Baltrium (Saga Reinos 1) CAPÍTULO 9
31%

CAPÍTULO 9

Los reyes llevaban esperando toda la mañana el regreso de sus hijos y apenas podían hacer sus labores debido a que la preocupación no los dejaba pensar; por suerte, Vins estaba con ellos para ayudar en lo que fuera necesario y, teniendo en cuenta que su padre no debía mostrar impaciencia con las personas que acudían a las audiencias, Vins lo tenía que apaciguar cuando se veía demasiado ansioso.

A medida que pasaban el tiempo, Vins también empezó a ponerse nervioso, pues su hermana llevaba fuera casi cinco horas y ya quedaba poco para ir a comer.

Verónica fue la primera en entrar a la sala, donde vio a Vins sentado en el trono y a su padre paseando de un lado a otro con la cabeza gacha y el ceño fruncido, mientras que su madre se hallaba de pie cerca de la chimenea, arreglando los capullos que se encontraban en la repisa sobre el fuego; siempre que estaba intranquila iba a su invernadero y cortaba flores para hacer arreglos que luego colocaba por todo el castillo.

Verónica y Víctor habían tenido una pequeña discusión mientras volvían a casa; él quería ir directamente a ver cómo se encontraba su amigo, pero ella lo había convencido para ir primero a ver a sus padres, pues estarían preocupados.

No se equivocó; nada más verlos, se abalanzaron sobre ellos para darles la bienvenida.

Víctor abrazó a su madre, mientras su padre hacía lo mismo con Verónica.

—Verónica me ha dicho que Erik está en el hospital —empezó Víctor ansioso—. ¿Sabéis cómo está?

—Se encuentra bien, no te preocupes —contestó su madre tranquila—. Esta mañana he ido a verlo y María me ha dicho que es muy posible que le den el alta hoy.

—Pero, contadme, ¿qué ha pasado? ¿Cómo conocían a Erik? ¿Cómo supieron que estaba fuera?

—No lo sabemos. Vero fue la primera en hablar con Erik, ahora sabes lo mismo que nosotros.

—Me gustaría hablar con él y decirle que lo siento. —Víctor suspiró, se sentía culpable.

—Cariño, no es tu culpa —dijo su madre acariciándole el brazo.

—Ve más tarde, es hora de comer —añadió su padre—. Y nosotros deberíamos hacer lo mismo.

—Pero… —intentó Víctor.

—Pero nada, tenemos que conservar la calma —lo reprendió la reina con seriedad—. Ve a dejar tus cosas y luego hablamos de las noticias que la guardia nos ha traído de la búsqueda de ayer por la noche.

—Está bien. —Recogió sus cosas y salió de la estancia.

Mientras subía a su habitación, le dio vueltas a cómo pudieron saber que él se hallaba fuera de Baltrium. Según lo que le había dicho su hermana, le habían preguntado dónde estaba y cuándo iba a volver; lo que le hizo pensar que tenían información que muy pocas personas conocían.

Al tiempo que se cambiaba de ropa, intentó enumerar a las personas que conocían que él estaba fuera, pero confiaba en todas sin excepción y nunca dudaría de ellas.

Erik era su mejor amigo, lo había sido desde el mismo momento en el que se conocieron, y de eso hacía muchos años; desde que Verónica invitó al castillo a María, la hermana de Erik, para un trabajo de clase.

Enseguida congeniaron y se convirtieron en inseparables, de modo que sabía que él nunca lo traicionaría; igual que María tampoco faltaría a su confianza.

Sus padres eran los primeros que darían lo que fuera por verlo a él o a cualquiera de sus hermanos a salvo; algo que también se podía aplicar al reino, adoraban Baltrium.

Sus hermanos tampoco lo harían, no lo traicionarían y eran los primeros en los que confiaba; aunque se pelearan, sabía que siempre podía contar con ellos para apoyarlo.

Verónica era sobreprotectora en exceso, ya que, por poco, era la mayor, y se tomaba muy en serio la seguridad cuando se trataba de Vins o de él.

Vins, por su parte, aunque también podían contar con él cuando lo necesitaban, no lo demostraba tan abiertamente; siempre estaba pendiente de su familia, pero intentaba que nadie se diera cuenta, como si dejar que lo hicieran lo volviera vulnerable.

Había tenido una mala experiencia con una chica y eso lo había marcado, convirtiéndolo en el taciturno que aparentaba ser.

A causa de lo que le ocurrió a Vins, tanto él como sus hermanos se habían vuelto desconfiados con sus posibles parejas.

Víctor se detuvo un segundo, estaba rígido y no respiraba.

En cuanto se puso en marcha empezó a buscar entre sus cosas, tocando y sacudiendo la ropa del interior del bolso, sin encontrar lo que necesitaba.

Se acordó de que se había cambiado al llegar, así que fue a buscar lo que acababa de quitarse.

Aliviado, sintió dentro de uno de los bolsillos del pantalón el pequeño móvil que había comprado con Rebeca.

—¡Maldita sea! —gruñó.

Con la noticia del ataque a Erik, había centrado toda su atención en su hermana y en volver a Baltrium para saber con exactitud qué había pasado y se había olvidado por completo de Rebeca; se había ido sin despedirse.

—¡Joder! —se quejó dando un golpe al abrir la puerta del armario—. Tendría que haberla llamado.

