CAPÍTULO 10 #2
—Víctor, ¿te importa que sigamos mañana? —preguntó con la esperanza de saber si podían hablar nuevamente—. Es tarde y tengo clase.
—Por supuesto. —Sonrió—. Yo te llamo.
—Que descanses.
—Tú también.
Víctor volvió a atravesar el puente que separaba Taera de Baltrium contento y se encontró con Erik, que lo miraba entre enfadado y somnoliento.
—¡Dijiste que hablaríais poco tiempo y has tardado más de una hora! —le reprochó—. Tu madre está preocupada, ha dicho que vuelvas enseguida; aunque claro, de eso hace un rato, por lo que seguro que llamará otra vez.
—Lo siento, no me di cuenta —se disculpó.
—Es igual, vuelve pronto e inventa cualquier excusa, pero que yo no tenga la culpa de tu retraso, ¿eh? —bromeó al final.
Al llegar al castillo, se armó de valor y esperó a no encontrarse con toda su familia, pues le harían demasiadas preguntas y no tenía ganas de contestarlas, estaba de tan buen humor por su charla con Rebeca que no deseaba dar explicaciones.
Por suerte, con la única con quien se encontró fue su madre, que en cuanto lo vio fue directamente hacia él con el ceño fruncido.
Víctor esperó a que llegase a su lado con una sonrisa.
En cuanto su madre estuvo cerca, la abrazó levantándola por el aire y le dio un beso en la mejilla. Cuando la depositó en el suelo volvió a sonreír.
—Siento haberte preocupado. Procuraré que no se repita.
—¿Qué es lo que te ocurre? —preguntó Idaira olvidando el enfado.
—Que ha sido un paseo muy agradable. —Su madre lo miró con ojos entrecerrados.
—Me alegro —dijo—. Es tarde, mañana hay muchas cosas que hacer.
Ambos se separaron, sin embargo, Idaira se giró para observarlo; sabía que había algo más. Pensativa, la reina fue a su alcoba y se cambió de ropa, tenía que cavilar sobre la actitud de su hijo.
Desde que había ido a Taera, había cambiado; ahora parecía más inquieto, volvía a darse golpecitos en el labio y a lanzar sonrisas efímeras a la gente sin motivo, un tic que hacía cuando estaba intranquilo y recordaba que tenía algo que hacer.
En ese momento, Adrián entró en la habitación, ella se sobresaltó y ambos rieron.
—Parecías muy concentrada —empezó—. ¿Ocurre algo?
Idaira no sabía si era necesario compartir sus sospechas, pues quería ser ella quien descubriera a qué se debía la inquietud de su hijo.
—No, estaba pensando en el viaje de Víctor.
—Ciertamente fue muy corto, supongo que pronto querrá volver para investigar, conocer aquello y estar con esa jovencita.
—Sí, aunque aún es pronto.
—Lo sé, vamos a dormir, querida. —Adrián se acercó y le dio un ligero beso en los labios—. Mañana nos espera un largo día de búsqueda.
—Que duermas bien.
Idaira se quedó pensando en lo que Adrián había dicho; Víctor querría volver a Taera, no solo por los exiliados, sino por aquella muchacha que había conocido allí. «¿Será esa chica quien lo tiene tan inquieto?», por un momento se imaginó a su hijo interesado en esa mujer.
Sonrió.
No obstante, enseguida frunció el ceño, acababa de recordar que ella no era de Baltrium y no conocía su reino ni las habilidades que poseían. Además, no era seguro que Víctor se comportara de ese modo por esa joven, por lo que, antes de nada, tenía que averiguar qué estaba pasando con su hijo.
—Idaira, cariño, escucho tu mente trabajar —dijo su esposo con voz pastosa debido al sueño—. Descansa y mañana verás las cosas con mayor claridad.
A la mañana siguiente, toda la familia se reunió en el salón para desayunar.
Desde el ataque a Erik, la familia apenas disfrutaba del desayuno, pues había muchas cosas que hacer en el reino además de buscar a los exiliados.
Al llegar la hora de comer, Idaira se dio cuenta de que Víctor miraba el reloj y se quedaba pensativo. Por la tarde se empezaba a inquietar comprobando cada cierto tiempo la hora y se daba suaves golpes en su labio inferior.
Estuvo observando a Víctor durante casi una semana hasta que se decidió a seguirlo para ver por qué motivo salía por la noche y volvía a casa tan sonriente y con un brillo distinto en los ojos.
