Capítulo 18 #2
Apreté la mandíbula, contuve el primer impulso y solté el aire con calma.
—Vamos a probarlo antes de descartarlo —dije—. Tomás, distribuye al coro en las sillas laterales. Carmen, repite el texto desde el inicio, pero no proyectes como si tuvieras que llegar a la calle. Habla como si le estuvieras contando esto a la persona de la segunda fila.
Tomás colocó a los doce intérpretes en los asientos de los extremos. Carmen respiró hondo, cerró los ojos un instante para cambiar el registro y volvió a pronunciar el texto.
Esta vez no hubo estridencia. Su voz, templada y grave, llenó el taller sin rebotar en las vigas. A su derecha, Sofía y Mateo se levantaron de sus asientos en silencio y caminaron con naturalidad por el pasillo lateral; tras ellos avanzó el resto del grupo.
Sin la barrera del proscenio, la escena perdió la rigidez. Los actores ya no representaban la memoria comunitaria desde una tarima lejana: eran vecinos caminando entre vecinos, compartiendo el frío del hormigón y el repiqueteo del agua contra el zinc.
Leo, que observaba la pasada desde el cuadro sur con una manguera vulcanizada en la mano, dio dos pasos hacia nosotros.
—Si el coro utiliza los pasillos laterales, no puedo colocar los proyectores de rasante en las esquinas frontales —señaló con la linterna el suelo—. Las bases estorbarían el paso de Sofía y alguien acabaría pateando una conexión.
—¿Qué alternativa tenemos sin subir líneas al techo? —le pregunté.
Leo se agachó junto a la pared sur para comprobar el trazado.
—Podemos retranquear las dos matrices de bajo consumo y fijarlas a ras de suelo contra las columnas de ladrillo, abriendo el haz en diagonal hacia el centro —explicó, marcando el ángulo con la mano abierta—.
Dejamos los tres pasillos libres de cables y usamos la unidad de batería para bañar el recorrido lateral con un ámbar suave.
Los actores tendrán luz en los pies para no tropezar y el tiro no deslumbrará al público de las primeras butacas.
—Hazlo así —asentí—. Clara, que esa franja de paso quede limpia de utilería.
Clara anotó la modificación en su tablilla.
Inés se acercó desde la zona de percheros, con la falda de Carmen sobre el antebrazo y una cinta métrica en la mano.
—Marina, he visto el avance del coro —dijo mi madre en voz baja—.
Con este nuevo recorrido, Carmen no puede salir al rincón de herramientas a ponerse la sobrecapa negra del segundo cuadro.
Si sale del espacio central, romperá la continuidad del texto, y si intentamos ocultarla tras un biombo, los de la tercera fila van a ver hasta las perchas.
—No usaremos biombos ni salidas ficticias —respondí, mirando a Carmen, que repasaba los versos junto a Andrés—. ¿Podemos simplificar la prenda?
—Si cosemos la sobrecapa doblada sobre el hombro izquierdo con un par de puntadas flojas —propuso Inés, mostrando la caída de la tela—, Carmen solo tendrá que soltar un lazo de lino a mitad de la escena y dejar caer el tejido.
Quedará como un gesto deliberado de duelo, a la vista de todos, sin oscuros ni carreras.
—Prepárato así con ella.
Inés sonrió apenas y regresó al perchero para ajustar las puntadas.
Me volví hacia el centro de la nave. La estructura concebida para el Teatro de la Marea se desarmaba a cada minuto, pero lo que ocupaba su lugar ganaba solidez.
—Tomás —llamé—, revisemos el cierre.
El texto concluía originalmente con el coro en una línea cerrada de espaldas al mar, con Andrés en el centro elevando una linterna hacia la platea vacía. En este almacén, esa línea recta volvía a encallarse contra la pared del fondo.
—No hagamos una línea —le dije a Tomás, señalando el espacio entre las sillas y el rectángulo de juego—. Si Carmen y Andrés se quedan en el centro, el coro debe abrirse en un semicírculo amplio, como una herradura que abrace el frente de la nave pero deje los extremos abiertos hacia las butacas.
Tomás ladeó la cabeza, visualizando el dibujo.
—Un círculo incompleto.
—Exacto. La herradura la completan los espectadores de las noventa sillas. La obra no termina mostrándoles una estampa; termina incluyéndolos en el corro.
—Carmen, Andrés, probad la posición —ordenó Tomás.
El elenco reaccionó de inmediato. El semicírculo se abrió de forma natural, dejando que el espacio vacío entre las puntas respirara directamente frente a la primera fila.
Un golpe seco en la entrada este interrumpió la prueba.
Mateo y Lucas acababan de empujar por la puerta de carga el gran panel de contrachapado con la barandilla del malecón, pintado a mano para el montaje del teatro.
La estructura, de casi cuatro metros de largo, chirrió contra el marco de chapa y quedó trabada a mitad del pasillo de evacuación, bloqueando la salida hacia la calle baja.
—Ya está aquí el decorado del puerto, Marina —anunció Mateo, secándose la frente con la manga—. Si quitamos dos sillas de la última fila, podemos encajarlo contra la pared este.
