Baltrium (Saga Reinos 1) CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

Ángel se colocó a horcajadas sobre él y empezó a golpearlo mientras Erik intentaba detener la acometida; consiguió desviar uno de los puñetazos y así rodar hasta ponerse encima del atacante, encajó un par de mandobles y luego se lanzó a por la rama que había visto antes.

La cogió con fuerza, usándola para ponerse en pie.

Miró a su alrededor y vio que el joven se le acercaba mientras que el otro seguía en el suelo.

Ese era el momento, tenía que herir los brazos de sus atacantes para poder huir volando.

Ellos no podrían o les resultaría muy difícil convertirse en ningún animal alado, lo que le daría ventaja para escapar.

Fingiendo no poder apoyar la pierna, descansó todo su peso en el palo e hizo como si intentase escapar, de modo que su atacante lo creyese herido y bajase la guardia.

El truco funcionó y, cuando Kyle se acercó lo suficiente, Erik giró en redondo y lo golpeó en el brazo, provocando que cayera de costado sobre un arbusto; acto seguido volvió a golpearlo, aunque esta vez falló y le acertó en la cabeza, dejándolo inconsciente.

Ángel puso los ojos como platos al ver que Kyle perdía la consciencia y se centró solo en llegar hasta él para saber si se encontraba bien; no tardó mucho en hacerlo e intentó despertarlo, pero no respondía.

Erik aprovechó para alejarse de ellos y, rápidamente, aunque con mucho dolor, se transformó en un halcón y voló lo más rápido que pudo hacia la ciudad. Cabía la posibilidad de que lo siguieran; aun así, no quiso forzar su cuerpo por si, a causa del esfuerzo, se hacía aún más daño.

Salvó la distancia que lo separaba de la ciudad con un vuelo rápido y pronto estuvo a las puertas del hospital; sabía que tenía que hablar con la familia de Víctor, sin embargo, lo primero era recuperarse un poco.

Llegó a la zona de urgencias y volvió a transformarse en humano, llamando así la atención de un médico que lo reconoció enseguida y fue a su encuentro.

—¿Qué demonios te ha pasado? —preguntó su compañero mientras lo levantaban y lo subían en una camilla—. Llamaré a tu familia.

—María, llama a María —dijo antes de cerrar los ojos por agotamiento.

Cuando los abrió, se encontró a su hermana caminando de un lado a otro de la habitación, mientras su madre esperaba a que despertase sentada junto a su cama.

—Se está despertando —avisó Natalia, su madre, acercándose y deteniendo el paseo de su hermana—. ¿Cómo te encuentras?

—Como si me hubiesen dado una paliza —bromeó y rio; enseguida se detuvo pues, al hacer el esfuerzo, las costillas le dolían—. Estoy bien, mamá.

—Estás horrible —añadió su hermana siguiendo la broma, aunque de inmediato su tono cambió—. ¿Qué te ha ocurrido?

—¿Cuánto tiempo he dormido?

—Pensamos que te habías desmayado y que tenías una conmoción grave, hemos hecho un TAC y está todo en orden, tienes dos costillas rotas y varias magulladuras —explicó un médico que acababa de entrar—; has dormido alrededor de una hora, más o menos. —Erik suspiró.

—¿Nos puedes decir de una vez qué te ha pasado? —preguntó la madre de Erik, nerviosa e impaciente.

—Dos hombres me atacaron en el bosque, por el sendero que da a la cima del Recabal —dijo recordando hacia dónde se dirigía.

—¿Qué querían? —preguntó María, su hermana.

Erik guardó silencio, sin saber si debía responder o no a esa pregunta habiendo alguien ajeno al círculo de la casa real; aunque era un compañero de trabajo, Erik pensó que primero tenía que hablar con los reyes antes de decir nada más, incluso a su familia.

