CAPÍTULO 4
Víctor había madrugado y se encontraba camino al bar en que se habían visto por primera vez, contento por poder pasar unos días fuera de Baltrium.
Tras dejar a Rebeca en un taxi de vuelta a su casa, había decidido que era un buen momento para volver y avisar a sus padres de dónde se encontraba; apenas había tardado un par de horas antes de regresar a Cartagena a descansar.
Se sentó en una de las mesas que había dentro, ya que, a pesar del buen día, también hacía bastante viento. Ella llegó enseguida.
—Buena elección —dijo mientras se acercaba.
Rebeca llegó hasta él antes de que terminara de ponerse en pie y se inclinó para darle un par de besos. Se quedó totalmente quieto y, sin poder evitarlo, volvió a caer en la silla.
Víctor no sabía qué hacer, cómo responder a sus actos ni mucho menos qué decir; la miró intentando aclarar sus ideas.
El contacto de su mano en el brazo le provocó un extraño calor repentino en el cuerpo, pero fueron sus besos a ambos lados de la cara lo que terminó por desarmarlo.
Rebeca le gustaba y mucho. El día anterior enseguida había captado su atención, era una chica divertida y alegre. Mientras bailaban, no paraba de recorrer su esbelta figura, hipnotizado por sus movimientos.
Oler su perfume y estar tan cerca de su cuello hizo que la deseara con fuerza, pero se contuvo. Recordó que la noche anterior había tomado entre sus dedos un mechón de su pelo y no pudo evitar sonreír.
Alejó esos pensamientos cuando se dio cuenta de que ella estaba diciendo algo.
—¿Estás bien? ¿He hecho algo malo? —Parecía preocupada—. Perdona si te he molestado, aquí es normal saludarse así; bueno, entre amigos, familia y gente que conoces. —Se mordió el labio—. De verdad que no era mi intención incomodarte… yo… ha sido la costumbre…
Lo miró nerviosa, esperando una respuesta.
—No, no te preocupes —le quitó importancia—. Me ha sorprendido, eso es todo. ¿Puedo ser sincero? —Ella asintió con la cara roja—. Me ha gustado mucho el saludo —respondió un poco nervioso.
Rebeca se relajó tras su respuesta, pues pensaba que había sido maleducada.
Lo observó detenidamente, pensando en su actitud cuando se alejó de él al saludarlo. Él parecía haber disfrutado por su cercanía, lo que la halagó.
Víctor era atractivo, con él se sentía bien y se encontraba cómoda, a pesar de que apenas se conocían. Era divertido y agradable y la hacía reír, algo que ella buscaba en un chico; además, tenía esos tiernos hoyuelos cuando sonreía que le encantaban.
Rebeca se había fijado desde el primer momento en que tenía un cuerpo muy bien definido e incluso había soñado esa noche con poder acariciarlo, aunque se reprendió a sí misma porque casi no sabía nada de él.
—Me alegra no haber sido descortés.
La camarera les tomó nota y pronto tuvieron el desayuno en la mesa.
—Mira, en casa tenía un mapa —empezó Rebeca, y lo desplegó sobre un lado de la mesa—. Nosotros estamos aquí. —Hizo un círculo rojo marcando el lugar—. Hoy podemos ir a estos sitios, que sé que abren los domingos. —Los marcó con cruces—. O a estos, que nunca cierran.
—¿Empezamos por este que está más cerca? —preguntó Víctor dudando.
—¡Genial! Hay que caminar un poco.
Terminaron de desayunar entre anécdotas, bromas y con Rebeca contándole un poco de historia de la ciudad.
—Si te soy sincera, solo te he hablado sobre lo que estoy segura. —Se encogió de hombros—. Porque lo cierto es que no se me da muy bien la historia.
Hablaban de todo, de sus gustos, de cuando eran pequeños; se lo estaban pasando muy bien mientras caminaban en dirección al Castillo de la Concepción, que, según Rebeca, tenía unas vistas geniales.
al llegar a la entrada estaba agotada, pues el lugar se encontraba en la cima de una colina no muy alta.
—Lo sé —dijo ella sonriendo mientras recuperaba el aliento—. No estoy en forma. Vamos.
Entraron y vieron árboles enormes y diferentes caminos por los que avanzar.
—A partir de aquí, tú eliges el camino. —Sonrió e hizo ademán para que él pasase primero.
—Está bien, pero si nos perdemos será culpa tuya.
—De acuerdo —aceptó—. ¿Y por dónde vives? A lo mejor desde aquí podemos ver tu casa. Bueno, cuando estemos más arriba.
Al saber que aún tendrían que subir más, a Víctor se le ocurrió tomarla de la mano para ayudarla, se la tendió y ella aceptó enseguida.
Pasearon de la mano hasta que llegaron a uno de los bordes desde el que se veía el puerto, la plaza de toros y la universidad, que Rebeca le explicó que antes era un hospital.
Siguieron paseando por un sendero flanqueado por árboles, cerca de un pequeño estanque donde vieron unos cuantos patos y, más adelante, Rebeca señaló a dos pavos reales que caminaban entre los arbustos cuando uno de ellos cruzó por delante.
—¿Cómo se llaman? —preguntó Víctor siguiendo con la mirada al animal.
—Pavos reales. ¿No los conocías? —Él negó.
