CAPÍTULO 6
Víctor vio a Rebeca alejarse del coche con prisa, y sonrió al recordar lo nerviosa que estaba cuando se percató de lo tarde que era.
Puso el coche en marcha y se alejó del pueblo, esta vez con calma, conectó la radio y condujo en silencio mientras volvía a su casa.
Era temprano, llegó y cerró todas las ventanas; en efecto, tal como había predicho Rebeca, la casa estaba helada, de modo que encendió la calefacción en el salón y tomó un libro de la estantería.
Estuvo leyendo durante bastante tiempo, pero sin darse cuenta empezó a pensar en Rebeca.
Esa chica le gustaba, aunque no quería admitirlo; sabía que no estaría mucho y no entraba en sus planes encariñarse con alguien para luego sufrir por ello, pero estaba claro que, pese a que habían compartido poco tiempo y era una locura, se sentía muy atraído y esperaba que ella sintiera lo mismo.
En Baltrium, cada vez que conocía a una chica pensaba que lo que le atraía de él era su procedencia; aunque luego estuviera equivocado, siempre era ese su primer recelo después de lo que le había ocurrido a Vins.
Sin embargo, con Rebeca era todo distinto porque ella no tenía ni idea de quién era en su mundo y, por lo tanto, si él le gustaba sería por sí mismo, sin adornos ni mentiras.
Cuando pensó en esa afirmación se dio cuenta de que no era del todo cierto, porque no le había dicho la verdad sobre él. No podía revelarle que realmente sí tenía la capacidad de transformarse en animales, pues ella se asustaría y se alejaría de él.
Una parte de él quería hacerlo, ansiaba que ella lo aceptara y lo comprendiese, compartir su capacidad. Se acordó de que Rebeca había dicho que, si pudiese, se convertiría en un gato porque le encantaban y esa idea le dio esperanzas de que tal vez no se alejara de él si le confesaba lo que era.
Se sacudió esa idea de la cabeza, no debía pensar así, no era el momento idóneo para tener en la mente una relación, no iba a quedarse y tampoco podía abandonar el reino ahora que los exiliados estaban de vuelta en Baltrium; su deber era permanecer con los suyos.
De modo que meditó en cómo buscar información, ya que era lo que esperaban de él.
Necesitaba encontrar cualquier conocimiento útil que hubieran podido aprender durante su destierro.
—Pero ¿por dónde empiezo? —se preguntó mirando al techo.
Ni siquiera sabía si habían estado en Cartagena ni qué puente habían atravesado cuando los desterraron.
Para ser sincero, en ese momento Víctor simplemente quería conocer la ciudad en la que se encontraba, saber más de su historia. Cuando salió de Baltrium se limitó a tomar el puente que tenía más cerca; pero debía hacer algo, pensar como ellos.
Sus padres les habían revelado la identidad de los exiliados, así como la verdad acerca del motivo de su expulsión a Taera.
Se trataba de personas que querían gobernar Baltrium y en su momento atacaron a quien era el monarca y a su familia.
A pesar de todo, no fueron encarcelados ni desterrados a ninguno de los otros tres reinos, sino que los exiliaron a Taera, un lugar en el que pensaron que perderían sus facultades de cambio; lo que significaba que eran demasiado peligrosos.
Nada de eso le servía para averiguar dónde se encontraban, qué planes tenían ni qué podían haber aprendido para llevar a cabo sus objetivos, porque si de algo estaba seguro era de que volverían a intentar hacerse con el reino.
Desde que se fueron, nadie había sabido nada de ellos; dejaron de formar parte de ese mundo y nunca más se preguntaron por su paradero ni se preocuparon por su vida posterior. «Tal vez eso fue un error», pensó para sí, pues eso les restaba información para averiguar qué plan tenían.
Se puso a recordar cuándo había sido la última vez que tuvo noticias de Taera que le pudieran ser de ayuda.
A pesar de que apenas había viajado a Taera, sabía que Vins sí había vivido allí durante una, relativamente, larga temporada para realizar un proyecto de investigación sobre energías renovables en grandes superficies.
Pero al contarles su experiencia no pareció que hubiese mucha diferencia con las tecnologías de Baltrium o de cualquiera de los otros reinos; tampoco era de extrañar, pues la información se repartía por los cinco si había algún avance útil.
La única recaía en el uso y abuso de los recursos naturales que se consumían.
Vins había hecho muchos amigos en Taera, pero cuando la abandonó los dejó atrás y en muy pocas ocasiones volvió a contactar con ellos, ya que no podía hacerlo sin revelar quién era y las habilidades que poseía.
Víctor no sabía qué pensar y empezaba a dolerle la cabeza, de modo que cerró los ojos un momento y respiró profundamente.
Se levantó del sofá y fue a la cocina a por un vaso de agua, entonces se fijó en la hora y se dio una ducha para luego preparar la cena.
Esa noche apenas pudo dormir reflexionando en lo que debía hacer.
Descubrir el paradero de los exiliados era su mayor preocupación, pero estaba seguro de que su familia ya se encargaba de ello en Baltrium; aunque, ahora que lo pensaba, nadie sabía a ciencia cierta si de verdad habían vuelto para intentar robar el poder y gobernar el reino; lo que sí tenía claro era que sus intenciones no eran honestas, ya que se ocultaban de todo el mundo.
