CAPÍTULO 2
Por fin era sábado y había llegado el día; tras una semana planeándolo, Rebeca y sus amigos habían quedado para celebrar su decimoctavo cumpleaños. Estaban emocionados con la perspectiva de encontrarse otra vez, ya que dos de ellos se habían mudado hacía poco y apenas se veían.
Rebeca había pedido el día libre en la tienda de su pueblo donde trabajaba. Se lo habían dado sin problemas debido a que uno de los amigos que irían a celebrar su cumpleaños era el hijo del dueño; un chico corpulento con ojos marrones y pelo castaño que, según su mejor amiga, estaba loco por ella.
Rebeca esperaba que Lucía no tuviese razón porque en ocasiones había visto una faceta de Toni que no le agradaba demasiado.
Rebeca dedicó la mayor parte de la mañana a ordenar su habitación y, tras la comida, empezó a arreglarse.
Era una chica atractiva, alegre y bastante extrovertida. Tenía el pelo negro y los ojos marrones; baja en comparación con sus amigas y, aun así, nunca pasaba desapercibida; en palabras de sus amigos y hermanos, le encantaba llamar la atención, aunque lo hiciese sin querer.
Cuando llegó la hora de salir, solo pudo despedirse de sus hermanos porque su padre estaba durmiendo la siesta.
Tras quince minutos de trayecto, se encontró con sus amigos en la estación de autobuses y no tardaron en felicitarla.
Primero lo hizo su mejor amiga, Lucía, luego Vanesa, seguida de Antonio, a quien todos llamaban Toni y era el hijo del jefe de Rebeca; terminó por abrazar efusivamente a Elías y a Paula, a quienes hacía tiempo que no había visto.
El grupo se detuvo en la terraza de un bar para tomar algo y ponerse al día.
—Yo invito a la primera ronda —anunció Rebeca una vez se sentaron todos.
Tomó nota de las bebidas, entró al bar y, en la barra, repitió todo lo que sus amigos habían pedido.
—¿No crees que es excesivo? —preguntó un chico colocándose a su lado.
—¿Disculpa? —Se giró para descubrir quién le hablaba.
El desconocido que estaba a su lado era alto y tenía el pelo corto y negro; se notaba en forma, aun a través del jersey que llevaba, y se sorprendió al descubrir sus ojos claros como la miel.
Sonrió a Rebeca, divertido debido a la expresión de desconcierto en su rostro, mostrándole un par de hoyuelos que le parecieron encantadores.
Rebeca le devolvió la sonrisa mientras miraba cómo la camarera preparaba sobre la mesa lo que ella le había pedido.
—No irás a beber todo eso tú sola, ¿no?
—¡Por supuesto que no! —rio—. Es mi cumpleaños, así que he invitado a la primera ronda a mis amigos.
—En ese caso, felicidades —respondió ampliando la sonrisa y marcando aún más sus hoyuelos—. Que lo paséis bien. —Pagó y salió del bar.
Fuera, Víctor vio a un grupo de chicos que bromeaban y hablaban sobre regalos y sobre cuál sería el mejor momento de dárselos; imaginó que se referían a la chica con la que había hablado.
Esta había llamado su atención desde el momento en que había entrado, pues cantaba alegre mientras esperaba a la camarera.
No era muy alta, aunque sí delgada y atractiva, con el pelo negro recogido en una coleta. Cuando bromeó con ella y vio sus ojos castaños como chocolate, pensó que eran preciosos, hasta que su sonrisa lo maravilló.
No obstante, tenía que marcharse.
Hacía décadas que no visitaba Cartagena y había cambiado bastante; aun así, no le costó ningún esfuerzo orientarse y encontrar la dirección de su casa.
Llevaba escasas horas en esa ciudad y ya se había asombrado de la cantidad de coches que utilizaban y la contaminación que esto generaba.
En Baltrium, a pesar de que sí se usaban vehículos a motor, no había ni mucho menos tantos como en ese lugar.
Paseó durante varias horas mirando tiendas y yendo a los lugares turísticos más cercanos a su casa y luego, tras comprar comida para los días que iba a pasar en Taera, volvió a su piso en uno de los edificios del centro, que era la zona antigua de la ciudad.
La casa, a pesar de que alguien se encargaba de mantenerla, necesitaba una limpieza para ser habitable durante una semana.
Víctor había elegido Cartagena porque le pareció una ciudad llena de historia y bastante interesante.
Cuando entró al que sería su domicilio, todos los muebles se ocultaban bajo sábanas que debían haber sido blancas, pero que, tras una capa de polvo acumulado, ahora eran grises.
Las habitaciones también tenían algunas telarañas, aunque al menos la ropa de cama de recambio se guardaba en el altillo sobre el armario, bien protegida.
El cuarto de baño estaba bastante sucio y fue lo primero que, dentro de sus posibilidades, adecentó, aunque necesitaría que alguien lo ayudara a limpiar.
Además, la casa entera tenía un olor extraño al haber estado cerrada y sin ventilar durante tanto tiempo.
Víctor tardó en limpiar lo mejor que pudo y luego salió a comer en un restaurante en la Plaza del Rey que estaba cerca, tras lo que decidió pasear hasta la Plaza Juan XXIII, donde se encontró con aquella chica y sus amigos.
