CAPÍTULO 5
En el instituto, Rebeca y sus amigas se habían contado lo que habían hecho durante el fin de semana.
Lucía había ido a casa de Joaquín, su novio, a comer y luego habían visto una película. Por la tarde, él la había acompañado a la suya mientras sacaba a pasear a su perra.
Llevaban juntos desde hacía un año y a veces era extraña la forma en la que se comportaba con ella. Pero se querían, de modo que Lucía estaba feliz a su lado y sus amigas contentas de verla así.
Por su parte, Vanesa había ido con sus padres a visitar a sus abuelos y no había hecho mucho más, salvo disfrutar de una comida familiar y recaudar el dinero que tanto su abuela como su abuelo le daban a ella y a sus hermanas a escondidas de sus padres.
Siempre que iban a comer a casa de sus abuelos sin ser una fecha señalada, el dinero que les daban no era mucho; sin embargo, cuando se celebraba algo como el cumpleaños de alguna de sus nietas, podían recoger el suficiente como para irse todo el día de compras.
Elías y Paula, que habían venido de fuera, ya habían vuelto a sus ciudades tras comer en casa de Fernando, otro amigo al que también habían visitado y con quien habían pasado toda la mañana, quien se había puesto a estudiar Filosofía, una asignatura que le resultaba más difícil.
Toni, por su parte, no había hecho gran cosa el fin de semana, ya que se había quedado en casa jugando a videojuegos y comiendo patatas fritas.
Estaba bastante ajeno a la conversación hasta que Rebeca dijo que el sábado, tras volver a su casa y pelearse con su padre, había salido a hurtadillas y vuelto a Cartagena, estrenando la ropa que le habían regalado.
—¿El sujetador también? —preguntó Toni.
—Sí —respondió con una mueca que pretendía ser una sonrisa.
Lucía y Rebeca se miraron un tanto incómodas por la pregunta. Últimamente, Toni parecía más empeñado que nunca en que Rebeca se fijara en él.
Hubo un silencio extraño hasta que Vanesa preguntó qué había pasado con su padre y por qué se habían peleado. Ninguna podía creer que se hubiera escapado, no era nada propio de ella.
—¡Tenías que habernos llamado! —le reprochó Lucía.
—Aunque lo hubiera hecho, no habríais podido salir; además, se suponía que no iba a tardar mucho. En realidad, solo quería rebelarme contra mi padre; pero al final fue todo bien —se defendió mientras Lucía la miraba con reproche.
—¿Qué hiciste?
—A ver…
Rebeca estaba muy nerviosa. Nunca se había encontrado en la situación de tener que contar nada parecido a lo que les iba a decir, normalmente eso no le pasaba a ella y no sabía por dónde empezar.
Tomó aire y les contó la primera vez que había visto a Víctor en el bar, cuando estaba con ellas; después siguió por lo sucedido el día anterior.
Sus amigas la miraban con sorpresa y la interrumpían con preguntas para aclarar alguna información.
Por suerte, Toni y los chicos habían perdido el interés en la conversación, por lo que no tuvo que responder a preguntas malintencionadas.
Lucía apenas decía nada y Rebeca temía lo que podría preguntarle, ya que, al tener más confianza con ella, estaba segura de que haría las cuestiones más comprometidas, y no se equivocó.
—¿Vas a volver a quedar con él?
—No sé. —Se encogió de hombros—. Hoy iba a llamar para que le limpien la casa.
—No tardarán toda la semana —continuó Vanesa.
—Supongo que saldremos de nuevo, solo que no sé cuándo. Dijo que quería conocer más cosas de Cartagena, y he pensado en preparar un pequeño itinerario turístico.
—¿Quieres volver a verlo? —continuó Lucía.
—¡Pues claro! —Sonrió—. Lo malo es que el sábado vuelve a su casa.
—Eso es cierto; aunque no nos has dicho de dónde es.
—Ni yo misma lo sé. —Se quedó pensativa—. Se lo pregunté, pero no me respondió.
Recordó el momento en que lo había hecho, sin embargo, cambiaron de tema y olvidaron la cuestión.
—Se lo volveré a preguntar cuando lo vea —resolvió.
—¿Te gusta? —siguió Lucía.
—Un poco. Bueno, sí, bastante. Aunque da igual, no puede haber nada entre nosotros, solo está de paso —suspiró—. Y es algo que debo tener muy presente.
—En fin, espero que nos lo presentes. —Lucía miró seriamente a Rebeca—. No quiero que salgas con alguien de quien no sabemos casi nada, salvo su nombre y el de sus hermanos.
—Está bien —aceptó, ya que ni ella se lo había planteado.
El día pasó rápido y pronto se hizo la hora de salir. Esperaron a que Lucía terminara de recoger sus cosas. Siempre era la última en terminar y nadie sabía cómo se las apañaba.
Las tres salieron hablando de sus cosas y escucharon a un grupo de chicas que charlaban sobre alguien que estaba en la puerta, apenas les prestaron atención, ya que se trataba de alumnas de primer o segundo curso y, por experiencia propia, sabían que a esa edad suspiraban y se encandilaban por cualquier chico un poco mayor que ellas.
—Esta semana voy a ir a comprar algunas cosas para el viaje —comentó Vanesa—, ahora que tengo dinero para algún pantalón o camisa. He visto una en el centro… preciosa.
