Capítulo 19 #3
—He visto el medidor desde el cuadro secundario —respondió con voz pausada—. La línea aguanta porque has quitado los proyectores de carga continua y has dejado las baterías fuera de la red. Has respetado los números.
Guardó la pinza en su ranura y me miró de frente, con los ojos entrecerrados bajo las cejas pobladas.
—Pero que el cuadro no salte en una pasada de veinte minutos no arregla un taller, Leo. Tampoco garantiza que la función de mañana vaya a convencer a Beatriz de firmar nada. Un buen ensayo con cuatro bombillas bajas sigue siendo un ensayo en un almacén de carpintería.
En otro momento habría sacado las hojas de cálculo del bolsillo. Habría desplegado el dossier de Estudio Lumbre, enumerado los contactos municipales o prometido que este montaje era solo el primer paso de un plan que resolvería el año.
Me guardé las manos en los bolsillos del chaquetón y sostuve su mirada sin defenderme.
—Lo sé —dije—. Si Beatriz decide mañana que el festival en este almacén no cumple las condiciones del patrocinio, no habrá contrato de adecuación para Estudio Lumbre.
Gabriel dejó el trapo sobre la bandeja y cruzó los brazos sobre el pecho.
—Si el contrato sale adelante y las condiciones son limpias, lo aceptaré —continué—.
Pero mi permanencia aquí no depende solo de lo que decida Beatriz al final del festival.
He renegociado el alquiler del taller para asumir un gasto fijo que pueda cubrir sin subvenciones, tengo apalabrada la restauración de las luminarias del centro cívico y voy a mantener los encargos de diseño que pueda gestionar desde aquí.
—Eso da para pagar la luz y poco más los primeros meses —señaló él, con el escepticismo práctico que conocía desde niño.
—Da para sostener el taller abierto sin engañar a nadie —respondí—.
Y para el festival, independientemente de quién lo financie el año que viene, voy a presentar al patronato una propuesta de mantenimiento preventivo para la instalación del teatro.
Con un calendario cerrado, revisiones semestrales y un presupuesto que no obligue a improvisar remiendos cuando llegue el otoño.
Gabriel miró hacia el tejado de la Nave, donde el agua caía en hilos regulares hacia la arqueta.
—Hacer planes sobre el papel siempre se te ha dado bien. Hace seis años también tenías una lista de razones impecables antes de subirte al tren.
La mención no trajo la urgencia habitual de justificarme.
—No voy a prometerte que nunca me saldrá un trabajo fuera que merezca la pena aceptar —le dije, con la voz templada—.
Este oficio exige viajar a veces y no voy a mentirte diciendo que voy a quedarme inmóvil en este muelle toda la vida.
Lo que sí te aseguro es que no volveré a desaparecer detrás de un plazo urgente ni a dejar que el silencio decida por mí.
Si me sale un proyecto fuera, te lo diré con tiempo, de frente y asumiendo lo que dejo aquí.
Gabriel permaneció callado durante varios segundos. El rumor de las olas rompiendo contra el malecón se filtraba entre los callejones con una cadencia sorda.
—Las palabras no pagan el alquiler ni sujetan una pared —dijo al fin, descruzando los brazos—. Eso que dices se demuestra viniendo el lunes, el martes y el mes que viene. Cuando no haya festival, ni aplausos, ni urgencias.
—Lo sé —asentí—. Y aquí voy a estar.
Mi padre se inclinó sobre la caja de herramientas, apartó una bayeta de cuero y metió la mano en el fondo del compartimento inferior. Cuando la retiró, sostenía un pelacables antiguo con mangos de baquelita roja, gastados por el uso pero con la cuchilla de corte engrasada y libre de óxido.
En el lateral de baquelita aún se distinguían las iniciales que yo había grabado con una navaja cuando tenía diecinueve años.
Gabriel lo depositó en el centro del tablón, junto a mi multímetro.
—Apareció en el fondo del armario del contador del teatro cuando fuimos a revisar la acometida el primer día. —Cerró la tapa metálica de su caja con un chasquido seco—. Lo dejaste allí tirado junto a los fusibles viejos.
Miré la herramienta sobre la madera húmeda. El filo estaba limpio, ajustado con la precisión paciente que mi padre ponía en cada mecanismo.
Alargué la mano y recogí el pelacables. El peso del acero y la baquelita se asentó familiar y exacto en la palma.
—Gracias —dije.
Gabriel levantó su caja por el asa de hierro y se ajustó el cuello del chaquetón antes de dar un paso hacia el callejón.
—Asegúrate de que la matriz del norte no coja holgura en el soporte antes de que Carmen empiece el monólogo —dijo por toda despedida, sin volverse—. El tornillo de apriete tiene la rosca corrida.
—Lo reviso ahora mismo.
Lo vi alejarse con su paso pesado por el empedrado mojado hacia la calle baja.
Guardé la herramienta en el bolsillo lateral del pantalón de trabajo, donde el metal marcó el paso con una solidez fría contra la pierna. Dejé atrás el alero y empujé la puerta corredera para volver a la Nave.
Marina estaba de pie junto a la bancada de roble, repasando una anotación con Tomás mientras Inés doblaba el mantón de lino en la primera fila de sillas. Las tres matrices bajas proyectaban sobre el hormigón una luz modesta, clara y suficiente.