Baltrium (Saga Reinos 1) CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

Caminaron hasta la discoteca y se acomodaron en el exterior mientras escuchaban la música atenuada del local.

El lugar era grande y tenía dos zonas: una interior, que tenía la pista de baile y que estaba revestida de aislante sonoro, y la parte externa, una terraza con mesas y butacas para sentarse y hablar con tranquilidad, pues la música era más suave y solo aumentaba el ruido cuando alguien entraba o salía del edificio.

—Voy a por bebidas. ¿Qué te apetece? —preguntó Víctor.

—Te acompaño. —Se puso en pie—. Me gusta saber la procedencia de lo que bebo; y, la verdad, nos acabamos de conocer, así que no sé aún si puedo fiarme de ti. Lo siento.

Esa respuesta lo sorprendió. Él no iba a hacerle ningún daño, pero, como ella había dicho, ni siquiera conocían sus nombres.

—Perdona mis modales —dijo él mientras se dirigían a la barra a pedir las bebidas—, me llamo Víctor.

—Rebeca, encantada. —Pidieron sus bebidas.

—Si no es indiscreción, ¿puedo preguntar por qué estás sola? —Ella soltó un hondo suspiro.

—Mi padre me trata como si fuera una niña, me ha obligado a volver a casa y he tenido que dejar a mis amigos. —Bebió de su copa—. Al llegar nos hemos peleado, así que me he escapado.

—Vaya. Los padres suelen ser muy protectores con sus hijas. —Ella puso los ojos en blanco—. Si quieres, podemos celebrar tu cumpleaños juntos.

—Técnicamente, dejó de serlo hace una hora —bromeó sonriendo con timidez.

Brindaron un par de veces antes de entrar a la pista de baile. Hacía bastante calor, por lo que ambos se quitaron las chaquetas y buscaron un lugar para dejarlas.

Salvo la chaqueta negra, el atuendo que llevaba, incluido bolso y complementos, eran los regalos de esa misma tarde.

Se había puesto la camisa roja que se ceñía a su cuerpo con unos pantalones vaqueros negros desgastados y tacones altos, del mismo color, que realzaban su figura.

La ropa le sentaba de maravilla, cosa que a Víctor no le pasó desapercibido.

Dejaron las cosas en una mesa cerca de la barra y Víctor se alejó un momento; Rebeca se fijó en que, al igual que ella, su ropa no era la de esa tarde, esta vez llevaba una cazadora negra, una camisa azul eléctrico y unos vaqueros oscuros.

Se sorprendió a sí misma comiéndoselo con los ojos mientras él avanzaba con paso decidido entre la gente que bailaba en la pista. Y se percató de que no era la única que se giraba al verlo pasar.

Víctor se acercó al DJ durante un momento y este asintió. Volvió sobre sus pasos hacia donde se encontraba Rebeca, sus miradas se cruzaron y él sonrió con satisfacción.

—¿A qué ha venido eso? —preguntó ella.

—Ya lo verás —contestó mirando el reloj.

Tras un par de canciones, empezó a sonar la melodía de cumpleaños y Rebeca miró a Víctor con los ojos desorbitados.

No sabía qué decir, y se ruborizó sin poder creer lo que ocurría, hasta que uno de los focos la iluminó, atrayendo las miradas de todos los que se encontraban a su alrededor, que cantaban el Cumpleaños feliz al igual que Víctor.

Se cubrió los ojos con la mano, avergonzada, aunque luego recordó que había ido a divertirse, de modo que empezó a saludar y agradecer las felicitaciones de los desconocidos que tenía más cerca. Todos aplaudieron cuando terminó la canción y ella, levantando su copa, emuló un brindis.

—Gracias —le dijo, aunque no pensaba que la hubiera escuchado, puesto que la música volvía a sonar.

—No hay por qué darlas —respondió él acercándose a su oído.

Rebeca se tensó por su cercanía y la recorrió un escalofrío que estaba segura de que él notó.

Siempre le pasaba igual, sentía cosquillas cuando alguien le rozaba el cuello, pero supuso que se había acercado tanto para asegurarse de que ella lo escuchase.

Cuando se separaron, Rebeca apartó la mirada, colocó bien su chaqueta en la mesa y dio un sorbo a su bebida.

Lo observó durante unos segundos, intentando comprender por qué Víctor estaba celebrando su cumpleaños y se lo veía cómodo en su compañía.

«Tal vez no tenga con quién salir», pensó, «dijo que acababa de llegar y ambos estábamos solos».

Víctor era un chico muy guapo.

Sus miradas se encontraron justo cuando ella gritó para hacerse oír por encima de la música.

—Ya sabes por qué he venido sola, pero ¿y tú?

Víctor había sentido su estremecimiento en el momento en que se había acercado y tuvo que recurrir a su férreo autocontrol para no pegarse más a su cuello y aspirar su perfume.

