Bajo las Luces del Teatro Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

—¿Y si confinamos la acción a los tres metros centrales del proscenio?

—pregunté, señalando las tablas donde la madera aún conservaba un tono claro—.

Desmontamos las canaletas del suelo, alimentamos dos proyectores de bajo consumo con tiradas aéreas desde la cabina y calzamos una tarima auxiliar para que el elenco no pise el piso original.

Gabriel se incorporó despacio, se sacudió el polvo del pantalón y me sostuvo la mirada con la linterna colgando de la mano.

—No se trata de desconectar focos ni de elevar cuatro tablas, Marina.

La humedad relativa dentro de la caja escénica va a superar el noventa por ciento en cuanto anochezca.

La combinación de filtraciones, una instalación antigua y una circulación reducida elimina cualquier margen.

Con el agua corriendo por el conducto bajo el tablado, cualquier derivación menor dejará sin tierra el armazón de hierro del telar.

Si tengo que evacuar a catorce actores a oscuras en mitad de una función, la única salida transitable es la puerta del fondo, y ahora mismo por ese pasillo bajan tres dedos de agua.

Hizo una pausa corta y señaló el charco que empezaba a rodear el anclaje de la embocadura.

—Este escenario no es seguro para mañana. Ni con tres mil vatios, ni con una bombilla de sesenta, ni a oscuras.

Las palabras cayeron con el peso de una sentencia física. Miré las tablas desgastadas, los números desvaídos de las marcas que habíamos medido milímetro a milímetro y la embocadura que durante meses había sostenido la promesa de mi regreso.

Me volví hacia Leo, que permanecía junto a la mesa auxiliar con los dedos apoyados en el borde de la consola desconectada.

—Leo, las matrices de Lumbre tienen aislamiento autónomo —insistí, buscando el resquicio práctico en su terreno—. Si prescindimos de la red del teatro y usamos las baterías del taller, ¿podemos sostener los dos metros de frontal sin tocar un solo cable del edificio?

Leo no miró los planos ni buscó un cálculo tranquilizador. Levantó la vista hacia el techo, donde el goteo repiqueteaba sobre una plancha de zinc combada, y luego me miró de frente.

—No, Marina —respondió con calma—. Las luminarias aguantan la humedad, pero el suelo no.

Si la tarima está empapada y el tabique filtra agua hacia el foso, no puedo garantizar que una carcasa no derive por contacto indirecto.

Y aunque la luz funcionara con baterías, Gabriel tiene razón: no podemos meter a catorce personas a actuar sobre una estructura que no podemos evacuar en seco.

Ningún diseño de iluminación puede cambiar eso.

El portón del vestíbulo se abrió con un chasquido metálico y Beatriz Valdés entró en la sala, sacudiendo el paraguas cerrado antes de enfilar el pasillo central.

Llevaba una gabardina oscura y la cartera bajo el brazo.

Se detuvo en la cuarta fila, junto a Tomás y los actores, que guardaban silencio en las butacas.

—He visto el agua en el callejón al entrar —dijo Beatriz, mirando el charco brillante sobre las tablas y luego a Gabriel—. Son la una y veinte. ¿Cuál es el dictamen de la acometida?

—El escenario principal queda clausurado —respondió Gabriel sin rodeos—. No autorizo el paso de corriente ni el uso de la caja escénica para la clausura.

Beatriz asintió despacio, asumiendo la información con la frialdad de quien calcula pérdidas en un balance.

—En ese caso, no hay margen para especulaciones —concluyó, abriendo su cartera—.

Si el teatro no reúne las condiciones mínimas de seguridad y no existe un espacio alternativo homologado en el municipio dentro del calendario, la única opción responsable es emitir un comunicado a las dos anunciando la suspensión de la función final y el cierre preventivo del festival.

—Llevamos dos semanas dejándonos la piel para este estreno —intervino Tomás, levantándose de la butaca con el rostro encendido—.

El elenco ha memorizado los recortes, el pueblo llenó la sala anoche bajo la lluvia...

Danos margen para evaluar qué puede conservarse de la obra; no podemos mandar a todo el mundo a casa sin darles una función.

—El patronato no puede respaldar una función clandestina ni asumir riesgos civiles, Tomás —atajó Beatriz, con tono firme pero mesurado—. O hay garantías técnicas verificables o se cancela.

Clara, que repasaba su tablilla junto a la barandilla de platea, dio un paso al frente.

—La Nave de los Bastidores está a cubierto —dijo, mirando primero a Beatriz y luego a mí—.

Las cubiertas de chapa se revisaron el mes pasado y la solera de hormigón está seca.

El taller tiene acometida independiente del teatro y el cuadro eléctrico está en la fachada sur, resguardado del viento norte.

—La Nave es un almacén de carpintería y trastos viejos, Clara —señaló Beatriz—. No tiene patio de butacas, no tiene foso, no tiene varas y jamás ha recibido público para una representación formal.

—Pero tiene techo, tiene suelo seco y tiene espacio —respondí, bajando los tres escalones del proscenio para situarme entre Beatriz y el escenario clausurado.

