualquier noticia que viniese de Baltrium, necesitaba saber cómo había ido todo y estaba preocupado por la empresa que su padre había emprendido.
Según lo que le había dicho, esperaría un tiempo oculto sin realizar ningún movimiento y luego intentaría hacerse con el control del reino del que procedía su esposa y madre de Kyle, pero debía ser rápido y en el momento preciso; si se adelantaba, sus planes se verían frustrados y perdería una gran ventaja.
La espera se estaba haciendo eterna y se hallaba cansado de permanecer encerrado en casa a expensas de recibir cualquier tipo de información, por lo que no salía salvo para acudir a sus revisiones médicas.
Tenía que estar preparado para lo que pudiera suceder.
Ángel se encontraba oculto en una cueva bastante más grande que en la que había estado con su hijo, pero mucho más húmeda y fría, por lo que la mayoría del tiempo no podía evitar tener que encender una hoguera para entrar en calor, aunque enseguida la apagaba para que nadie se diese cuenta de su presencia.
Tenía que ponerse en contacto pronto con quienes lo ayudarían, pero temía que, si no era paciente y salía, alguien lo podría reconocer; además, no estaba seguro de que los reyes de Baltrium no hubiesen alertado a los otros reinos de su presencia.
En esa cueva no tenía nada para comer ni para cubrirse y era demasiado fría como para aguantar así más de dos días, debía hacer algo y muy pronto si quería que fuera algo de utilidad.
Durante el tiempo que pasó en la cueva, tuvo que salir a cazar para alimentarse, pero lo hacía como animal, de forma que la comida no debiera tener una preparación especial para ser comestible.
Sintió por primera vez que el exilio en Taera no había sido tan malo, pues gracias a eso había estado en contacto con animales de todo tipo.
Taera era el reino más grande y en él coexistían los climas de los cuatro reinos, e incluso existía fauna que no se podían encontrar en ningún otro; de modo que podía adaptarse, cambiando de forma, a cualquiera de las condiciones que se le presentaran.
Esperó un par de días antes de salir de la cueva y se dirigió por la costa en dirección a un pequeño poblado.
Una vez ahí, fue hacia una callejuela y reuniendo toda la fuerza que pudo y concentrándose a fondo consiguió cambiar su aspecto.
Sabía que esto duraría poco tiempo, de modo que tenía que darse prisa, había calculado alrededor de siete minutos, por lo que enseguida caminó por las calles hasta que encontró a un niño al que le pidió que le enseñara dónde podía enviar la carta; se lo mostró y Ángel fue rápidamente a dejarla.
Empezó a sentir cómo poco a poco su aspecto volvía a la normalidad y presuroso abandonó el pueblo.
Pasaron varios días hasta que llegó por fin el día en el que sabía que recibiría la respuesta, de modo que volvió a salir al poblado y esperó en el lugar acordado.
—No te esperábamos tan pronto —dijo un hombre alto, de cabello moreno y musculoso.
—Hubo problemas y he tenido que actuar enseguida. ¿Está todo listo?
—No, aún queda arreglar algunas cosas, pero creo que podré acelerarlo. ¿Y Kyle?
—Ha tenido que volver a Taera, necesitaba acudir a un hospital —respondió, pero al ver la cara de su interlocutor añadió—: Se recuperará pronto, tuvimos una pelea y no podía buscar un médico en Baltrium.
—Entiendo—asintió—. Acompáñame, vamos a casa, te puedo ocultar ahí y estarás más cómodo.
—De acuerdo.
Ángel volvió volando a la cueva, recogió en un pequeño bulto las pocas pertenencias que tenía sin dejar rastro de que alguna vez alguien hubiera estado ahí y, tras transformarse en gaviota, voló a su nuevo refugio sin levantar sospechas.
Habían pasado ya unas semanas del ataque y Kyle estaba impaciente mirando por la ventana, esperando a que llegase alguna noticia de su padre.
