CAPÍTULO 4 #2
Tardaron poco tiempo en descender hasta la carretera, dieron un breve paseo por el puerto y llegaron al centro de la ciudad, donde se encontraban las tiendas y otros museos.
—Mira, por esa calle, en uno de esos edificios —señaló un callejón estrecho paralelo a donde se encontraban las tiendas—, está la casa de mis padres.
—Vaya, sí que está bien situada—se sorprendió—. Sí, señor.
—Te invitaría a tomar algo caliente, aunque me temo que la casa aún no está para visitas.
—¿Aún no has deshecho las maletas? —bromeó—. No te preocupes, podemos seguir paseando, aquí ya hace menos viento.
—No es eso. —Puso los ojos en blanco—. Lo que pasa es que la casa ha estado mucho tiempo cerrada y tengo que limpiarla a fondo.
—Tienes razón —asintió—. Imagino que olerá a cerrado y humedad... Bueno, si te interesa, conozco a una pareja que trabaja en una empresa de limpieza, puedo darte su número y te pones en contacto, ya verás cómo te la dejan perfecta en un día.
—Pero no sabría cómo ponerme en contacto con ellos. Aún no he podido ni siquiera comprar un móvil. Al fin y al cabo, solo estaré hasta el sábado.
—¿Tu móvil no te sirve aquí? —preguntó Rebeca, recordando que no sabía de dónde venía Víctor—. Por cierto, ¿de dónde eres?
—No me traje el móvil, no pensé que lo usaría. —Ella lo miró sorprendida.
—¿No pensaste que usarías el móvil? —repitió—. Yo sin él no salgo de casa. ¡Qué raro eres! —Soltó una carcajada.
—Bueno, si hubiese sabido que te conocería, me lo habría traído para estar en contacto contigo.
—Es que me es difícil creerte, ¿cómo saben tus padres que estás bien si no los llamas? No sé, es más cómodo que hacerlo desde cabinas.
—Tienes razón, la verdad es que no lo pensé bien.
—Puedes comprarte uno de «señor mayor» mientras estés aquí. —Víctor entrecerró los ojos sin comprender a qué se refería—. De esos con botones. Es broma, me refiero a los móviles que no son muy caros y que solo te sirven para llamar y poco más.
—Supongo que con eso me vale, para el tiempo que voy a estar.
Mientras hablaban, avanzaban entre las tiendas, algunas abiertas y otras cerradas, que se disponían a ambos lados de la calle.
Rebeca pensaba que Víctor no era un chico como los demás.
Sabía por propia experiencia que un joven de su edad no saldría de su casa sin móvil ni aunque la vida le fuese en ello; parecía más maduro y desde luego lo era, ya que para conseguir que sus padres lo dejasen viajar solo y, sobre todo, sin llevarse un medio de comunicación, debían de tener mucha confianza en él.
Los dos sonrieron cuando sus miradas se encontraron, y Víctor sintió un repentino calor en la cara que lo sorprendió.
Rara vez se había ruborizado, no era lo normal; sin embargo, con Rebeca nada parecía ser como él conocía.
Lo ponía nervioso y a la vez lo tranquilizaba, y eso era algo que no sabía cómo manejar.
—¿Dónde se puede comprar uno de esos móviles de «señor mayor»? —Rebeca rio al escucharlo.
—Me encantas.
Víctor no entendía qué había dicho para divertirla, pero enseguida se unió a sus risas, maravillado por su espontaneidad.
En el momento en que Rebeca vio formarse los hoyuelos en sus mejillas, suspiró y lo miró fascinada.
Tras unos segundos, apartaron la mirada rápidamente.
—Tengo un amigo en mi pueblo que tiene un locutorio y vende móviles, a ti te vendría muy bien porque son de una compañía barata para llamar al extranjero. —Se mordió el labio—. Si quieres, le pido uno para ti.
—¡Eso sería genial! —respondió enseguida—. Bueno, siempre que no sea una molestia.
—Ninguna, aunque hoy sea domingo estoy segura de que podré conseguirte un teléfono. —Sacó su móvil—. Dame un momento que le envíe un wasap.
Siguieron caminando en silencio mientras ella escribía un mensaje tras otro. De repente, se detuvo en seco y se giró hacia Víctor.
—¿Qué ocurre? —preguntó él alarmado.
—A ver, lo que pasa es que es tarde y tengo que volver a casa a comer.
—Lo entiendo, pero parecías preocupada.
—No, es solo que apenas nos conocemos y ya te tengo que dejar plantado, me da un poco de vergüenza.
—Tranquila, no te preocupes; lo entiendo.
—Gracias. —Sonrió—. Con respecto a tu móvil de señor mayor, me lo puede dar después de comer. —Rebeca se sonrojó—.Así que, si te parece bien, te lo doy... esta tarde.
Pronunció las últimas palabras casi en un susurro, ya que le pareció una excusa para quedar nuevamente; aunque realmente quería volver a verlo, no le apetecía que sonase como una cita.
No paraba de darle vueltas a la cabeza imaginando lo que podría pensar de ella, pero no le importaba demasiado, puesto que era para hacerle un favor y, por tanto, no tenía por qué estar nerviosa.
—Me parece una idea genial, así tendré una excusa para pasear contigo una vez más y salir de mi casa con olor a humedad.
Rebeca lo miró encantada por sus palabras, que le sonaron tal vez demasiado sinceras; algo que, en su corta experiencia con los chicos, nunca le había pasado.