No sabía cómo hacerlo sin llamar demasiado la atención, de modo que esperó a que el médico saliera y luego miró a su hermana; ella podía contactar con Verónica, pues su amistad se remontaba tanto tiempo como la suya con Víctor.

—Llama a Verónica, por favor —le pidió; esta lo miró sin entender—. Ahora mismo no sé si puedo deciros mucho más y no quiero que nadie sepa que necesito hablar con la familia de Víctor.

María miró durante un momento a Erik, pero luego se alejó un poco y llamó por teléfono.

—Viene en camino.

Su madre estaba acomodando las almohadas a Erik y sonrió acercándose a la cama.

—Dinos por lo menos cómo escapaste, ha tenido que ser una pelea difícil —dijo María apoyándose en la cama, lo que hizo que él se quejara por el movimiento del colchón—. Tienes muy mala cara.

—Como tú cuando te levantas por la mañana. —Rio y nuevamente le dolieron las costillas—. Escapé porque tuve suerte. Golpeé a uno y creo que lo dejé inconsciente; el otro se olvidó entonces de mí y fue en su ayuda. Me dio el tiempo suficiente para alejarme y venir lo más rápido que pude.

—Me alegro de que hayas podido escapar. —Su madre le dio un beso en la frente.

En ese momento entró Daniel, el padre de Erik, junto con Verónica.

—Mirad a quién me he encontrado en el pasillo. —Miró a su hijo y se acercó con rapidez hacia él—. ¿Te encuentras bien?

—No es mi mejor momento —bromeó y luego miró a Verónica.

—Pero ¿qué te ha pasado? ¿Estás bien? ¿Cómo te sientes? —se preocupó Verónica, que conocía a Erik desde hacía mucho.

—Estoy bien, no te preocupes. ¿Podemos hablar?

—Claro. —Ella se acercó y él miró a su familia, que los dejaron solos en la habitación—. ¿Qué ocurre?

—Yo tampoco lo entiendo, me atacaron dos personas —empezó—. Dos hombres adultos, uno tendría más o menos tu edad o quizá un poco más y el otro era parecido a él, aunque bastantes años mayor. —Verónica estaba atenta y lo miraba con mucha atención—. Creo que se trataba de los que estáis buscando.

—¿Por qué? ¿Te dijeron algo? —Verónica estaba un poco nerviosa.

—Me preguntaron por Víctor, querían averiguar dónde estaba. Al parecer, lo vieron salir de Baltrium y quieren saber cuándo volverá.

—¿Lo vieron salir? —Ella pensaba lo más rápido que podía para averiguar algo que les pudiera decir dónde se escondían.

—Sí. Cabe la posibilidad de que estén escondidos cerca de los puentes.

—Tú lo acompañaste cuando se fue, ¿no viste a nadie? —Erik hizo memoria, pero negó con la cabeza.

—Antes de que él cruzase yo me fui, escuchamos que alguien llamaba pidiendo ayuda y fui a ver qué pasaba.

—¿Y si fue un truco? —preguntó preocupada.

—No lo creo, era una niña que se había caído y su madre no sabía qué hacer. Estaban paseando.

—O pudo haber sido cuando volvió para decirnos dónde estaba… —Se quedó pensativa—. ¿No mencionó nada más? ¿Hora?

—Nada, pero estaban muy interesados en él.

Ambos se quedaron en silencio. Erik intentando recordar algo más de lo acaecido en el bosque.

—Me conocían —recordó de repente—. Conocían mi nombre. Y estaban convencidos de que yo sabía dónde se encontraba Víctor. No dije nada, como es lógico, aunque me intriga cómo consiguieron toda esa información.

—Procuraré averiguarlo —afirmó Verónica preocupada—. Voy a avisar de lo que ha pasado, mi padre querrá responder. Y tenemos que buscar por todo el territorio por el que paseaste.

—Está bien —asintió—, date prisa.

—Mejórate —se despidió con una sonrisa—, y gracias.