Baltrium (Saga Reinos 1) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Tras varios intentos por volver al reino, por fin lo habían conseguido.

Había resultado un trabajo arduo al no saber quién podría enterarse del plan por error, pero todo había salido bien; se habían ocultado en los productos que se importaban desde Taera a Baltrium y después en una pequeña cabaña que estaba cerca de las cascadas, aunque sabían que pronto tendrían que abandonarla, pues no era seguro.

Lo comprobaron al tercer día, cuando unos excursionistas los vieron y dieron el aviso.

Padre e hijo se escondieron en una de las cuevas cercanas a los puentes por si tenían que escapar con rapidez; la caverna tenía una entrada pequeña, pero, cuando se penetraba en la tierra unos metros, el espacio se abría de forma excelente, para considerarse, dentro de lo que cabía, habitable.

Además, estaba oculta y era difícil de encontrar, lo que la convertía en un lugar inmejorable para pasar desapercibidos.

—Tenemos que hacer algo, si nos quedamos aquí nos encontrarán.

—Paciencia, hijo, esperaremos a tener noticias.

—Pero ¿y si los descubren?

—Adrián no desconfiaría de alguien de su propia casa. Y ella sabe cómo actuar.

—Espero que tengas razón.

Tres días después de aquella conversación, escucharon un ruido que provenía de la entrada de la cueva; ambos se transformaron en ratas y se ocultaron detrás de unas piedras que habían colocado estratégicamente por si alguien conseguía acceder.

Todo se quedó en silencio unos segundos.

—Soy yo, traigo nuevas.

Ambos salieron de su escondite y se vistieron con rapidez.

—¿Cómo está ella? —preguntó Ángel, sin siquiera saludar al recién llegado.

—Hace lo que le apetece y ya no me deja cuidarla. —Los ojos de su interlocutor se entrecerraron amenazantes y, levantando las manos en señal conciliadora, continuó—: Lo que no significa que no lo haga, siempre estoy pendiente de lo que pueda necesitar.

—Por tu bien, espero que así sea.

Kyle se alegraba de que ella estuviera bien, pero en ese momento tenía otras prioridades.

—¿Qué querías? —preguntó.

—Uno de los príncipes, el menor, se ha ido de viaje. —Kyle lo miró con una ceja arqueada—. Es extraño, puesto que, hasta donde llega mi información, no tenía ninguna salida programada y además fue una decisión de última hora. Ahora mismo sus padres siguen esperando noticias.

—¿Cuándo se ha ido?

—Esta misma mañana. —Kyle miró a su padre y sonrió de forma siniestra—. Si lo encontráis, podréis usarlo para conseguir lo que queréis.

—No te quepa la menor duda.

—En cuanto sepa algo más, vendré. He traído comida y otros útiles, están en la entrada, ocultos donde siempre, recogedlos y que nadie se entere.

—De acuerdo. —Fue la respuesta de Ángel.

—Por cierto, Krista os manda saludos.

Se dirigió a la salida y, tras convertirse en un perro pequeño, desapareció. Cuando lo hizo, el rostro de Ángel se suavizó a causa de las últimas palabras.

La echaba muchísimo de menos.

Era casi de madrugada cuando Kyle salió a pasear, oculto entre la maleza por si algún centinela lo reconocía, pero los esquivó y no tuvo problemas en continuar su camino; entonces vio que alguien deambulaba cerca, de modo que se quedó muy quieto esperando que no notase su presencia.

Quienquiera que fuese, se dirigía directamente a los puentes, pero sabía que si salía de su escondite lo descubrirían; agudizó la vista y, cuando esa persona miró hacia atrás para comprobar que nadie lo seguía, Kyle se dio cuenta de que se trataba del joven príncipe.

Al no poder comprobar qué puente cruzaba, optó por volver a la cueva y planear una forma de encontrarlo.