Los hoyuelos de Víctor habían desaparecido y parecía estar nervioso, de modo que se preguntó cuál sería su expresión para que él la mirase así.
Por su parte, Víctor no sabía si había dicho algo malo, pues Rebeca lo miraba como si dudara de sus palabras.
Quería que fuese un halago para ella, ya que deseaba pasar más tiempo a su lado, pero a su vez había terminado la frase con un comentario sobre su casa para hacerla reír y, sin embargo, la reacción que había conseguido no se parecía a la que tenía en mente, así que no se le ocurría nada con lo que arreglarlo.
Se detuvieron en un cruce.
—Yo me desvío por aquí —dijo Rebeca—. ¿A las cinco y media donde nos conocimos te parece bien?
—Perfecto. —Miró al cielo—. Va a llover, trae un paraguas. —Rebeca lo imitó.
—Hoy no había previsión de lluvias. Hasta luego.
Lo tomó del brazo y se esforzó en alcanzarlo, pero era más alto que ella y sabía que no llegaría ni aunque se pusiera de puntillas.
—Son dos besos de despedida también —le recordó, con las mejillas enrojecidas.
—Perdona, no me acordaba. —Se inclinó hacia ella y se despidieron.
Ya eran las cinco y Rebeca esperaba el autobús, la tarde se había oscurecido y nubes negras se habían instalado sobre la ciudad. «Tenía razón con lo de que iba a llover, debería haber traído paraguas —pensó mientras pagaba el billete—. Bueno, con suerte, llueve por la noche».
No tardó en llegar y fue rápidamente a la cafetería. Esta vez, Víctor aún no estaba ahí, de modo que se dirigió a una de las mesas junto a la ventana y se quitó la chaqueta que llevaba; antes de que terminase de colgarla en el respaldo, escuchó a Víctor.
—Hola, siento llegar tarde. —Se acercó a saludarla.
—No te preocupes, yo acabo de llegar, el autobús pasó un poco antes. Toma. —Le tendió el móvil.
—Gracias. —Abrió la bolsa y encontró el móvil junto con la factura.
—Te lo he encendido y puesto a cargar para que lo puedas usar enseguida. —Sonrió—. Aunque, ahora que lo pienso, no sé si debería haberlo hecho.
—Te lo agradezco mucho, así puedo llamar a la pareja que me comentaste.
—Claro. ¿Qué tal llevas la tarde?
—Bien, he limpiado un poco más, aunque el olor…
Víctor se refería más al de los productos de limpieza que al de la casa, pero eso ella no lo sabía y no tenía por qué hacerlo, seguramente lo encontraría ridículo.
Estuvieron hablando y riendo durante cerca de una hora, hasta que decidieron pasear para conocer un poco más de la ciudad.
Pasaron por parques a los que ella iba cuando era más pequeña o con sus amigas del instituto; el lugar donde había rechazado su primera petición a salir, le contó anécdotas de caídas y cosas graciosas que le habían ocurrido.
Víctor la escuchaba con atención y también le contaba historias de cuando era pequeño y hacía rabiar a su madre, o de la vez que sus hermanos y él unieron fuerzas para conseguir robar galletas de la cocina y que su ella les había prohibido, ya que eran para los invitados que estaban al llegar.
Lo estaban pasando bien, hasta que un relámpago, seguido muy de cerca por un trueno, iluminó el cielo. Ella se asustó un poco por la sorpresa, pero luego se rio.
—Deberíamos buscar un lugar donde guarecernos, está a punto de empezar a llover. —Rebeca asintió.
Entraron rápidamente en un bar que tenían cerca, se sentaron y pocos minutos después, tras varios relámpagos, empezó a llover muy fuerte.
—Hace falta que llueva —dijo Rebeca un poco triste—. Bueno, otra vez será.
—¿Qué te pasa? —preguntó alarmado al verla decaída.
—No te rías, ¿vale? —Asintió—. Me encanta la lluvia y me da mucha rabia no haberte hecho caso porque me habría puesto mis botas de agua —suspiró—. Es tan raro que llueva aquí que me molesta perderme el poder usarlas.
—No te preocupes, seguro que volverá a llover pronto. —Rebeca se encogió de hombros—. Verás como sí.
—Sí aún sigues por aquí, avísame y ten por seguro que me pondré las botas.
—No dejaré que te pierdas ni un día de lluvia si de mí depende.
—Gracias. —Sonrió—. Ahora a esperar a que pare un poco. Menos mal que la chaqueta es impermeable.
—Si tuviera coche te llevaría, pero he tenido un problema con el permiso de conducir y no me dan el de alquiler hasta mañana —se disculpó.
—No te preocupes, aunque gracias. De todas formas, nos habríamos mojado porque lo habrías aparcado donde quedamos.
—Cierto —aceptó.
—Mira, ¿ves ese edificio de ahí? —Él se giró en la dirección que señalaba—. Es mi instituto, este es mi último año.
—Enhorabuena, y ¿ya sabes a qué universidad te gustaría ir?
—¿La verdad? No. Supongo que a alguna que me pueda permitir si no me dan beca, pero sobre todo que tenga un buen programa relacionado con ciencias de la salud. Me gusta ayudar a la gente.
Siguieron hablando animadamente mientras esperaban a que parase la lluvia; poco a poco, fueron tomando confianza y no dejaban de bromear y reír, contar anécdotas y cosas que les gustaría hacer cuando fueran mayores e independientes de sus padres.