No había vuelto a casa desde entonces y llevaba prácticamente toda la tarde fuera.
Al volver, como había dejado las ventanas abiertas, ya no olía tan cargado; aun así, cogió la fregona que había comprado y decidió pasarla por toda la casa; al hacerlo, se dio cuenta de que los productos que usaban allí eran más fuertes o concentrados que los que se utilizaban en Baltrium.
Molestaban bastante a sus sentidos, mucho más desarrollados.
Volvió a salir de casa mientras se disipaba el olor y aprovechó para comprar la cena.
Durante el camino de vuelta, escuchó a un grupo de jóvenes hablar de salir de fiesta esa noche, lo que le hizo recordar a la chica que había conocido esa tarde.
Pensando en ella llegó a casa, comenzó a preparar la cena y, mientras lo hacía, puso una película. Una vez terminó, lo recogió todo; al comprobar el reloj, se dio cuenta de que tan solo eran las doce y media y decidió salir a conocer cómo era la vida nocturna en ese lugar.
Mientras continuaban las constantes risas e historias, Lucía, una chica de cabello rizado y negro con los ojos del mismo color, observó a todos significativamente para que prestaran atención; entonces se sonrojó, pues era un poco tímida.
—Es la hora de los regalos —avisó y, junto con Vanesa, le entregaron el primero a Rebeca.
Dentro del primer envoltorio encontró un bolso rojo y negro que le había encantado cuando lo vio hacía unos meses; sonrió y lo levantó para que los demás lo vieran. Lo mismo hizo con los regalos que le siguieron, entre los que contaban camisetas, tops de deporte, vaqueros, colgantes y pulseras.
El último regalo era de parte de su mejor amiga y la hizo sonrojarse cuando lo enseñó, ya que se trataba de un sujetador rojo muy llamativo, con el que Toni bromeó con que debía probárselo.
Ella lo miró con una ceja levantada y negó con la cabeza; ni loca lo haría, y menos para que él lo viera, aunque lo que más nerviosa la puso fue el hecho de que él sí parecía bastante interesado.
Después de pasar la tarde entre risas, el grupo de amigos fue a un restaurante que habían reservado para la cena, y al terminar se dispusieron a ir al cine.
—¿Quién se encargó de sacar las entradas?
—Las tengo aquí mismo —respondió Lucía.
Mientras se dirigían al cine, el móvil de Rebeca sonó y, al descolgar, descubrió que era su padre.
—¿Diga?
—¿Dónde estás?
—Acabamos de terminar de cenar y ahora vamos al cine.
—No, de eso nada. Ya es tarde y tienes que estar en casa.
—Pero si aún es temprano… Ya lo habíamos hablado, quedamos en que hoy podría llegar tarde.
—Es muy tarde, así que o vuelves o voy a por ti.
Rebeca cortó la llamada de golpe, maldiciendo y quejándose en voz alta. Estaba tan enfadada y frustrada que las lágrimas brotaron de impotencia. Su móvil volvió a sonar.
—Se cortó —se excusó Rebeca al descolgar.
—¿Qué has decidido?
—Buscaré un taxi —aceptó con resignación.
—Eso está mejor.
Se giró a sus amigos y se disculpó por dejarlos plantados, prefería irse en ese momento a que su padre fuese a por ella y le hiciera pasar una mayor vergüenza.
Una vez en su casa, discutió con su padre otra vez por dejar salir a su hermano mayor por la noche y a ella no.
Se encerró en su habitación con un portazo y decidió que se iría cuando él se durmiera, aunque tuviera que pasear sola por Cartagena.
Mientras esperaba la hora de salir, se probó la ropa que le habían regalado y pensó que sería un buen momento para estrenarla.
Sonriendo, salió de su habitación y comprobó que su padre estaba dormido, de modo que volvió, llamó a un taxi, cogió su bolso y, sin hacer el menor ruido, se escabulló de casa.
Tras pagar al taxista, miró a uno y otro lado sin saber qué dirección tomar; luego pensó en ir a una discoteca que estaba cerca y donde a esa hora ya habría buen ambiente.
Iba distraída, sin apartar la mirada el móvil, cuando chocó con alguien y, al levantar la vista para disculparse, se dio cuenta de que era el mismo chico que había conocido en el bar esa tarde.
—Perdona, no tendría que haberme detenido de repente —dijo Víctor, girándose para ver quién lo había golpeado.
—No, ha sido culpa mía, estaba mirando el móvil.
—Tú eres la cumpleañera de esta tarde. —Miró a su alrededor—. ¿Y tus amigos?
—Supongo que en sus casas —respondió con tristeza, encogiéndose de hombros.
Él la miró con detenimiento.
—Hubo un cambio de planes —aclaró ella.
—Lo siento —respondió y, sin pensarlo, le apartó un mechón del rostro. Rebeca se alejó y lo miró tensa—. Perdóname, ha… ha sido sin querer —tartamudeó—, no sé por qué lo he hecho —se disculpó enseguida, un tanto nervioso.
—No te preocupes —aceptó, aunque puso un poco más de distancia entre ellos—. ¿Vas a algún lugar en particular?
—No, soy nuevo en la ciudad y no conozco qué sitio es mejor. ¿Me dejas invitarte a algo y así tengo un destino esta noche?
—Claro. Hay un sitio cerca que está bastante bien.