Baltrium (Saga Reinos 1) CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

—La casa ya está en condiciones. Gracias por los contactos.

—No hay por qué darlas —respondió. Pensar que irían a su casa la puso nerviosa—. ¿Dónde vamos a comer? —Sentía que era muy pronto para estar a solas con él.

—He pensado en ir a un restaurante cercano, del que me he informado. —Sonrió a modo de disculpa—. Intento no estar demasiado en casa, ahora huele muchísimo a productos de limpieza y me molesta bastante. He dejado todas las ventanas abiertas.

—Entiendo. —Sonrió un poco—. Como tienes el olfato de un animal… —bromeó.

—Efectivamente —aceptó—. Por todos es sabido que los animales tienen los sentidos más desarrollados.

—Y yo no te lo discuto —rio—; pero, en ese caso, cuando vuelvas a casa vas a tenerla muy fría.

—Tienes razón, no lo pensé cuando lo dejé todo abierto y salí en tu busca. —Rebeca puso los ojos en blanco mientras sonreía.

Víctor sabía que, desde el principio, cuando sin querer le había dicho que tenía la habilidad de convertirse en cualquier animal, ella se lo había tomado a broma; de modo que podía seguir con ello si volvía a tener un desliz como aquel.

Mientras caminaban hacia el restaurante, Víctor le relató la cantidad de viajes que había tenido que hacer a la tienda y a tirar la basura.

—Tu amiga dijo que no había visto tanto polvo en una habitación en su vida. Tuve que comprar hasta mascarillas, el aire era irrespirable.

Rebeca no paraba de reír, tenía una forma de contarlo que le hizo desear haberlos visto limpiando.

Le encantaba pasarlo tan bien con las cosas más cotidianas; apenas se conocían, pero se notaba que ambos se sentían cómodos juntos. Ninguno de los dos forzaba la situación y simplemente disfrutaban.

—En una ocasión, tu amiga entró en el dormitorio mientras yo colocaba unos adornos de mi madre sobre la mesilla y me preguntó preocupada si me encontraba bien. —Rebeca lo miró con curiosidad—. Porque se me habían irritado tanto los ojos que empezaron a llorarme.

Rebeca soltó otra carcajada sonora; se lo estaba pasando en grande. Él era un chico increíble y a ella le fascinaba.

Llegaron al restaurante y tardaron poco en pedir.

Rebeca aprovechó el momento en el que el camarero se alejó para sacar el móvil y llamar a su hermano.

—Hola; hoy no voy a ir a comer, salimos tarde y perdí el autobús, Lucía me ha invitado a su casa, así que luego voy.

—Pero hoy tienes trabajo.

—Lo sé, tranquilo. Llegaré a tiempo. No te preocupes.

—Está bien. Hasta ahora. —Colgó.

Mientras hablaba, Víctor la miraba atentamente, lo que la hizo sentirse un poco nerviosa.

—¿Era tu padre? —preguntó Víctor.

—¿Lo has escuchado? —se sorprendió; lo miró extrañada, pero continuó—: No, mi hermano. Es más razonable, aunque ya has oído que tengo que llegar temprano.

—Sí —asintió—. Mi relación con mis hermanos también es buena. No era lo normal, a veces nos peleábamos; por fortuna, mis padres solían estar cerca para separarnos si las cosas se nos iban de las manos.

—¿Separaros? —dijo con voz más alta de lo normal—. Exageras, seguro. —Lo observó con atención—. No te imagino en plan salvaje.

—Pues sí. Mi padre siempre estuvo cerca para ayudarnos a controlar… —Víctor se detuvo antes de cometer un nuevo desliz, pero fue tan corta la pausa que pasó desapercibida para Rebeca — …nuestras emociones. Mi madre, en cambio, nos animaba y apoyaba cuando estábamos agotados y queríamos abandonar.

—Me alegro de que sean así. —Sonrió—. Mi padre es cariñoso, aunque demasiado protector conmigo —suspiró—. Supongo que es por cómo lo educaron. Mi madre también estaba ahí cuando la necesitábamos, aunque era muy estricta. —Esbozó una mueca triste y miró su comida.

—Hablas de ella en… —Víctor se interrumpió y extendió la mano para levantarle el rostro, tomándola de la barbilla—. Lo siento mucho.

—No te preocupes. —Intentó sonreír—. Era muy alegre. Me gustaría ser como ella. Fuerte, constante, divertida…

—Ya lo eres. —Le limpió una lágrima del rostro.

No sabía muy bien por qué se había puesto a llorar delante de Víctor; ya había hablado de su madre otras veces y, a pesar de que aún la echaba de menos, había sabido controlarse para no mostrarse débil.

Sin embargo, con Víctor no había podido y no tenía ni idea del motivo; solo esperaba no haberlo molestado.

Al verla abatida, Víctor quiso abrazarla y consolarla, pero en ese momento no podía hacer nada, solo ver cómo se recomponía y volvía a comer en silencio.

Tras beber agua se aclaró la voz y, ya sin lágrimas, continuó:

—Con Félix me llevo genial, siempre ha estado conmigo y nunca, de momento —puntualizó—, me ha fallado.

Aunque es despistado y un poco pasota, suelo poder contar con él.

Con Jade, en cambio, al ser más pequeña, solemos llevarnos como el perro y el gato; a pesar de que ahora, según dicen todos, recaiga sobre mí su educación.

—También está tu padre.

—Sí, pero al parecer todo el mundo, desde que falleció mi madre, piensa que al ser mujer es mi obligación. De momento, no me quejo. —Le guiñó un ojo—. ¿Y qué me dices de tus hermanos?

—Los tres tenemos mucho carácter y por eso lo de que nuestros padres nos tuvieran que separar. —Rebeca rio y él sonrió al verla—. Verónica es dulce y simpática, aunque muy reservada cuando se trata de la familia; pero una vez que te acepta es encantadora.

—Está bien saberlo —bromeó.

—Vincent es agradable también, aunque muy competitivo y reservado con las chicas; no es tímido, pero… —dudó un momento— digamos que tuvo una mala experiencia.

—Vaya, entonces ella tuvo que ser muy importante para él.

Siguieron hablando, contándose historias de sus hermanos y riéndose de las travesuras que habían hecho de pequeños, cuando el camarero retiró los platos del postre. Se lo estaban pasando tan bien que no se habían preocupado por la hora.

Rebeca consultó el reloj y dio un grito ahogado al ver lo tarde que era, tenía que estar en el trabajo en veinte minutos y aún no había pasado por su casa.

—¡Es muy tarde! —exclamó nerviosa—. Lo siento, me tengo que ir.

—Tranquila, te llevo.

Rápidamente llegaron al coche y Víctor aceleró bastante para que ella no tuviera ningún problema.

—Dime dónde te dejo.

—En mi trabajo; de lo contrario, no llegaré a tiempo. —Se mordió el labio.

—De acuerdo.

La dejó enfrente de la tienda y, tras una breve despedida, Rebeca se dirigió corriendo al interior.