Le fascinaba cómo era Rebeca, divertida, y disfrutó cuando lo miró con los ojos entrecerrados mientras hablaba con el DJ.

Era una chica muy atractiva, tenía una sonrisa deslumbrante y una mirada alegre.

No la conocía, pero se daba cuenta de que era inteligente y extrovertida.

Lo que más le gustó fue sentirse él mismo a su lado, no le hacía falta guardar las apariencias y sabía que si ella estaba con él en ese momento no se debía a que era el príncipe heredero de su reino, sino porque de verdad quería compartir su tiempo con él.

No le pasó desapercibida la intensa mirada con la que lo observaba y el casi imperceptible ceño fruncido, como si estuviera intentando resolver un problema matemático.

—Estoy de viaje y no conozco a nadie aquí —dijo, recordando que tenía un tiempo límite para quedarse.

—Bueno, mientras no seas un psicópata, si quieres, puedo enseñarte Cartagena —se ofreció ella.

—Gracias —sonrió—, la verdad es que conocerte es lo mejor que me ha pasado desde que llegué.

Rebeca se sonrojó y puso los ojos en blanco, restándole importancia.

—¿Y cuánto tiempo llevas aquí?

—Solo hoy. Esta es mi primera noche.

—Entonces es normal que pienses que soy buena compañía —bromeó.

Un par de borrachos empezaron a pelearse mientras quienes los rodeaban intentaba decirles que pararan, pero la discusión continuó y uno de ellos, tras un puñetazo, empujó a algunas personas, enviándolas en dirección a Víctor y Rebeca.

Él, al ver a la gente acercarse, se interpuso entre la multitud y Rebeca, atrapándola entre la pared y su cuerpo, para aguanta rasí el impacto sin que ella sufriera daño alguno.

—¿Estás bien? —preguntaron al unísono—. Sí, ¿y tú? —respondieron nuevamente.

—Gracias —añadió Rebeca colocando las manos en su pecho para poner distancia entre ellos.

—Un placer.

Tras unos minutos de alboroto, cuando la pista estuvo en calma, la música sonó nuevamente, animando a los chicos a moverse al ritmo.

Ambos empezaron a bailar mientras se reían de los movimientos inventados del otro; se lo estaban pasando genial, pero Rebeca se hallaba cansada, de modo que propuso regresar a la terraza para descansar un poco.

—Ahora mismo te tengo envidia. —Víctor la miró sin comprender—. Llevo tacones. —Los señaló—. Me están matando.

—Sí, aunque yo no creo que aguantase ni cinco minutos con ellos. Me caería en cuanto me pusiese en pie.

—Seguramente. —Ambos volvieron a reír—. Bueno, ahora que hay menos ruido, dime, ¿por qué viajas solo?

—Mi familia tiene una casa aquí y hace años que no venimos; yo echaba de menos este mundo, por lo que les pedí que me dejaran volver.

—¿Este mundo? —se burló—. ¿Qué eres, un extraterrestre?

—No soy E.T. —bromeó—. No, soy humano, aunque posiblemente no como tú.

Se dio cuenta de cuando el semblante de ella cambió, lo que le hizo ponerse rígido; se sentía tan cómodo que no se había detenido a pensar en la respuesta.

La observó durante unos segundos, en los que Rebeca lo miraba sin comprender, pero, de repente, rompió a reír divertida y dio otro sorbo a su bebida.

—Eso es genial —respondió pensando que le estaba tomando el pelo—. ¿Y qué te hace distinto?

Al ver que ella pensaba que estaba bromeando, Víctor continuó:

—Me transformo en distintos animales.

—Eso está muy bien, creo que puede llegar a ser muy útil. —Dirigió una mirada pensativa hacia una de las columnas—. A mí me gustaría ser un gato, me encantan.

—¿Un gato? ¿Qué tiene un gato que no tenga… no sé, un perro? —Se quedó pensando un segundo.

—Son independientes, preciosos, ronronean, son adorables, divertidos…

En ese momento, un grupo de chicos salieron del interior, despidiéndose unos de otros y llamando a taxis para volver a su casa. Al escucharlos, Rebeca comprobó su reloj y vio que era muy tarde.

—Yo también tengo que irme —dijo nerviosa—. Lo siento, pero he de volver a casa para no meterme en un lío.

—No te preocupes, te acompaño.

—Es que vivo en un pueblo un poco apartado, tengo que llamar a un taxi.

—Está bien. —Se encogió de hombros.

Parecía triste por tener que volver a casa y Rebeca se sintió un poco culpable, ya que también quería seguir charlando con él. Entonces se le ocurrió una idea.

—Si quieres, podemos quedar mañana para desayunar y luego hacer un poco de turismo.

—Claro, cuando quieras —respondió con más emoción de la que debería.

—¿A las once en el bar donde nos conocimos? —Víctor asintió y se despidieron.