Por otra parte, y lo peor de todo, en cinco días Víctor tendría que volver a Baltrium y debería alejarse de Rebeca, la única chica que se había interesado por él y no por su estatus.
Estaba seguro de que le sería difícil, a pesar de conocerla tan poco tiempo.
Al día siguiente, Víctor había pasado la mañana buscando por internet y había encontrado algunas cosas interesantes que lo podrían ayudar con la búsqueda en Baltrium, así como información sobre Taera que desconocía.
Por lo que pudo comprobar, Taera tenía mucha historia, era como sus padres le habían contado. Hizo una lista de los lugares que le gustaría conocer cuando todo terminase y su reino no corriese peligro.
Le fascinaban Groenlandia por la vasta extensión de tierra cubierta de hielo, Australia con todos los animales exóticos que solo existían en aquella gran isla, la Antártida por la fauna salvaje que él no conocía y que Rebeca nombró cuando le habló de la contaminación.
Él había actuado como si la entendiese, pero esos animales no existían en su reino y hasta donde él sabía tampoco en ninguno de los otros, de modo que Taera tenía un territorio fascinante que quería descubrir.
La mañana pasó muy rápido, enfrascado como estaba y sorprendiéndose una y otra vez de las maravillas que podía encontrar en Taera; cuando se quiso dar cuenta, tuvo que salir con prisa si quería recoger a Rebeca.
Acababa de llegar cuando empezaron a salir los estudiantes.
Esta vez se colocó donde había conocido a sus amigos el día anterior y esperó.
Los primeros en salir fueron los chicos, que no paraban de hablar del partido que habían disputado esa mañana. Reían y comentaban las jugadas. Luego salieron Desiré y Marina, que enseguida repararon en su presencia y lo saludaron, demasiado efusivas para su gusto.
Cuando en Baltrium estaba con amigos en un ambiente distendido, esa era la reacción que muchas chicas demostraban al verlo; no le agradaba, se percibía como si fuera un objeto, como si no tuviese nada más que ofrecer que ser el príncipe de Baltrium.
Pero eso allí no tenía sentido, nadie conocía su condición, de modo que supuso que lo que las atraía era su físico.
—¿Qué tal ayer con Rebeca? —preguntó Desiré tras el saludo.
—Muy bien, fuimos a comer y la llevé de vuelta a su casa.
—¡Genial! ¿Y qué plan tenéis hoy? —preguntó esta vez Marina.
—Aún no lo sé. No sabe que estoy aquí. —Marina lo miraba fijamente, como si quisiera adivinar sus pensamientos.
Rebeca no tardó en salir acompañada de Lucía y Vanesa y se dirigió directa hacia donde se encontraba. Las tres sonreían, pero Víctor solo tenía ojos para ella, a quien se le iluminó el rostro al descubrirlo.
Ahí estaba esperándola otra vez; no había creído que volvería a pasar, aunque lo deseaba con todas sus fuerzas.
Sus miradas se cruzaron y ambos sonrieron, ninguno la apartó mientras ella llegaba hasta donde él se encontraba.
El tiempo se detuvo y las personas desaparecieron, Víctor apenas era consciente de la mano de Marina en su brazo ni de que Toni lo miraba con el ceño fruncido; solo veía a Rebeca sonreír y detenerse delante de él.
Sin pensarlo siquiera se inclinó para poder recibir ese saludo que tanto le encantaba.
Ya no le resultaba extraño, ahora le parecía de lo más normal darle un beso en cada mejilla.
Amplió la sonrisa cuando se dio cuenta de que esa reacción solo le pasaba con ella, con las demás chicas se ponía rígido y se sentía extraño al hacerlo; sin embargo, al tratarse de Rebeca, le parecía muy natural.
—¿Hoy también pasabas por aquí? —preguntó ella sin soltar su brazo.
—No, es que quería llevarte a casa —dijo Víctor sin apartar la mirada.
A Rebeca le dio un vuelco el corazón, no sabía qué decir, estaba contenta por sus palabras; más que eso, se sentía feliz por el hecho de que él dijera eso.
Tragó antes de responder, ya que se le había secado la boca de repente.
—¡De acuerdo! —se alegró.
Víctor sintió una ligera presión en el brazo; al comprobar de quién se trataba, vio a Marina apoyada en él de forma relajada.
También se dio cuenta de la presencia de los demás amigos de Rebeca y se reprendió por la falta de educación que acababa de demostrar.
Saludó a Lucía y Vanesa y se giró hacia el grupo.
Algo ocurrió entre las tres amigas durante un par de segundos, empezaron a lanzarse miraditas unas a otras. Víctor no lo entendió, aunque tampoco tuvo mucho tiempo de analizarlo, puesto que cesaron enseguida.
—¿Nos vamos? —Rebeca se mordió el labio.
Él asintió. No sabía qué había pasado, pero esperó a preguntárselo en el coche.
—Claro, vamos.
Esta vez, Víctor no le pidió la mochila con los libros, simplemente extendió la mano y la tomó del suelo.