Me acerqué a la estructura. Olía a pintura fresca y cola de carpintero; en el centro, el dibujo de los bolardos y el pretil de piedra reproducía el paseo marítimo.
Miré el pasillo este: el contrachapado reducía el paso a menos de setenta centímetros, vulnerando el margen de seguridad fijado por Clara y Gabriel. Además, junto al ladrillo desnudo y las vigas de hierro, el paisaje pintado resultaba artificioso, un fingimiento innecesario.
—No vamos a meterlo, Mateo —dije con voz serena.
Mateo parpadeó.
—Marina, hemos tardado tres días en pintarlo. Es la imagen central del festival.
—En el teatro lo era; aquí es un obstáculo que bloquea una salida de emergencia y desentona con el espacio —explicé, posando la mano en el canto de la madera—. Llevadlo de vuelta al cobertizo seco.
Lucas y Mateo cruzaron una mirada, asintieron y maniobraron para devolver el panel al callejón.
En el rincón de carpintería, apoyada contra los caballetes, descansaba una bancada de roble con marcas de cepillo y las esquinas pulidas por años de uso en el muelle.
—Traed esa bancada al lateral del círculo —le pedí a Lucas antes de que saliera.
Colocaron el banco en el borde derecho del área de actuación. No simulaba un muelle ni ocultaba el hormigón, pero su madera oscura y sólida aportaba una textura real.
Leo se acercó con su libreta bajo el brazo y contempló el espacio despejado: las filas de sillas en un arco suave alrededor de la solera limpia, el roble en el lateral y el semicírculo del elenco respirando con soltura bajo la luz de trabajo.
—La nave ya no parece un almacén de emergencia —comentó en voz baja, guardando el lápiz en el bolsillo de la camisa.
—No —respondí, mirando a Tomás, que ajustaba la última réplica con Carmen—. Ya no es un almacén. Es nuestro teatro.
Tomás asintió con una inclinación breve y volvió a llamar a Carmen para repasar la transición del segundo acto.
Me aparté hacia la mesa de carpintería donde Clara había desplegado la lista de voluntarios.
El lápiz seguía entre mis dedos; me obligué a dejarlo sobre el tablón antes de apoyar las palmas en el borde.
Afuera, el agua arreciaba contra las planchas de chapa con un estrépito continuo que hacía vibrar las vigas del techo.
Durante la siguiente media hora, la nave funcionó sin pausas.
Tomás ajustó el tono del monólogo en el rectángulo de cemento y pidió a Carmen que redujera la cadencia para dejar que el silencio pesara entre las réplicas.
Inés, sentada en una banqueta junto a la puerta sur, hilvanaba las últimas puntadas en los hombros del mantón de lino para que la tela cayera con un solo movimiento.
Clara distribuía a Mateo y a los dos muchachos de la cofradía en la colocación de las sillas, mientras Leo marcaba con cinta blanca en el zócalo sur el recorrido exacto de las mangueras de alimentación para las cuatro matrices bajas.
Nadie vino a preguntarme si la cinta debía ir dos centímetros más a la izquierda ni qué caja de clavos convenía abrir primero. Cada área avanzaba con un ritmo seco, absorbiendo sus propios tropiezos.
A las tres menos diez, Clara levantó la mano desde el fondo del espacio.
—Marina, ven un momento —pidió, sin apartarse de la hilera central de asientos.
Caminé hacia ella. Tomás y Leo se acercaron en cuanto vieron el croquis que Clara sostenía contra la tablilla.
—Tenemos un cruce de necesidades —dijo Clara, señalando el suelo con la punta del bolígrafo—.
Si abrimos el pasillo de evacuación de metro y medio hacia la puerta este, tal como exige Gabriel, las noventa sillas ocupan siete metros en abanico.
Para meter la última fila, tengo que empujar el bloque de butacas medio metro hacia el centro de la escena.
—Si empujas las sillas hacia delante, el coro no tiene espacio para abrir la herradura —objetó Tomás, cruzándose de brazos—.
Carmen necesita ese metro de holgura para no tener las rodillas del público pegadas a la falda.
Si el espectador está tan encima, el elenco se encogerá por puro instinto físico.
—Y si desplazas las filas hacia la pared sur para compensar —añadió Leo, señalando la línea de zócalo donde descansaban las bases de los proyectores—, el público pisará la canaleta técnica.
Necesito sesenta centímetros limpios pegados al muro para mantener las mangueras vulcanizadas fuera de cualquier zona de tránsito y que nadie tropiece con los conectores de las baterías.
Los tres me miraron. Por un segundo, la inercia de tomar el metro de carpintero y medir cada centímetro por mi cuenta me tensó los dedos.
Contuve el impulso y examiné el espacio: el pasillo este, el arco de sillas y el zócalo técnico.
—No vamos a hacer un semicírculo simétrico —dije, señalando el dibujo en la tablilla de Clara—.
Desplaza el bloque de sillas dos metros hacia el muro norte, donde no hay equipos ni cables en el suelo.
Clara, mantén el pasillo este con el metro y medio reglamentario, pero estrecha la última fila de la derecha a tres asientos en lugar de seis.
Me volví hacia Tomás.