Capítulo 19 #2
Los muchachos asintieron, cargaron los tres módulos autónomos —con sus carcasas cerradas y las rejillas protectoras aseguradas con pasador— y los depositaron con cuidado en las marcas exactas antes de ocupar sus asientos entre doña Elena y otros dos miembros de la asociación vecinal.
Me acerqué con el comprobador de batería en el bolsillo, verifiqué que las carcasas estuvieran firmes a ras de suelo y encajé las baterías precintadas en sus alojamientos estancos.
Marina se colocó al frente del bloque central de sillas con el cuaderno abierto sobre el antebrazo.
—Pasamos la escena central desde la entrada del coro —anunció, mirando hacia las filas donde los vecinos esperaban con la curiosidad contenida en los ojos—. Tomás, cuando quieras.
Tomás levantó la mano. Carmen dio un paso hacia el centro de la diagonal limpia.
Activé desde mi consola auxiliar la primera matriz baja del muro sur.
El haz cálido, tamizado por la gelatina pajiza, barrió el suelo a la altura de los tobillos de Carmen y subió con suavidad por el lino de su vestido, proyectando una sombra corta y densa hacia el fondo de ladrillo, sin rozar la chapa del techo.
Carmen empezó a hablar. Su voz ya no buscaba la altura del gallinero de la Marea; sonaba cercana, con esa aspereza íntima que el texto pedía cuando una mujer nombra lo que el pueblo ha callado durante meses.
A su señal, los doce integrantes del coro se levantaron desde los extremos de las filas. No marchaban en bloque: avanzaban despacio, saliendo de entre los propios vecinos, arrastrando las suelas sobre el pavimento.
Subí los potenciómetros de las tres unidades autónomas.
El ámbar tenue no cayó desde arriba, sino que se abrió lateralmente a la altura de las rodillas, rozando los abrigos mojados de Lucas, el perfil concentrado de doña Elena y las manos entrelazadas de Mateo en la segunda fila.
Durante tres segundos, la luz bañó por igual los rostros del coro y los de quienes miraban, compartiendo el mismo aire frío y la madera gastada de las sillas.
Carmen se detuvo. Llegaba el quiebro del texto, el instante exacto en que la protagonista debía callar para dejar que el peso de su pérdida fuera asumido por quienes la rodeaban.
Empujé la palanca de la consola para iniciar la transición programada, bajando el proyector de suelo y adelantando el tono cálido hacia la herradura.
—¡Leo, espera! —cortó Tomás en un susurro enérgico desde la banda norte, sin sacar las manos de los bolsillos del chaleco—.
Le estás quitando el aire. Si metes el cambio de luz antes de que ella termine de tragar saliva, el silencio parece un error técnico y no un duelo.
Deja que el silencio pese antes de mover la consola.
Miré a Carmen. Todavía sostenía el mentón en alto y la tensión en los hombros. Había programado la rampa a cuatro segundos de reloj, buscando la fluidez del papel, olvidando que en este espacio reducido una respiración humana dura más que una curva preestablecida.
No discutí ni defendí el minutaje.
Tiré del potenciómetro hacia abajo con suavidad, devolviendo el nivel a la matriz central para sostener a Carmen en su sitio.
—Repetimos desde la última frase de Carmen —dije, anotando en el margen de mi libreta: *Esperar respiración completa antes de rampa 2*.
Carmen asintió con un gesto breve de cabeza. Respiró hondo, pronunció la última línea y dejó caer los brazos a los costados. Esperé. El retumbar del agua en el tejado llenó el almacén durante tres latidos largos y densos. Solo cuando Carmen bajó la mirada di entrada al cambio, muy despacio.
El coro cerró la herradura incompleta. El efecto funcionó: la luz pasó de Carmen a los vecinos y de los vecinos a los actores como una marea tranquila.
Entonces, la unidad autónoma dos —situada en el flanco izquierdo de la grada— parpadeó dos veces con un chasquido sordo y se apagó por completo.
Un tercio de las sillas y el lateral izquierdo del coro quedaron sumidos en una sombra dura y cortada a cuchillo.
Mateo hizo el amago de inclinarse hacia la caja apagada, pero Clara se adelantó con paso firme:
—Quieto ahí, Mateo. Nadie manipula equipos.
Me acerqué a la unidad con la linterna técnica y el multímetro. Quité la tapa estanca: la placa de control de la celda reciclada se había bloqueado por un pico térmico en el disipador interno. La batería estaba muerta; no admitiría rearme hasta enfriarse y abrirse en el taller.
Miré hacia el cuadro secundario. Podía pedirle a Gabriel que me habilitara una toma auxiliar de doscientos vatios para meter un foco de pinza por el pasillo norte, pero eso significaba tirar una manguera por una zona de paso y reducir el margen de seguridad que él había fijado con tanta cautela.