No sabía si lo había conseguido y no tenía forma de conocer cómo se encontraba si él no se ponía en contacto; aun así, resistió el impulso de volver a Baltrium.
Kyle sabía que, si su cómplice no los encontraba en la cueva, llamaría al teléfono dornia que tenían en aquella casa. Eso era lo único que hacía que no saliera y de ese modo sus heridas se curaron rápidamente.
Una tarde, mientras paseaba por los alrededores de la casa para estirar las piernas, oyó que algo sonaba dentro y supo enseguida de qué se trataba; por fin iba a tener algún tipo de información. Fue enseguida y, sin cerrar la puerta, descolgó.
—¿Sí? —Kyle sabía exactamente quién lo llamaba, así que no le sorprendió nada la urgencia de la voz.
—Tengo poco tiempo, anota. —Estaba tan nervioso que casi no se le entendieron los números que acababa de decir—. No he podido averiguar cómo se llama, pero al parecer es alguien importante.
—¿Cómo estás tan seguro? —preguntó extrañado, ya que podía ser un número de cualquier lugar.
—Por lo que sé, es alguien que tiene al príncipe Víctor preocupado, pues le cuesta contactar. —Hubo un silencio—. Se lo cogí del móvil que trajo de Taera.
—Ya veo. —Entrecerró los ojos—. Seguramente esta información nos pueda ser de ayuda. Yo me hago cargo.
—Tengo que colgar. —Sin decir nada más, la comunicación se cortó.
Kyle se quedó durante unos minutos mirando el trozo de papel en el que había anotado aquel número e intentó pensar si le resultaba conocido de alguno de los antiguos contactos que tenía su padre, cuando aún ambos formaban parte del reino.
No sabía qué podía ser y optó por probar a meter los dígitos en internet; al fin y al cabo, si el número provenía de un móvil de Taera, estaba casi seguro de que pertenecía a alguien que vivía allí.
Esperó a que el ordenador se encendiera, entró en internet e introdujo los dígitos, deseando que hubiese algún tipo de respuesta.
Hubo suerte.
La primera búsqueda, aunque tuvo unos resultados muy amplios, redujeron la zona a un país, España, cuyo prefijo coincidía.
Poco a poco fue hallando más información de la persona a la que podría pertenecer el número, pero aún había muchos resultados que no encajaban.
Con sus conocimientos de informática, intentó entrar en los registros de las empresas de telefonía para conseguir la información, pero lo único que consiguió fue reducir la búsqueda a una región.
Haciéndose pasar por la compañía telefónica, envió un mensaje con un enlace a una web para que en cuanto lo abriese, aún sin clicar en el link, él pudiera rastrear la ubicación aproximada del móvil.
Kyle sonrió pensando en que los años de exilio le habían dado la oportunidad de aprender muchas habilidades que les estaban siendo de ayuda en sus propósitos.
Esperó toda la tarde a tener alguna ubicación del paradero de esa persona. «Si al menos supiera si es hombre o mujer…», pensó, ya que eso le habría hecho crear un mensaje más acorde a quien se dirigía. No podía hacer nada salvo aguardar, y eso lo estaba sacando de sus casillas.
Esa noche, tras cenar, el ordenador empezó a sonar, lo que significaba que la alerta había funcionado. Ahora conocía el paradero de quienquiera que fuese.
Se acercó al ordenador y leyó: Salamanca.
No esperó ni un segundo más y, con ayuda de su ordenador, compró el primer billete que salía de Ámsterdam a Madrid, desde ahí iría a Salamanca.
Recogió sus cosas y se fue a dormir; a primera hora de la mañana tendría que coger un avión.
Tres horas después de embarcar llegó a Madrid y se dirigió presuroso a la estación de tren.
Estaba tan nervioso por la excitación que le provocaba no quedarse de brazos cruzados que apenas conseguía mantenerse sentado.
Ya faltaba poco para volver a contactar con el dueño del número de teléfono y sabría su paradero exacto para poder usarlo contra la familia real de Baltrium; aunque aún no concebía cómo lo haría.