Capítulo 17 #3
—La solera de hormigón está completamente seca —dijo ella, levantando la vista de la cinta—.
La cubierta no filtra ni una gota por la vertiente sur y los canalones de este lado desaguan directos a la arqueta de la calle baja.
En superficie útil tenemos once metros de ancho por catorce de fondo si despejamos los tres bastidores viejos del fondo y movemos los caballetes.
—¿Y el aforo con rutas de evacuación? —pregunté, sacando el cuaderno del bolsillo interior.
—Noventa sillas como máximo —respondió Clara—. Cien si apretamos las dos últimas filas, pero no lo recomiendo: para mantener el pasillo de metro y medio hasta la salida de emergencia de la fachada este, noventa es la cifra segura. Tendremos que doblar funciones o devolver entradas.
Anoté el número en el margen de la página. Pasar de casi cuatrocientas localidades en el Teatro de la Marea a noventa en un almacén municipal suponía un recorte drástico, pero noventa personas sentadas en suelo seco eran una función real; un escenario cerrado era una cancelación definitiva.
Gabriel cerró la tapa metálica del cuadro de distribución con un golpe seco de nudillos y se acercó a nosotras con el multímetro en la mano.
—La acometida de este taller entra directa desde la calle sur, lejos de la línea del malecón —explicó Gabriel, mirando a Clara y luego a mí—.
Las pletinas están limpias y la tierra mide dos ohmios.
Tenéis dos mil doscientos vatios continuos garantizados sin que el cuadro sufra lo más mínimo, siempre que no se os ocurra enchufar estufas industriales ni motores de tiro.
—¿Ningún riesgo de derivación por humedad ambiental? —pregunté.
—Aquí dentro la humedad no pasa del setenta por ciento porque el taller está ventilado por arriba y cerrado al viento norte —afirmó Gabriel—. La línea es estable. Lo que pongáis a funcionar en ella ya es vuestra cuenta.
Guardó el comprobador en el bolsillo de su chaquetón y caminó hacia la salida lateral para comprobar la arqueta exterior.
Tomás e Inés entraron por la puerta pequeña del fondo sacudiéndose las gotas de los impermeables. Tomás se detuvo en el umbral del espacio despejado, observando las vigas de hierro desnudo y las paredes de ladrillo visto con el ceño fruncido.
—No hay embocadura, Marina —dijo, dando dos pasos cautelosos sobre el hormigón—.
No hay foso, no hay bambalinas para ocultar las entradas y el coro va a tener al público a dos pasos de los pies.
Si Carmen da la vuelta con la zancada que ensayamos en el teatro, le va a rozar la rodilla a la primera fila.
—El vestuario no aguanta esa distancia con los postizos que teníamos —adió mi madre, acercándose con una cinta de costura al cuello—.
Las faldas de lino crudo se ven limpias desde la platea del teatro, pero a metro y medio se notan todas las costuras provisionales.
Además, no hay un rincón oscuro donde Carmen pueda cambiarse el mantón para el tercer cuadro sin que la mitad de la sala la vea desabrocharse.
Anoté cada objeción en silencio. Tomás tenía razón en las distancias e Inés en los detalles; intentar encajar la puesta en escena del Teatro de la Marea en esta nave rectangular sería como embutir un traje de gala en una caja de herramientas.
Leo apareció por el acceso de carga con dos cajas de conexiones estancas, que depositó con cuidado sobre una tarima de madera seca. Llevaba el chaquetón empapado en los hombros y una carpeta con esquemas técnicos bajo el brazo. Se limpió las manos en los vaqueros y se unió al grupo.
—¿Qué tenemos de Estudio Lumbre? —le pregunté.
Leo abrió su carpeta sobre la esquina de un caballete limpio.
—He hecho el inventario con lo que tenemos en el taller y lo que sacamos del foso antes de cerrar —dijo, señalando tres columnas de notas claras—.
Tenemos cuatro proyectores de bajo consumo con matrices adaptadas, seis tiradas de manguera vulcanizada con aislamiento estanco y tres unidades autónomas de batería que pueden alimentar puntos fijos durante cuatro horas sin tocar la red general.
Hizo una pausa y me miró de frente, separando los datos con calma.
—Esos son los hechos materiales —continuó—.
La incertidumbre es la altura: las cerchas de la nave están a cinco metros y no tienen tiros de cuerda ni pasarelas de servicio.
Subir focos ahí arriba requeriría andamios que no tenemos tiempo de montar de forma segura antes de las tres.
La decisión técnica que propongo es trabajar exclusivamente desde el suelo: iluminar en rasante con los cuatro módulos bajos calzados en bases pesadas y usar las unidades autónomas para marcar los perímetros.