Hablando del viaje que harían con el instituto, se acercaron al grupo donde estaban los demás junto a otras compañeras de clase, que también estaban haciendo comentarios sobre el chico al que se referían las de primero.
—Nunca había visto a ese chico por aquí —decía Desiré a su amiga Marina—. Parece estar esperando a alguien, ¿no crees?
—Sí, aunque creo que no la ha encontrado, ya que queda poca gente. —Se giró hacia las recién llegadas—. ¿Lo habéis visto?
—¿A quién? —preguntó Lucía. Desiré señaló con la cabeza la dirección y las tres se giraron.
—¡¿Víctor?! —se sorprendió Rebeca cuando lo reconoció.
—¿Lo conoces? —preguntó enseguida Marina.
—De este fin de semana. —Estaba perpleja—. No me lo esperaba.
Rebeca no daba crédito a encontrarlo allí; según lo que le había contado, no conocía a nadie, y que estuviese esperando en la puerta de su instituto solo podía significar que la buscaba a ella.
Sin pensarlo dos veces, se separó del grupo y se dirigió a la farola donde Víctor estaba apoyado.
—No estarás siguiéndome, ¿verdad?
Víctor la había visto en cuanto se giró hacia él, pero no reparó en el momento en que salió del recinto.
La mayoría de las chicas hablaban de él, algo a lo que ya estaba acostumbrado en Baltrium por ser el hijo del rey; sin embargo, en esta ocasión los comentarios no se referían a su estatus, sino a su físico, lo que en parte lo hizo sentirse bien, pero también desear no haber ido.
No ayudaba el hecho de que ya llevaba bastante tiempo en la puerta esperando a que terminaran las clases; y desde que empezaron a salir los estudiantes hasta localizar a Rebeca le había parecido una eternidad.
Ahora estaba ahí y le sonreía, de modo que le devolvió el gesto, apartándose de la farola y acercándose para saludarla.
Le encantaba saludarla.
—No, solo pasaba por aquí y pensé en enseñarte el coche. —Sonrió—. Si quieres, puedo llevarte a casa.
Víctor vio cómo se ruborizaba e intentaba ocultarlo meciéndose el cabello, de modo que su sonrisa se acentuó más, así como los hoyuelos que tanto fascinaban a Rebeca.
—De acuerdo, pero primero tengo que presentarte a mis amigas. —Se giró en su dirección—. Lo siento, si no lo hago, no me dejarán en paz.
Tras aceptar, Víctor la siguió hasta donde se encontraba el grupo y saludó a todos, esta vez ya no le pilló desprevenido cuando las chicas se acercaron a darle un par de besos, mientras que a los chicos les estrechó la mano.
—No nos has dicho que conocías a un chico como este. —Desiré sonrió a Víctor.
—No sabía que tenía que darte un informe de las personas a las que conozco —respondió Rebeca con una sonrisa falsa—. Además, no me imaginé que estaría esperándome a la salida. Ha sido toda una sorpresa —añadió mirándolo.
—Esa era mi intención. Además, ayer no pude llevarte a casa.
Rebeca miró a Víctor con los ojos como platos, sabía que al día siguiente Desiré la iba a someter a un interrogatorio.
Desiré era una chica con el pelo liso y negro, ojos marrones como el barro y de piel blanca, un poco más baja y regordeta que su amiga Marina, quien tenía el cabello castaño y rizado, llevaba gafas y era bastante delgada; ambas eran compañeras de clase de Rebeca desde primaria, aunque nunca más que eso, tenían distintas formas de ser y de pensar.
A ellas les encantaba salir de fiesta hasta tarde y habían tenido, al contrario que Rebeca, una larga lista de parejas.
Eran envidiosas en todo, de modo que cuando a las otras chicas del curso les gustaba algo o alguien, procuraban no decirlo, ya que estaban seguras de que despertarían el interés de Desiré o Marina.
—Cuando quieras nos vamos —dijo Víctor tras un incómodo silencio.
—Entonces vamos ya, es tarde —respondió.
Sabía que mentía, ya que normalmente tenía que esperar al autobús para volver a casa y aún le quedaban varios minutos para llegar, pero Rebeca quería salir de ahí enseguida sin que nadie más hiciera preguntas o se repitiese un silencio incómodo.
Recuperó la mochila del suelo y se dispuso a seguir a Víctor hasta su coche, pero antes de que pudiera dar dos pasos él se giró y le tendió la mano a Rebeca, que lo miró sin comprender.
—Dámela, te la llevo yo, estarás cansada.
—No te preocupes —se negó, pero su mirada insistente consiguió que al final cediera.
La presencia de Víctor junto a las suspicacias de sus compañeras la pusieron muy nerviosa y avanzó rápidamente hacia el coche, pues sentía las miradas de sus compañeros en su espalda como si fueran alfileres.
Víctor iba delante y no hablaron hasta que llegaron al coche; él dejó la mochila en el asiento trasero mientras ella subía. No tardó en montarse también, y arrancó enseguida sin mediar palabra.
—¿Te puedo invitar a comer? —preguntó Víctor.
Rebeca lo pensó durante un momento.
—Claro, aunque tengo que avisar —dijo buscando el móvil, pero se detuvo—. Luego lo hago. —Víctor la miró sin comprender—. Diré que he perdido el autobús y que me quedaré en casa de Lucía, así mi padre no se pondrá histérico.
Víctor asintió y tomó un desvío para ir al centro.