CAPÍTULO 6 #2
Una vez en el coche, arrancó y se dirigió al pueblo de Rebeca.
—No quiero que tengas que mentir otra vez, ni tampoco que llegues tarde. —Recordó lo que había ocurrido el día anterior.
—Gracias. —Rebeca estaba contenta por cómo se comportaba con ella y se sentía muy afortunada—. Al final, ayer llegué a tiempo, pero Toni me hizo bastantes preguntas, casi tantas como mi padre, sobre dónde estuve y lo que hice. —Ella puso los ojos en blanco y negó con la cabeza.
Víctor, en cambio, se tensó al escuchar a Rebeca contar cómo había actuado Toni.
El día anterior le había parecido un chico agradable hasta que había invitado a Rebeca a irse con él; al no conocerlo, no le había dado importancia, aunque pareció que Toni se había molestado.
Momentos atrás también tenía el ceño fruncido; no entendía el motivo, aunque ahora, con lo que Rebeca le estaba diciendo, estaba casi seguro de que Toni sentía algo por ella y necesitaba saber si era correspondido.
«No, eso no es posible», pensó moviendo la cabeza de un lado a otro.
—¿Estás bien? —preguntó Rebeca.
—Sí, perdona. —No podía dejar de pensar en Toni y Rebeca—. Es solo que… —Víctor no sabía cómo continuar, quería preguntarle si había algo entre ellos, sin embargo, no quería parecer posesivo o celoso.
Rebeca lo miraba esperando que continuase, parecía estar decidiendo algo muy importante en esos momentos.
Ladeó la cabeza mientras lo veía conducir tan serio y con el ceño un poco fruncido.
Sonrió. Un rastro de barba le ensombrecía la barbilla y el pelo un tanto desordenado; los hoyuelos no se apreciaban, mas sus ojos estaban tan atentos al camino que tenía la sensación de que nada le pasaría desapercibido.
Se encontraba tan absorta mirando los ángulos de su rostro que se sorprendió cuando él la miró y le preguntó algo.
Volvió la vista a la carretera y uno de sus hoyuelos hizo acto de presencia, provocándole una sonrisa.
—¿Perdona? —preguntó ella nerviosa.
—Toni y tú —fue lo único que pudo decir esta vez.
—¿Qué? —Sacudió la cabeza—. Toni y yo nada —afirmó—. No empieces como Lucía. —Tomó aire armándose de paciencia, pues ya había defendido su postura más veces—. Solo somos amigos, y punto. No lo vería de otra forma. No podría.
Víctor se alegró para sus adentros. No entendía el motivo por el que Rebeca, a pesar de conocerla de muy poco, le resultaba tan importante; se sintió como un idiota con una chica que era libre de estar con quien quisiera, mas esa certeza no le impedía sentir celos.
—Es un buen chico, pero no es para mí. Hay cosas en él que no terminan de encajar conmigo ni de gustarme.
Víctor estuvo a punto de preguntar cómo era, pero pensó que estaría fuera de lugar. Cuando aparcó, se disculpó por su inapropiada pregunta.
—No era mi intención incomodarte, solo que… cuando dijiste que te preguntó acerca de lo que hicimos…
—No te preocupes —le restó importancia—. ¿Quieres que me vaya? —Él la miró sin comprender—. Se supone que no llego a casa hasta dentro de quince o veinte minutos.
Víctor se alegró por el significado de esas palabras.
—¡Quédate!
El tiempo transcurrió rápido y cuando se quisieron dar cuenta ya era hora de entrar en casa.
—¿Aún sigues interesado en que sea tu guía turística? —preguntó Rebeca antes de bajarse del coche.
—¡Por supuesto! —Se animó—. ¿Qué tenías pensado?
—Termino de trabajar a las ocho, si quieres quedamos y damos un paseo.
—En ese caso te recojo, ¿a las ocho y cuarto? —Ella asintió y salió del coche.
La tarde pasó deprisa y pronto ya era la hora. Rebeca se había demorado un poco más en salir, pero aun así no había hecho esperar mucho a Víctor.
Una vez en la ciudad, Rebeca sugirió visitar las iglesias que eran de estilos diversos de distintas épocas y Víctor había aceptado sin problema; además, le contó que, para que su padre la dejase salir, le había dicho que tenía que hacer una investigación sobre ellas, de modo que era la excusa perfecta; aunque lo cierto era que ese trabajo de historia lo había realizado hacía unos meses, y así podía darle explicaciones de cada una de ellas sin faltar a la verdad ni quedar mal.
Visitaron la basílica de la Caridad de estilo neoclásico, la iglesia de Santa María de Gracia, erigida para suplir a la catedral de Cartagena que se encontraba en el centro de la ciudad y de la que quedaban pocos restos, ya que se trasladó a Murcia capital; de la original solo quedaba la puerta lateral de la entrada, que se encuentra junto al teatro romano tras la restauración de este.
Finalmente terminaron su recorrido turístico visitando la iglesia del Carmen, en la que se podían encontrar estilos clásicos y populares en su fachada, mientras que, en el interior, su cúpula era ondulada con toques barrocos; una de las pocas que había en la Región de Murcia.
Como se encontraban en el centro, Víctor invitó a Rebeca a conocer su casa, ahora que ya estaba decente y, sobre todo, no olía a productos de limpieza, para agradecérselo y que ella la viera.