Apreté la barandilla de madera húmeda hasta sentir el frío del barniz en la palma, respiré hondo y solté el aire despacio. La rabia de perder el escenario que había imaginado durante meses no iba a convertirse en una obstinación ciega ni en una retirada dócil.

—No vamos a forzar el Teatro de la Marea contra el criterio técnico de Gabriel —dije, mirando a Beatriz—. Pero tampoco voy a firmar una cancelación a las dos de la tarde sin comprobar sobre el terreno si la Nave puede transformarse en un espacio escénico viable.

Beatriz me observó con atención, sosteniendo la cartera contra el pecho.

—Necesito certezas antes de las tres para avisar a los medios y a los patrocinadores, Marina. Si a las tres no hay un plan técnico y operativo con responsables asignados, el comunicado de suspensión saldrá sin marcha atrás.

—Tendrás los datos a las tres.

Me volví hacia el equipo. Tomás permanecía a la espera con el libreto doblado en la mano; Clara tenía el bolígrafo preparado sobre la tablilla; Inés observaba desde el acceso a camerinos con una cinta métrica colgada del cuello, y Leo aguardaba junto a su consola portátil.

—No vamos a tomar decisiones a ciegas ni a improvisar un parche —anuncié, recorriendo con la mirada a todos—.

Si nos trasladamos a la Nave, será con una función pensada para ese lugar y con la seguridad garantizada al cien por cien.

Necesito una evaluación estricta de cada área en cuarenta y cinco minutos.

Me dirigí primero a Clara.

—Clara, ve a la Nave con dos voluntarios. Mide la superficie útil central, comprueba las puertas de carga como accesos de emergencia y calcula cuántas sillas podemos meter dejando un pasillo de evacuación de metro y medio libre de cables y herramientas.

—Salgo ahora mismo con Mateo —respondió, guardando el cronómetro en el bolsillo.

Miré a Gabriel.

—Gabriel, por favor, acompáñala. Revisa la acometida de la Nave, mide el aislamiento del cuadro secundario y fija el techo de vatios reales que admite esa línea sin depender de generadores exteriores.

Gabriel asintió con un gesto sobrio, tomó su maletín de herramientas y enfiló la salida junto a Clara.

Me volví hacia Leo.

—Leo, necesito un inventario exacto de lo que podemos trasladar en mano desde Estudio Lumbre y desde aquí: luminarias de bajo consumo, baterías auxiliares y extensiones estancas.

Sin varas altas ni efectos complejos. Quiero saber qué podemos iluminar a ras de suelo sin sobrecargar el límite que marque tu padre.

—Reviso el material del taller y preparo el esquema de carga mínima —dijo Leo, cerrando la tapa de su consola con un clic limpio.

—Tomás —continué, acercándome a la primera fila—, reúne al elenco en el vestíbulo seco. Revisa el texto con ellos y marca qué escenas pierden sentido si no hay desniveles ni salidas laterales largas. Necesito saber qué desplazamientos pueden comprimirse a un espacio frontal y cercano.

—Nos ponemos a ello de inmediato —asintió Tomás, haciendo una seña a Carmen y Andrés para que lo siguieran.

—Mamá —dije, mirando a Inés—, los dobladillos que hilvanaste esta mañana van a ser indispensables si el público está a metro y medio de los actores. Revisa qué cambios rápidos de vestuario podemos eliminar para que nadie tenga que correr por zonas oscuras.

—Tengo los percheros listos para moverlos en cuanto Clara dé paso —respondió mi madre, asintiendo con serenidad antes de volver al pasillo.

El patio de butacas quedó despejado a medida que cada uno asumía su tarea. En el escenario, el agua continuaba resbalando por la mampostería, trazando un mapa oscuro sobre la madera que ya no íbamos a pisar.

Beatriz consultó su reloj de pulsera.

—A las tres en punto en la Nave, Marina.

—A las tres.

Beatriz salió por el vestíbulo principal.

Me quedé un segundo frente a la embocadura vacía, escuchando el crujido de las vigas bajo el viento y el goteo sordo contra el foso.

Guardé mi libreta bajo el abrigo, le pasé el cerrojo a la puerta lateral del Teatro de la Marea y eché a andar hacia el callejón bajo la lluvia.

Crucé el callejón con el cuello del abrigo subido contra las rachas de agua y empujé la puerta corredera de la Nave de los Bastidores.

El portón de chapa chirrió sobre su carril antes de cerrarse a mi espalda, amortiguando el bramido del mar pero dejando entrar el estruendo constante de la lluvia contra la cubierta metálica.

El aire dentro olía a serrín seco, pintura vieja y polvo de madera prensada.

Clara ya estaba en el centro de la nave con la cinta métrica desplegada en el suelo y la tablilla bajo el brazo.

A pocos metros, Mateo apartaba con una palanca dos tableros de contrachapado apoyados contra el muro sur, mientras Gabriel inspeccionaba con la linterna de trabajo el cuadro secundario empotrado junto a la puerta de carga.

Me acerqué a Clara esquivando un banco de carpintero cubierto de herramientas.