—Voy a dar un paseo —dijo a su marido mientras se ponía una capa para guarecerse del frío de la noche—. No tardaré mucho.
—¿Vas sola? —preguntó Adrián y ella asintió—. Que dos guardias te acompañen —sentenció y la reina puso los ojos en blanco.
—Sabes perfectamente que puedo cuidarme sola.
—Sí, sin embargo, no esperes que me arriesgue a que te pase algo —terminó, acariciando su mejilla.
La reina sonrió y besó la mano con que su marido la acariciaba. Enseguida se puso en marcha con sus escoltas a varios metros por detrás de ella. En uno de los cruces, sin perder de vista a su hijo, que se dirigía en dirección a la casa de Erik, se giró hacia los guardias.
—Necesito que os vayáis. —Los guardias la miraron atónitos—. Tengo que hacer algo y me es imposible con compañía.
—Señora, tenemos órdenes de acompañarla —insistió un soldado.
—Lo sé, pero esto es muy importante. —En ese momento vio cómo salían Erik y Víctor de casa, llevando unas capas que los ocultaban casi por completo—. No tengo mucho tiempo —añadió mientras los chicos se dirigían al bosque—. Será solo por un rato, esperadme aquí.
Los guardias se miraron entre sí y asintieron, aunque no estaban seguros de estar actuando correctamente. Idaira se colocó la capucha de la capa y marchó con paso presuroso hacia el lugar en el que había visto desaparecer a los dos muchachos.
No tardó mucho en darse cuenta de la dirección en la que se dirigían, sonrió y aceleró.
Al girar por unos árboles, se encontró frente a uno de los puentes y sentado en una roca cercana estaba Erik. Miró a su alrededor buscando a su hijo, no lo encontró y supo enseguida que él había atravesado el que lo llevaría a Cartagena; se acercó con sigilo a Erik.
—Hace bastante fresco para estar fuera —empezó la reina.
Erik, que no se esperaba que nadie se le acercara con tanto sigilo, reaccionó a la defensiva girando con el brazo extendido; a pesar de la edad, Idaira esquivó el golpe agachándose y sonriendo al ver la cara de desconcierto del amigo de su hijo.
—Lo siento mucho, no era mi intención… —se disculpó al descubrir quién era.
—Descuida —respondió entrecerrando los ojos—. ¿Qué haces aquí? ¿Dónde está Víctor?
—Víctor está… —Eric empezó a mover los dedos con nerviosismo—. Él…
—¿Salió a encontrarse con esa chica? —intentó averiguar, ya que Erik se dividía entre ser leal a su amigo o mentir a la reina—. Sé que están juntos.
—No. —Erik tragó saliva antes de responder—. Solo habla con ella, pero no están juntos ahora. Víctor no se aleja de Baltrium.
—Sigue vigilando —le ordenó acercándose al puente.
—Está cerca, la verá. —Se preocupó, sin embargo, Idaira había empezado a transformarse en un pequeña ardilla, encogiéndose poco a poco.
Salió de entre las telas de su ropa para dirigirse hacia las lianas que hacían el papel de barrera entre los dos reinos. A los pocos metros tras cruzar el puente, se encontró a Víctor riéndose despreocupado mientras se arrebujaba en su capa.
Era la primera vez que veía a su hijo tan relajado hablando con una chica, aunque fuera por teléfono.
En Baltrium, desde lo ocurrido con Vins, pocas eran las veces en las que veía a sus vástagos mostrarse así de confiados con alguien.
Pero al ver a Víctor, no tuvo más remedio que alegrarse por él y volver a Baltrium antes de que se hiciera más tarde y sus escoltas se preocupasen.
Una vez estuvo cerca de su ropa, miró a Erik, que estaba de espaldas a donde ella se encontraba; supuso que al no saber cuánto iba a tardar, él prefirió darse la vuelta y así pudiese vestirse con más intimidad.
Se cubrió con la capa antes y, cuando terminó, llamó a Erik.
—No le digas que he estado aquí, por favor. —Se colocó la capucha—. Yo misma se lo diré.
—De acuerdo —asintió—. Regrese con cuidado.
La reina no tardó en volver a donde aguardaban sus escoltas.
—Os dije que no tardaría demasiado —dijo sonriente.
Apenas había tardado una hora buscando a Víctor, de modo que Adrián salió a saludarla cuando llegó al castillo.
—Un paseo muy corto —dijo antes de besarla suavemente.
—Lo sé, hace frío. Vamos dentro.