Cerré la caja de la batería averiada, aseguré el pestillo y caminé hacia donde estaban Marina y Clara.
—La unidad dos ha caído por fallo de placa —les informé en voz baja, mostrando el plano de planta con el lápiz—. No voy a meter otra línea a la acometida de Gabriel ni a cruzar cables por el pasillo norte.
Marina me miró, esperando la alternativa con esa atención analítica que no concedía espacio a la queja.
—¿Cómo resolvemos el flanco izquierdo sin esa fuente? —preguntó.
—Reoriento la matriz baja número dos, la que está en la columna sur —expliqué, señalando el tiro en el papel—.
Si la abro quince grados hacia el norte y compenso subiendo la difusión un punto, el haz cruza la nave en diagonal y cubre las tres filas oscuras sin deslumbrar a los actores.
La unidad tres se queda sola en el flanco derecho a media potencia para equilibrar el conjunto.
Clara consultó el plano de evacuación.
—Esa diagonal no invade el pasillo este ni cruza ninguna ruta. Por mi parte es viable.
Marina observó el hueco en penumbra donde el coro esperaba en silencio.
—La diagonal va a dejar el hombro izquierdo de Sofía ligeramente más en sombra que el derecho —observó Marina—. Pero si Tomás compensa girando al elenco un paso hacia el centro, esa sombra subrayará la distancia del personaje en lugar de parecer un vacío. Haz el cambio, Leo.
—Modifico la posición ahora mismo —respondí.
Fui hasta la columna sur, aflojé la palomilla de la matriz dos, ajusté el ángulo quince grados hacia el bloque norte y aseguré de nuevo el soporte de fundición. Regresé a la consola y reconfiguré la curva en tres canales en lugar de cuatro.
—Probamos la transición desde el silencio de Carmen —llamó Marina.
El elenco retomó la posición. Carmen dijo su frase, sostuvo la pausa con el peso exacto que Tomás había pedido y, cuando la respiración cayó, empujé la palanca de la consola.
El haz diagonal de la matriz dos atravesó la nave a ras de suelo, barriendo el espacio y bañando suavemente a los vecinos del lado izquierdo antes de unirse con la luz de la unidad tres.
La cobertura no era matemáticamente simétrica como en el plano del teatro; había zonas donde la penumbra quedaba más cerca de los rostros y el grano de las paredes de ladrillo se volvía visible en los cortes de luz.
Pero en mitad de esa imperfección material, nadie miraba los bordes. Los ojos de los vecinos estaban fijos en Carmen, y el reflejo de sus miradas devolvía a la estancia una calidez que ningún filtro de policarbonato habría podido simular.
Tomás dejó caer los brazos a los lados y miró el cuadro completo desde la banda norte.
—Esa es la respiración —dijo en voz baja, asintiendo una sola vez—. Ahora sí estamos contando la verdad.
Miré la consola. Dos mil cien vatios en el medidor, tres canales activos y un suelo firme que empezaba a sostener la función sin pedirle prestado nada al pasado. Guardé el lápiz en el bolsillo y esperé la indicación de Marina para la siguiente escena.
Marina levantó la mano desde el centro de la solera para marcar el final de la pasada y dio diez minutos de respiro al elenco antes de revisar las entradas del tercer acto.
El murmullo de los actores dispersándose hacia las banquetas se mezcló con el cambio de rumor en el tejado: el golpe del agua sobre la chapa había cedido hasta convertirse en un goteo constante.
Desconecté el seguro de la consola auxiliar, anoté la lectura final de carga en la libreta y recogí el comprobador de aislamiento.
Gabriel ya había salido por el portón lateral hacia el cobertizo de herramientas que daba al callejón sur, aprovechando la tregua del cielo para ordenar las mangueras de repuesto antes de que subiera la marea.
Empujé la hoja de chapa y salí al exterior.
El aire olía a tierra anegada y salitre frío. El viento del norte había amainado lo suficiente para dejar visible la línea baja de las nubes sobre el tejado del Teatro de la Marea, cerrado a doscientos metros de donde estábamos.
Gabriel estaba junto a un banco de trabajo exterior, bajo el alero de zinc, limpiando los bornes de una pinza amperimétrica con un trapo seco. Su caja metálica de herramientas descansaba abierta sobre los tablones, con los destornilladores aislados ordenados en la bandeja superior.
Dejé el multímetro sobre el banco, a una distancia prudente de sus piezas limpias.
—Dos mil cien vatios en el pico de la transición coral —le dije, apoyando las manos en el canto de la madera—. El térmico ni siquiera ha templado la pletina.
Mi padre frotó el metal de la pinza sin levantar la vista.