El piso era espacioso, con los muebles un tanto pasados de moda, pero supuso que se debía a que, al no vivir nadie allí, el mobiliario no se había modernizado; aun así, todas las habitaciones estaban decoradas con muy buen gusto.
—Me encanta la casa. —Rebeca admiró cada uno de los muebles—. Parece como si hubiésemos retrocedido cuarenta o cincuenta años en el tiempo. —Víctor se ruborizó y ella se sintió mal por el comentario—. Son geniales, de verdad, y encajan muy bien todos.
—Me alegro de que te guste. —Sonrió, aunque se sentía extraño por su comentario anterior—. Los únicos objetos que están un poco más al día son los electrodomésticos. ¿Te apetece beber algo?
—Un refresco, por favor. —Víctor fue a por él y se acomodaron en el sofá.
Estuvieron hablando de los programas que veían, música y lo que les gustaba hacer en su tiempo libre, hasta que Víctor se dio cuenta de la hora que era.
—¿Te quedas a cenar? Es tarde.
—Claro, pero tengo que avisar en casa.
Tras llamar a su padre, Rebeca entró en la cocina y entre ambos improvisaron una cena rápida.
Mientras terminaban de cenar, a través de los cristales vieron cómo empezaba a llover.
—Te gustaba la lluvia, ¿no? —Víctor advirtió que ella se quedaba absorta viendo resbalar las gotas de agua por la ventana.
—Sí, mucho. Es hipnótica —respondió volviéndose hacia él—. ¿Y a ti?
—Más o menos.
—¿Más o menos?
—Está bien, no me gusta mucho.
—Normalmente no suele gustar. —Se encogió de hombros—. Siempre he querido besar a alguien bajo la lluvia —dijo sin pensarlo y, en cuanto las palabras salieron de su boca, se ruborizó avergonzada.
Se había sentido tan cómoda con él que no pensó en lo que decía y tampoco en la reacción que acababa de provocar.
—Eso se podría arreglar.
Víctor se levantó la guio junto a la ventana y le rodeó el rostro con las manos, dirigiendo sus miradas para que se encontrasen; le rozó con delicadeza los labios con la yema del dedo, muy despacio, hasta la comisura.
Esperó un segundo su reacción y, al escuchar un suave suspiro, vio que los abría ligeramente.
Se acercó poco a poco hasta que sintió su aliento mezclándose con el suyo, no pudo más, su voluntad perdió el control y se dejó llevar por el aroma y el deseo que Rebeca le provocaba.
Cuando se unieron en tan íntima caricia, sintió que todo su ser cobraba vida.
Al percibirla tan cerca y saborear sus labios casi le hicieron perder el control, pero pudo contenerse y, con suavidad y dulzura, le recorrió la boca con la lengua mientras la de Rebeca hacía lo propio con la suya.
Víctor solo podía pensar en la mujer que tenía entre sus brazos y en su deseo de sentir cada centímetro de su cuerpo, de modo que cerró los brazos a su alrededor pegándose más; ella respondió poniéndose de puntillas e intensificando el beso y la fuerza con la que lo abrazaba.
Rebeca estaba perdiendo el juicio a causa de las caricias de Víctor.
Sintió cómo una de sus manos se enredaba en su pelo mientras que la otra bajaba poco a poco por su espalda y se introducía por debajo de su camiseta; se estremeció sin poder evitarlo y, tras un suspiro de satisfacción, se separó y echó la cabeza hacia atrás, dejando el cuello expuesto a la mirada y los labios de él, que no desaprovechó la ocasión para besarlo y sentir cada gemido antes de escucharlos.
Rebeca tenía los ojos cerrados y, sintiendo el aliento de Víctor en su garganta, lo agarró del pelo y le acarició la espalda a través de su jersey.
No se dio cuenta del momento en el que habían pasado del comedor al sofá hasta que sintió la presión del cuerpo de Víctor sobre el suyo y tuvo que admitir que encajaban a la perfección. Ambos tenían los ojos oscuros por el deseo y por algo más que no pudo identificar.
Él le sonrió antes de volver a besarla, pero ella tenía otra idea: buscando el borde de su jersey, empezó a levantarlo muy despacio; al adivinar sus intenciones, Víctor se apartó para quitárselo mientras Rebeca se mordía el labio a causa de la excitación de verlo desnudo.
El tiempo se ralentizó cuando, poco a poco, la camiseta dejó a la vista una piel tersa y firme con unos abdominales duros aunque no tan marcados, seguidos de los fuertes pectorales.
Estiró la mano para tocarlos; justo antes de rozarlos, su móvil empezó a sonar y Víctor volvió a colocarse la ropa correctamente.
—Pero ¿qué? —dijo Rebeca consternada por la interrupción.
—Contesta, puede ser tu padre.
Rebeca estaba aún acalorada cuando se acercó al móvil, y Víctor le dio la espalda para darle intimidad. Al ver de quién se trataba colgó y se relajó.
—Era Lucía, siempre hablamos antes de dormir.
—En ese caso, te llevo a casa. —Ella asintió.
Se mantuvieron en silencio, en pocos minutos ya estaban de camino y solo se escuchaba la música de la radio.
—Me lo he pasado muy bien —dijo Rebeca un poco nerviosa.
—Yo también. —Víctor se acercó y, antes de despedirse, la besó suavemente—. Que descanses.