Bajo las Luces del Teatro Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

—El coro no necesita abrirse en un arco perfecto a ambos lados. Abre la herradura en diagonal: el lado izquierdo respirará hacia el espacio que ganamos en el norte, y el derecho se cerrará junto a la bancada de roble, manteniendo a Carmen a metro y medio de la primera fila.

Miré a Leo.

—Eso te deja el corredor sur completamente aislado para la alimentación y las baterías, sin que ninguna silla invada el tiro de las matrices.

Tomás miró la solera de hormigón, calculó el paso con la vista y asintió.

—La diagonal funciona. Carmen puede orientar la voz hacia el bloque norte sin perder contacto con el resto de las filas.

—Y el pasillo de evacuación queda despejado hasta el portón este sin tocar una sola línea de luz —confirmo Clara, trazando el nuevo esquema en su hoja—. Modifico las marcas de tiza ahora mismo.

—Muevo los apoyos de las matrices para ajustar el ángulo a la nueva diagonal —dijo Leo, guardándose el metro en el bolsillo.

Los tres se dispersaron hacia sus puestos sin añadir objeciones.

A las tres en punto, el portón pequeño del callejón se abrió.

Beatriz Valdés entró sacudiéndose las gotas de agua de la gabardina. Cerró el paraguas con un chasquido metálico, recorrió con la vista las vigas desnudas, el ladrillo rojizo y las hileras de sillas de tijera alineadas sobre el cemento, y enfiló el pasillo central con paso firme.

Me acerqué a recibirla en el límite del área de actuación.

—Son las tres —dijo Beatriz, deteniéndose frente a mí sin soltar la cartera—. Afuera la lluvia ha inundado el acceso bajo del Teatro de la Marea y el parte anuncia rachas de ochenta kilómetros por hora.

—Lo sé. Clara tiene el reporte en el tablero.

Beatriz examinó la nave con mirada fría y analítica, deteniéndose en las cuatro cajas de conexiones sobre la tarima seca y en Tomás, que repasaba el texto con el elenco en un rincón.

—Noventa localidades en un almacén de carpintería —dijo, bajando la vista hacia mi libreta—.

De cuatrocientas entradas por pase en un teatro histórico a noventa sillas de tijera sobre hormigón.

El patronato y los patrocinadores invirtieron en este festival para proyectar solvencia e impacto comarcal, Marina.

Si reducimos la clausura a este formato de emergencia, las métricas de asistencia y la visibilidad quedarán muy por debajo de los compromisos adquiridos.

No intenté maquillar las cifras ni buscar una promesa tranquilizadora. Sostuve su mirada con la misma sobriedad con la que había cerrado el portón de la Marea horas antes.

—Las métricas de asistencia no existen si el festival se suspende a mitad de la tarde por una derivación en el cuadro eléctrico, Beatriz —respondí con voz pausada y firme—. Tampoco hay proyección posible en una función cancelada en los periódicos de mañana.

Beatriz enarcó una ceja, esperando.

—Este almacén tiene la cubierta revisada, la solera seca y una acometida independiente garantizada por Gabriel —continué, mostrándole el croquis abierto en mi libreta—.

Tenemos noventa plazas seguras por pase, la evacuación validada por Clara y un vestuario adaptado por Inés para que la cercanía juegue a favor del texto.

Hice una pausa breve y señalé hacia el zócalo sur, donde Leo ajustaba la última base.

—Leo resolvió la iluminación con matrices de bajo consumo y baterías autónomas que operan dentro de los dos mil doscientos vatios del edificio, sin forzar un solo fusible.

No es el montaje que presentamos en el ayuntamiento, pero es una función rigurosa, segura y ejecutable que no disfraza sus límites.

Suspender destruye la credibilidad del festival; demostrar que podemos levantarla bajo estas condiciones prueba capacidad de respuesta real.

Beatriz observó el plano de la solera, luego a Clara, que terminaba de alinear la última fila con Mateo, y finalmente a Tomás, cuyos actores repasaban los movimientos en silencio.

—¿Cuándo estará lista la primera pasada técnica completa? —preguntó, con tono estrictamente profesional.

—A las cinco en punto pasamos el primer acto con luz y vestuario —respondí—. A las seis y media evaluamos el conjunto. Si a esa hora la propuesta no sostiene la tensión dramática o Gabriel detecta cualquier anomalía en el cuadro, seré la primera en firmar el comunicado de suspensión.

Beatriz permaneció en silencio unos segundos, sopesando los datos con la calma de quien mide un riesgo calculado.

—Mantengo la convocatoria de prensa en reserva hasta las siete —concluyó, cerrando la cremallera de su cartera—.

A las siete quiero el informe de la pasada técnica en mi teléfono.

Si el resultado es viable, autorizaré la emisión de entradas para la clausura en este espacio.

Si no, saldrá el comunicado de cancelación definitiva.

—Tendrás el informe a las siete.

Beatriz asintió con una inclinación corta, dio media vuelta y salió por la puerta pequeña hacia el callejón batido por la tormenta.

El portón se cerró a su espalda.

Miré a mi alrededor. En el lateral norte, Clara y Mateo repasaban el listado de accesos; junto al perchero sur, Inés ayudaba a Carmen a probar la caída del mantón sin que la tela rozara el suelo; en el centro, Tomás marcaba con tiza los puntos de entrada del coro en la nueva diagonal; y junto al cuadro eléctrico, Leo conectaba la última manguera vulcanizada antes de limpiar el polvo del conector.

Cada tarea avanzaba sin esperar que yo resolviera cada nudo, basta o cable, orientada hacia una misma experiencia.

Recogí el lápiz de la madera de carpintería, me lo guardé en el bolsillo de la camisa y caminé hacia el centro de la solera de hormigón, lista para dar la entrada al primer cuadro.