—¿Eso qué significa para la visibilidad del elenco? —preguntó Tomás.
—Significa que no habrá sombras cenitales ni recortes cobalto en el aire —respondió Leo, dirigiéndose a Tomás y luego mirándome a mí, sin dar por cerrada la solución escénica—.
La luz será directa, baja y cercana. Si un actor se mueve hacia el fondo, la luz lo seguirá desde el suelo, pero si se acerca a la primera fila, la iluminación bañará también los rostros de los espectadores.
Miré el almacén. El ladrillo rojizo, las vigas industriales de hierro y la solera de cemento no se parecían en nada a la madera noble y los terciopelos gastados del Teatro de la Marea.
Si fingíamos estar en un escenario tradicional, la Nave de los Bastidores parecería un refugio precario, una derrota provisional impuesta por la lluvia.
El texto de la obra hablaba de una comunidad que aprendía a sostenerse tras una pérdida colectiva.
En el teatro, esa historia se contemplaba desde la distancia cómoda de la platea, separada por el foso y la embocadura; aquí, los catorce actores estarían respirando a la misma altura que los vecinos, compartiendo el frío del cemento y el retumbar del agua en el tejado.
—No vamos a trasladar la obra del teatro a este almacén —dije, cerrando el cuaderno con un chasquido seco—. Si intentamos meter la función vieja aquí dentro, solo conseguiremos que todo el mundo eche de menos lo que no tenemos. Vamos a hacer otra función.
Tomás parpadeó, sorprendido.
—¿Otra función en veinticuatro horas?
—La misma historia y el mismo texto, Tomás, pero construida desde la cercanía —expliqué, señalando el rectángulo central de hormigón—.
No necesitamos salidas laterales largas porque el coro no va a fingir que llega desde un horizonte lejano: el coro nacerá desde los propios laterales del público, sentado en los bancos junto a ellos.
Carmen no necesitará proyectar la voz para llenar trescientas butacas; su monólogo funcionará porque hablará a dos metros de los ojos de la gente.
Inés me miró con atención, sopesando mis palabras.
—¿Y el cambio del mantón?
—Lo eliminamos —resolví—. Carmen llevará el mantón doblado en el brazo desde la primera escena como parte de su vestuario visible. Se lo colocará en silencio sobre los hombros en mitad del diálogo, a la vista de todos. La cercanía no exige disimulos; exige verdad.
Me volví hacia Leo. Él permanecía apoyado en el caballete, escuchando el replanteamiento sin apresurarse a defender el despliegue técnico que habíamos pasado semanas diseñando.
—Leo, ¿puedes renunciar a las transiciones complejas y sostener una iluminación que dialogue con esa proximidad? —le pregunté.
Leo sostuvo la mirada con calma.
—Puedo —respondió—. Si el público comparte el espacio con el elenco, la luz no tiene que esconder los bordes de la nave.
Utilizaremos las matrices bajas para crear una atmósfera cálida que abarque a los actores y alcance las dos primeras filas.
Y cuando el coro se incorpore en la escena final, activaremos las unidades de batería para iluminar suavemente a toda la sala.
La comunidad no estará mirando la historia desde fuera; formará parte visible del cuadro.
Clara consultó el reloj de su tablilla y levantó la vista con una media sonrisa resuelta.
—Son las dos y cuarenta. Beatriz estará aquí en veinte minutos.
—Tenemos noventa plazas seguras, dos mil doscientos vatios verificados por Gabriel, un vestuario simplificado y una puesta en escena que aprovecha este almacén en lugar de pelearse con él —dije, mirando a cada uno de ellos—.
Clara, organiza a los voluntarios para empezar a barrer y colocar las sillas según el plano de evacuación.
Tomás, reúne al elenco aquí a las tres y media para marcar las posiciones en el suelo.
Mamá, prepara el perchero único junto a la puerta sur.
Todos se dispersaron de inmediato hacia sus puestos con un ritmo práctico, sin quejas ni titubeos.
Leo y yo nos quedamos un momento junto al caballete central, bajo el rumor persistente del agua golpeando las chapas del techo.
—No es el escenario que querías dirigir —dijo en voz baja, recogiendo su rollo de cinta aislante.
—Tampoco es el que tú querías iluminar —respondí, mirándolo de frente, sin aspereza—. Pero es nuestro festival, y vamos a defenderlo aquí dentro.
Leo asintió con un gesto sobrio, guardó la cinta en el bolsillo de su chaquetón y caminó hacia la puerta de carga para empezar a bajar las matrices sobre el hormigón seco.