—Donde yo vivo no existen aves como estas. —Lo miraba fascinado—. Aunque a alguno parece que se le están cayendo las plumas de la cola.
—¡Qué va! —rio—, es que es su época de apareamiento y los machos luchan.
—Entiendo, pero pensaba que… ¿Entonces los machos son los de plumas de colores? —Asintió—. ¿Y cuáles son las hembras?
Víctor buscó a su alrededor, encontrándose solo con dos patos y un pavo. Rebeca, por su parte, paseó la mirada por los arbustos cercanos y fuera del camino y vio una hembra gris que caminaba tranquilamente hacia una fuente de agua. La señaló.
—Aquella. Las pavas son más pequeñas y sus plumajes son menos llamativos.
Son los machos los que tienen que luchar por ellas, por eso hay algunos con pocas o casi ninguna pluma en la cola.
—Él frunció el ceño intentando comprender—.
El reclamo para las hembras es la vistosidad y majestuosidad de la cola; por eso, en una pelea, lo normal es que intenten arrancar los penachos traseros a su oponente para que así sean menos atractivos y tengan menos posibilidades de aparearse.
—Más plumas significa más fuerza y más hembras, ¿no?
—Exacto. Además, creo que hacen como un baile o algo así para cortejarlas.
—Por eso fuimos ayer a una discoteca —bromeó—, eso ya lo he adelantado.
—Bueno, yo preferiría que no te pelees con nadie… —Estuvo a punto de añadir «por mí», pero dejó la frase en el aire.
Rieron y continuaron el camino, aunque Víctor seguía buscando con la mirada a más pavos reales machos y no dijo nada.
Finalmente, llegaron a una explanada que tenía un par de cañones que ya no se utilizaban y vistas al puerto, al teatro romano y al centro de la ciudad. Se sentaron en el borde para ver el mar.
—¿A qué te dedicas? —preguntó Rebeca mirando las nubes.
—Me preparo para llevar el negocio familiar. ¿Y tú?
—Estoy terminando el instituto, quiero ir a la universidad. —Víctor la miró expectante—. Me gustaría estudiar medicina, enfermería… no sé, algo para ayudar a las personas.
—Me gustan esas aspiraciones, cuando yo me haga cargo del negocio familiar tendré que tomar decisiones que afectan a muchas personas.
—Suena importante. ¿Eres el mayor de tus hermanos?
—Al contrario, soy el menor. —Ella lo miró sin comprender—. Mis hermanos son mellizos y, para evitar conflictos, el negocio pasa al siguiente descendiente.
—Es extraño pero comprensible, supongo; sino, siempre habría rencores.
—Exactamente. ¿Tú tienes hermanos?
—Dos. El mayor, Félix, estudia Ingeniería Industrial y Jade, la pequeña, aún está en el colegio. —Rio y Víctor la miró con curiosidad—. Estaba pensando en que de ninguna de las maneras me habría tocado llevar el negocio familiar. —Volvió a sonreír—. ¿Cómo se llaman tus hermanos?
—Vincent y Verónica. Él es ingeniero en energía renovable y ella abogada.
—Pues me cae genial tu hermano, aunque no lo conozca. Hay mucha contaminación y los gobiernos no hacen nada para reducirla —suspiró—. Es muy triste.
—Eso dicen.
—¡¿No crees que haya calentamiento global?
! —se molestó Rebeca, y se alejó un poco de él—.
Pues es muy real. Las estaciones llegan distintas, el verano es un infierno y el invierno parece otoño, apenas llueve, amplias zonas están casi desérticas, los polos se descongelan rápidamente y muchos animales, como los osos polares, lobos marinos, focas, pingüinos…
se encuentran en peligro. La gente ya no cuida ni le importa lo que le pase a este planeta.
—Lo miró enfadada—. Es increíble que, siendo tu hermano ingeniero en energías renovables, pienses así —bufó y miró las nubes lejanas.
A Víctor lo sorprendió su reacción, se había molestado porque creía que a él no le importaba el medio ambiente. Su madre ya le había contado todo lo que Rebeca había enumerado y se sorprendió por la forma de pensar de la muchacha tan afín a la suya.
—¡No me malinterpretes! —Estiró el brazo para hacer que lo mirase—. Es solo que me habían dicho que a las personas ya no les importaba.
—Pues hay muchas a las que sí, lo que pasa es que quienes tienen el poder de efectuar cambios no lo hacen —respondió con tristeza.
—Lo siento.
En ese momento el viento se agitó tan de repente que despeinó por completo a Rebeca, haciéndola estremecer. Ella se abrazó para atenuar el frío; acto seguido, sintió unos brazos fuertes que se cerraban en torno a ella y la atraían hacia la calidez del pecho de Víctor.
Se quedó ahí mientras pasaba la racha de viento.
Cuando lo hizo, se separó un poco de él y levantó la cabeza para agradecerle su protección, pero, al hacerlo, sus miradas se encontraron; un rápido calor la embargó por completo, estaban tan cerca que solo bastaba un movimiento para que sus labios se tocaran.
Víctor la miraba esperando una señal de que podía besarla, se moría por hacerlo, sin embargo, no quería que ella pensara mal de él. Por suerte, una nueva ráfaga de viento interrumpió el momento, provocando que se ocultase nuevamente en su pecho.
—Creo que va siendo hora de bajar —dijo mientras aún estaba entre sus brazos.
—Sí, vamos.