Suspiró y encendió el aparato para telefonearla, esperando que funcionase, pero, como imaginaba, no lo hizo. Escribió un mensaje explicándole los motivos por los que se tenía que marchar, sin embargo, al igual que ocurrió con la llamada, ni siquiera salió del terminal.

Volvió a maldecir al mismo tiempo que llamaban a la puerta.

Resopló y dejó el móvil sobre su mesilla de noche, cogió el que usaba en Baltrium y abrió la puerta.

—Su familia lo espera para comer —dijo un sirviente de mediana edad.

—Está bien, gracias. —Se encaminó al comedor.

Durante la comida, sus padres lo pusieron al día de todo lo ocurrido en su ausencia, así como de lo encontrado por la patrulla de la noche anterior.

Cuando terminaron, Víctor se excusó y fue al hospital; tenía que saber cómo se encontraba Erik.

Seguía sintiéndose culpable.

Una vez allí, fue directamente a la habitación, donde se encontró con una enfermera que estaba atendiendo a Erik. Esperó a que terminase y entró.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó acercándose a la cama.

—Bien, pero no tenías que adelantar tu regreso —se quejó.

—No importa, cuéntame qué ha pasado.

Erik volvió a contarle lo acaecido el día anterior. La historia apenas varió de la que había escuchado de boca de Verónica.

—Lo siento —se disculpó Víctor y Erik puso los ojos en blanco.

—No es tu culpa y lo sabes —le quitó importancia—. Además, enseguida me darán el alta, aunque me la podían haber dado esta mañana —se quejó.

—¡Ja! —se burló—. Te encanta que estén pendientes de ti.

—Bueno, no está mal. —Ambos rieron—. Ahora que estás aquí, me puedes acompañar a casa.

—Claro.

—Y me cuentas qué tal por… ¿Cartagena? —dudó al final.

—Sí. —Se ruborizó un poco al recordar a Rebeca—. Muy bien.

Erik lo miró entrecerrando los ojos y se dio cuenta de que Víctor parecía un tanto nervioso, pues había desviado la mirada hacia la ventana y su rostro se había teñido de rosa.

—¿Qué has visto? —preguntó escudriñando su rostro.

—He conocido a una chica —susurró.

Víctor no añadió nada más y Erik estuvo a punto de preguntarle, pero en ese momento entró de nuevo la enfermera.

—Buenas tardes —saludó a Víctor con el rostro ruborizado, se giró a Erik y le dio un papel—. El alta, ¿quieres que llame a alguien para que te lleve a casa?

—No hace falta, Cristina. —Sonrió.

—Que tengáis una buena tarde. —Salió de la habitación.

—Ayúdame, en cuanto salgamos me lo cuentas todo.

Recogieron todas sus pertenencias, avisaron de su salida del hospital y fueron a casa de Erik. No había nadie, de modo que hablaron en el salón.

—¿Y bien? ¿Quién es la afortunada?

—Se llama Rebeca, la conocí el sábado, el día que me fui —empezó—.

Era su cumpleaños y estaba con sus amigos, aunque luego me la encontré sola por la noche y estuve con ella hasta que vine para deciros dónde me alojaba.

Es una chica fantástica. Divertida, lista, cariñosa…

La verdad es que me gusta mucho —suspiró—.

Lógicamente, es menor que yo, pero aparentamos una diferencia de un año… Más o menos.

—¿Te has vuelto loco? —lo reprendió Erik—. Tú no eres un don nadie, no puedes…

—¿Crees que lo hice a propósito? La conocí por casualidad.

—¿Ella sabe…?

—No. —Erik enarcó una ceja mientras lo miraba con fijeza, pues conocía a su amigo y sabía cuándo le intentaba ocultar información—.

Vale, sin querer le dije lo que podemos hacer, mas no se lo creyó y se lo tomó a broma.

—Erik estaba atento a todo lo que decía—.

Es una chica increíble, te lo digo en serio.

Mis padres me contaron que ya nadie se preocupa por la contaminación ni los animales en Taera, pero ella sí.

Hasta se enfadó porque pensaba que yo no…

Me parece que incluso me gritó —terminó dubitativo.

—¿Cómo es? —preguntó curioso, ya que nunca había visto a Víctor hablar así de una chica.

—Ella es… —sonrió al recordarla— preciosa. Tiene el pelo negro y no es muy alta, los ojos castaños y una sonrisa encantadora. —Miró hacia una lámpara cercana—. Es divertida, alegre, inteligente, extrovertida, amable… Sencillamente, es…

Víctor se detuvo un momento al darse cuenta de la forma en la que lo estaba mirando Erik, sorprendido y divertido al mismo tiempo, lo que hizo que se sonrojara y apartara la vista.

Sabía que se comportaba como un adolescente estúpido; ya no podía hacer nada para solventarlo, Erik lo conocía demasiado bien.

Así que optó por hablar lo más normal que pudo, ocultando la vergüenza que sentía.

—¿Qué es tan gracioso?

—Esa chica te gusta de verdad. —Sonrió—. Nunca habías hablado así de nadie.

—Eso no es cierto —se defendió.

—Créeme. Te conozco. —Le golpeó el brazo—. ¿Te has quedado prendado solo por pasar unas horas con ella o hay más?

—Hay más —respondió—. Cuando nos conocimos, le dije que me quedaría poco tiempo, así que se ofreció a enseñarme la ciudad. Nos hemos visto todos los días, sé que siente algo por mí y creo que yo también por ella, pero no se lo puedo decir sin contarle lo que soy.

—¿Crees que lo entendería?