CAPÍTULO 1
El sol llevaba ya un par de horas filtrándose por las grandes cortinas del dormitorio y se escuchaba a los pájaros revolotear en los árboles cercanos a la ventana.
La mañana estaba siendo como cualquier otra para todos salvo para Víctor; se había levantado intranquilo, pensativo e inquieto porque nuevamente había tenido sueños en los que viajaba por Taera y conocía lugares que solo sabía que existían por algunos delegados que hablaban de sus viajes cuando acudían al palacio.
Se dirigió al baño, se lavó la cara y se la secó con una toalla mientras miraba por la ventana.
Víctor era un joven apuesto, de pelo negro y ojos color miel, piel tostada y una gran sonrisa. Le gustaba divertirse y estaba en forma, ya que solía salir de excursión con su amigo y ambos practicaban lucha cuerpo a cuerpo y con armas.
Casi siempre que viajaba fuera de Baltrium, lo hacía a los reinos vecinos que compartían con su gente la habilidad de transformarse en animales; pero, desde la noticia de que los exiliados habían vuelto de Taera, sentía el deseo de saber cómo era la vida tras esas fronteras.
A pesar de que casi no había visitado Taera, sabía que podría instalarse sin problemas, ya que su familia disponía de propiedades dispersas por todo ese reino.
Además de Baltrium, el reino de los bosques, los otros que tenían la capacidad de cambiar de forma eran Alena, el reino de las montañas, Faroe, el del agua, y Seica, el del desierto.
Se acercó al escritorio donde había estado estudiando los mapas y atlas de los que se había provisto a lo largo de su educación. Sostuvo uno en alto, contemplando la extensión de los cinco reinos y los puentes que los unían.
Esa mañana apenas había desayunado, de modo que bajó la escalera de piedra cubierta de moqueta, se escabulló por el corredor del personal que trabajaba en el castillo y entró en la cocina. Se preparó un sándwich y volvió a su habitación.
Por la tarde, Víctor y su padre, el rey Adrián, atendieron los problemas del reino en la amplia sala del trono, que contaba con una gran chimenea de piedra que trabajaba a destajo frente a la larga mesa de roble macizo que albergaba las diez sillas esculturales destinadas a los consejeros.
El rey era un hombre alto y fuerte de pelo negro, aunque poco a poco hacían acto de presencia algunas canas; su rostro era amable y tenía una mirada penetrante tras unos ojos castaños.
Ambos pusieron especial atención en la amenaza que suponía la vuelta de los desterrados de Taera.
Pocos conocían el motivo del destierro de los cuatro reinos animales y estaba prohibido hablar de ello.
Durante la cena, Víctor no podía pensar en otra cosa que no fuera visitar Taera, por lo que no dejaba de dar vueltas a su porción de ternero asado condimentado con patatas y cebollas tiernas.
Tras probar dos bocados de las exquisitas patatas asadas con romero, decidió compartir con su familia la idea de salir de Baltrium.
—Desde que Antón creyó haber visto a uno de los exiliados, he pensado que debemos conocer más sobre el lugar donde ellos han estado viviendo todo este tiempo, para saber qué han podido aprender —empezó sin más preámbulos.
Antón formaba parte de la guardia más leal a la casa real y era una de las pocas personas que conocían la verdad acerca del exilio.
Todos le prestaron atención y lo miraron sorprendidos; un viaje a Taera haría que dejase de lado sus responsabilidades con el reino, aunque fuera por un corto período de tiempo.
Otro de los motivos se debía a que poca gente en Taera se preocupaba por cuidar de la naturaleza; algo que, para ellos, era primordial.
—Hace muchos años, Taera se parecía más a nuestro mundo y la gente iba y venía compartiendo conocimientos, sus habitantes sabían de nosotros como nosotros sabemos de ellos, mas su ansia de poder y conquista nos alejó —explicó la reina Idaira con tranquilidad.
Era una mujer de mediana edad con el pelo castaño oscuro y los ojos casi negros, sonrisa tierna y carácter sereno, aunque le encantaba mantenerse ocupada y ayudar a todos—.
Cuando las supersticiones y el miedo a lo distinto comenzaron, tuvimos que ocultarnos.
Muchas vidas se perdieron en guerras entre Taera y los otros reinos.
Empezaron a temer nuestra habilidad y fueron quienes inventaron los glubbits.
Tras lo ocurrido, los únicos que permanecieron allí fueron los que habían formado familias, para lo que renunciaron a sus dones, suprimiendo lo que eran.
Además, dejaron de cuidar la naturaleza, solo se preocupan por ellos y, para conseguir lo que quieren, destruyen lo que los rodea sin importar el impacto que supone para el medio ambiente; ahora casi todo ese reino está contaminado.
—Son tristes las noticias que nos llegan desde allí, hablan de especies en peligro de extinción y de cambio climático —añadió el rey—. Aunque es cierto que es un lugar hermoso con muchos lugares interesantes y fascinantes que ver y conocer. Está lleno de historia.
—Todo eso lo sé, pero me gustaría pasar unos días allí y conocer de primera mano cómo es ese lugar y si hay transformaciones u otras cosas que hayan podido aprender. —Aunque sabía que solo era una excusa.
