Bajo las Luces del Teatro Capítulo 18
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Capítulo 18

La nave se convierte en teatro

Marina Soler

El retumbar del agua sobre las planchas de chapa llenaba la Nave de los Bastidores con un rumor sordo y continuo.

En la entrada de carga, Mateo y dos voluntarios del pueblo acababan de bajar del furgón una pila de sillas de tijera, mientras el viento colaba ráfagas de humedad por la junta del portón entreabierto.

Me pasé el lápiz tras la oreja y recorrí con la vista los catorce metros de solera de hormigón.

Había una veintena de tareas urgentes amontonadas en mi cabeza: los caballetes de carpintería que aún estorbaban en la esquina este, las tres cajas de utilería que amenazaban con quedar en el paso de evacuación, el serrín acumulado en el centro del suelo y la colocación exacta de las primeras filas.

Sentí la punzada habitual en la boca del estómago, ese impulso físico de correr hacia la furgoneta para indicar a cada voluntario cómo descargar las maderas, dónde apoyar los percheros y qué esquina barrer primero.

Apreté el lomo de mi libreta contra el costado y me detuve junto a un banco de trabajo.

Si empezaba a responder a cada duda menuda sobre tablones y cuerdas, a las cuatro de la tarde seguiría corriendo entre cajas y no tendríamos una función que representar.

—¡Cinco minutos aquí, por favor! —llamé, haciéndome oír por encima de la lluvia.

Clara soltó el metro de carpintero y acudió con su tablilla.

Tomás dejó a Carmen y a Sofía repasando el texto del segundo acto junto a la entrada sur y se acercó secándose las manos en los bolsillos del pantalón.

Mi madre vino desde el fondo con una caja de tijeras e hilos bajo el brazo, y Leo dejó sobre una tarima la última manguera vulcanizada que acababa de traer de Estudio Lumbre.

A unos metros, junto al cuadro secundario, Gabriel ajustaba la borna de tierra con su destornillador aislado, ajeno a la reunión pero marcando el perímetro seguro.

Los miré a todos antes de abrir el cuaderno.

—No vamos a improvisar un remiendo —dije—.

Si tratamos de embutir el montaje del Teatro de la Marea entre estas cuatro paredes de ladrillo, solo conseguiremos una versión mutilada y torpe de lo que ensayamos.

La función de mañana no es un apaño para salir del paso: es una obra concebida para la cercanía de este almacén, centrada en el peso del elenco y en la respiración compartida con los vecinos.

Esa es la intención artística, y todo lo que hagamos a partir de este minuto debe servir a eso.

Tomás asintió despacio, con el libreto doblado en la mano. Clara dio un paso al frente con el bolígrafo listo sobre el papel.

—Para llegar a tiempo a la pasada de las cinco, necesitamos que cada área funcione sin esperar a que yo dé el visto bueno a cada tornillo —continué, mirando a Clara—.

Clara, tú mandas en la intendencia, los tiempos de montaje, la asignación de voluntarios y la distribución del espacio del público.

El pasillo de metro y medio hasta la salida este es innegociable; fuera de eso, organiza las noventa sillas como mejor garantice la evacuación y la visibilidad.

—Tengo a cuatro personas para las filas y a dos descargando el furgón —respondió Clara—. En media hora la zona de butacas estará despejada y limpia.

—Tomás —me volví hacia el director local—, el elenco es tuyo.

Los desplazamientos ya no van a depender de cruces largos ni de niveles elevados.

Tienes libertad para adaptar las entradas en semicírculo, comprimir las distancias y ajustar los tiempos de réplica para que los actores no tengan que proyectar la voz como si estuvieran ante cuatrocientas butacas.

Si una marca entorpece la naturalidad del texto a dos metros del espectador, cámbiala.

Solo consúltame si el cambio altera el sentido dramático de la escena.

—Entendido —dijo Tomás, enderezando la espalda—. Voy a trabajar con ellos en el círculo cerrado desde ahora mismo.

—Mamá —indiqué a Inés—, el vestuario tiene que ser sobrio y práctico.

Nada de cierres complejos ni telas que arrastren por el hormigón.

Si Carmen no puede cambiarse el mantón a oscuras, el mantón se queda a la vista como parte del diálogo.

Resuelve los ajustes que hagan falta para que nadie tropiece ni necesite asistencia tras bambalinas.

—Tengo los retales y las cintas preparadas —contestó mi madre, asintiendo con una calma que me alivió la tensión en los hombros—. En cuarenta minutos tengo a los catorce con los bajos cosidos.

Miré a Leo. Sostenía la libreta de esquemas abierta, con las mangas de la camisa remangadas hasta los codos y la mirada atenta, sin rastro de la prisa por imponer soluciones que habíamos arrastrado semanas atrás.

—Leo, la iluminación tiene que trabajar desde el suelo y con los dos mil doscientos vatios que autorizó Gabriel.

Diseña la atmósfera con las matrices bajas y las baterías autónomas, buscando esa proximidad con la primera fila que acordamos.

Necesito que me avises de cualquier zona muerta que condicione el movimiento antes de que marquemos la pasada general.

—Montaré los cuatro puntos de rasante sobre bases pesadas y mantendré las tiradas de cable pegadas al muro sur, fuera de cualquier tránsito —respondió Leo—. A las cuatro y media tienes el mapa de luz listo para probar con el coro.

—Mi trabajo es la composición del conjunto, el ritmo global y la aprobación de cualquier cambio estructural que altere la experiencia de la obra —concluí, cerrando el cuaderno—. A partir de ahora, cada uno resuelve en su parcela. Vamos a trabajar.

El grupo se dispersó hacia sus puestos, con una fluidez práctica que cortó de raíz el desorden.

Apenas di dos pasos hacia el centro de la nave, Mateo se acercó cargando dos tableros de contrachapado que goteaban serrín húmedo.

—Marina, ¿estos paneles los dejamos contra el muro norte o los sacamos al cobertizo de herramientas?

Iba a abrir la boca para calcular mentalmente el espacio del pasillo, pero me detuve a tiempo. Señalé hacia el fondo, donde Clara coordinaba la alineación de las primeras sillas de madera.

—Eso es intendencia, Mateo. Pregúntale a Clara; ella sabe qué paredes deben quedar libres para la evacuación.

Mateo asintió y se desvió hacia la izquierda.

Apenas un minuto después, Lucía, una de las voluntarias que ayudaba con el atrezo, se acercó con un cesto de mimbre lleno de pañuelos y cuerdas de cáñamo.

—Marina, no sabemos si dejar el baúl de ropa junto a la puerta pequeña o meterlo en el rincón de herramientas.

—Habla con Inés, en la puerta sur —le indiqué, señalando el perchero provisional donde mi madre ya enhebraba la primera aguja—. Ella decide la posición del vestuario.

Lucía asintió con una sonrisa rápida y enfiló hacia el sur sin añadir una sola pregunta.

Me quedé en mitad de la solera de hormigón.

El olor a pino húmedo y yeso se mezclaba con el aire frío que entraba cada vez que alguien empujaba el portón de chapa, pero el espacio comenzaba a articularse con una lógica limpia.

A mi derecha, Tomás daba instrucciones a Carmen y a Andrés en un susurro concentrado; enfrente, Clara marcaba con tiza blanca los límites del pasillo central; y hacia el fondo, Leo comprobaba la continuidad de una tirada de manguera aislada sin invadir el suelo de actuación.

Respiré hondo, retiré el lápiz de detrás de la oreja y me arrodillé sobre el cemento seco para trazar, con un trazo firme de grafito, el esquema del primer cuadro escénico.

El grafito chirrió contra el grano rugoso del hormigón.

Me incorporé sacudiéndome el polvo de las rodillas y contemplé el rectángulo trazado en el suelo: seis metros de frente por cuatro de fondo, delimitados con trazos secos de lápiz para reproducir, a escala reducida, la embocadura del Teatro de la Marea.

—Tomás, traed la primera escena —llamé, dando un paso atrás hacia donde Clara alineaba las dos primeras hileras de sillas de tijera.

Carmen y Andrés ocuparon el centro del dibujo, mientras los doce miembros del coro se alineaban en dos filas rígidas detrás de ellos, hombro con hombro, con la vista fija en el espacio reservado a los espectadores.

—Arrancad desde el parlamento de Carmen —indicó Tomás desde el lateral, con las manos metidas en los bolsillos del chaleco.

Carmen dio tres pasos al frente, se detuvo sobre la marca de grafito y comenzó a recitar.

Su voz, educada para proyectarse hasta el gallinero del viejo teatro, rebotó contra las paredes desnudas de ladrillo con una estridencia metálica.

Andrés intentó cruzar en diagonal hacia el fondo izquierdo, pero al faltar el desnivel del escenario y la fuga visual de los telones, su movimiento pareció torpe, temeroso de tropezar con los integrantes del coro, apelmazados a menos de un metro de su espalda.

El cuadro entero se sentía asfixiado, como una postal vieja embutida a la fuerza en un marco estrecho.

Hice un gesto con la mano antes de que Andrés terminara su réplica.

—Parad un segundo.

El elenco se detuvo. Carmen bajó los hombros; la suela de sus zapatos chirrió sobre el cemento.

—Parecen soldados esperando turno en una oficina —dijo Tomás, acercándose despacio para no alterar al grupo—. Si intentamos mantener el frente plano del teatro, Marina, el coro no tiene aire. En la Marea los separaba el foso; aquí, si se quedan plantados, van a parecer un muro tapando a Carmen.

—Si abrimos el coro hacia los lados, perderemos el foco de la réplica —respondí, mirando las líneas de grafito recién trazadas—. Temo que si la acción se dispersa por la nave, el público no sepa adónde mirar.

—No se va a dispersar si nace donde ellos están —propuso Tomás, señalando con la barbilla los pasillos laterales de metro y medio que Clara acababa de marcar con tiza—.

Deja que el coro empiece sentado en los extremos de las filas, mezclado con la gente.

Cuando Carmen empiece a hablar, que no salgan todos a la vez: que se levanten two a la izquierda, luego tres a la derecha, avanzando despacio hacia el centro.