—¡Precisamente en estas circunstancias es el peor momento en el que puedes proponer tal cosa! —respondió su hermana Verónica exaltada—. Temiendo la amenaza de un nuevo ataque.
—Sabéis tan bien como yo que ellos desconocen que soy el heredero al trono; seguramente piensan que seréis uno de vosotros —recalcó Víctor mirando a Verónica y a Vincent.
—¿Qué pretendes? —protestó Vincent, apretando en la mano el refinado tenedor de plata y fulminando con la mirada a su hermano—. ¿Tomarte unas vacaciones porque sabes que no te van a atacar, o por lo menos no en primer lugar?
—No, no quise decir eso. Yo…
—¡Pues es lo que ha parecido!
—Verónica, deja que se explique —medió su madre.
Verónica y Vincent eran los hermanos mayores de Víctor.
Eran mellizos, aunque, Verónica había nacido minutos antes.
Ella tenía el cabello largo y negro y los ojos marrones oscuros sobre una tez pálida.
Vincent tenía el pelo castaño corto y alborotado, los ojos bastante oscuros como los de su madre y una mirada aguda y sincera.
La familia había dejado de cenar y atendían a la conversación, sobre todo el rey, que no perdía detalle.
—No digo que quiera irme durante mucho tiempo, a lo sumo unos días. —Los miró de uno en uno—. Pero de verdad me gustaría descubrir cómo es la vida allí.
—¿Eres consciente de lo que tu partida implicaría? —preguntó su padre.
—Sé que puede entrañar cierto peligro, pero he pensado que no es uno tan inminente ni tampoco a corto plazo.
Si ellos pretenden atacarnos, habiendo estado fuera tanto tiempo, seguramente tendrán que familiarizarse de nuevo con el reino, por lo que creo que tardarán en actuar, lo que me dará tiempo para volver e incluso buscar dónde se ocultan.
—Esperó unos segundos y continuó—: Por eso, como he dicho antes, me gustaría irme unos días, ahora que todo está aún en calma.
—Tenemos que meditarlo, hijo —dijo el rey seriamente—. Pero dudo que este sea un buen momento.
Al terminar la cena, los reyes los llamaron al estudio y, tras cerrar todas las puertas para que nadie los escuchara, les contaron a sus hijos quiénes eran los exiliados y los motivos por los que se encontraban en dicha situación.
Víctor subió a su habitación reflexionando en las palabras de sus padres y comprendió mejor los motivos por los que temían la presencia de los exiliados, familiares suyos que habían intentado usurpar el trono; sin embargo, Víctor seguía imaginando cómo sería ir a Taera y nervioso por su decisión, ya que finalmente le darían una respuesta a su petición al día siguiente.
Apenas pudo pegar ojo pensando en todo lo que podría aprender y conocer.
Repasó los cuadernos del viajero y algunas guías de cuando Vins estudió en Taera, en una ciudad llamada Ámsterdam.
Sabía que además de aquel puente había otros, y Víctor pretendía tomar uno distinto al de su hermano.
Leyó y releyó los mapas a la luz de su mesilla mientras por la ventana las estrellas relucían perezosamente.
Su último pensamiento antes de dormir fue visualizarse cruzando el puente que lo llevaría a ese reino que apenas conocía.
A la mañana siguiente, Víctor fue el primero en llegar al comedor para el desayuno, aunque no tardó demasiado en reunirse con él el resto de su familia.
—Está bien, Víctor, puedes ir a ese lugar, pero nadie debe saber dónde te encuentras salvo nosotros.
Y, como tú mismo has sugerido, solo dispondrás de una semana.
Cuando te hayas instalado deberás comunicarnos tu paradero.
—Las palabras del rey hicieron sonreír a Víctor, quien inclinó la cabeza en señal de afirmación y respeto.
—No podemos ir contigo a despedirte, de modo que… —empezó a decir Idaira.
—Le diré a Erik que me acompañe, si no os parece mal —la interrumpió Víctor emocionado. Erik era su mejor amigo de toda la vida y sabía que podía confiar en él, tanto como lo hacía en sus propios hermanos.
—Perfecto; en ese caso, ten mucho cuidado, hijo.
Esa misma mañana preparó un par de mochilas de excursionista para no levantar sospechas, ya que todo el mundo sabía que le gustaba ir de acampada con Erik. Cuando lo tuvo todo listo, lo llamó; le contó su plan y esperó su llegada al castillo.
Una vez juntos, le cedió una de las mochilas, pues quedaría extraño que Erik no llevase ninguna.
Atravesaron la ciudad y los bosques que la rodeaban, como solían hacer cuando salían a pasear por los vastos senderos.
Tras caminar varios minutos más, se encontraron con una amplia extensión de hierba y rocas en la que se apreciaban los estrechos senderos que se alejaban del bosque y avanzaban hasta los puentes.
Bajo ellos, un río corría por el borde de una gran pared de piedra.
Al otro lado de cada uno de los puentes, un dosel de enredaderas indicaba el lugar que debían atravesar para llegar a un destino lejos de los límites de Baltrium.
Una vez allí, los amigos se despidieron; pero, antes de que Víctor cruzase, escucharon la voz de una mujer que pedía socorro y a un niño llorar. Como Erik era médico, se alejó para ayudar a quien llamaba.