Capítulo 17
Cuando el escenario deja de ser seguro
Marina Soler
El olor a lana empapada de la noche anterior todavía flotaba en el vestíbulo cuando empujé la puerta lateral del Teatro de la Marea. Afuera, el mar golpeaba con un bramido sordo contra los bloques del malecón y una lluvia espesa, casi horizontal, azotaba las cristaleras altas del edificio.
Clara estaba en la platea, con dos termos de café y varias toallas extendidas sobre los primeros respaldos de madera.
—Los partes de sala dan trescientas ochenta entradas picadas anoche —dijo en cuanto me vio colgar el impermeable—.
Ninguna queja en taquilla y los comentarios a la salida fueron buenos.
Pero la canaleta del callejón este ha rebosado hace media hora y el agua empieza a entrar en el umbral de los camerinos.
Dejé la libreta sobre la mesa técnica. El impulso de bajar corriendo al sótano me tensó los hombros; apoyé los dedos en el tablero y respiré hondo antes de mirar el plano del edificio que Clara mantenía abierto.
—No vamos a improvisar carreras. Clara, asume tú el control de accesos y la circulación. Si la entrada este filtra, clausúrala y desvía al elenco por el vestíbulo principal. Reorganiza los horarios de la tarde para escalonar las llegadas; no quiero a nadie acumulado en los pasillos húmedos.
Clara asintió y marcó la ruta alternativa con rotulador rojo.
Tomás subió por la escalera del foso, quitándose la boina húmeda.
—El elenco viene animado por los aplausos de anoche, Marina. Quieren probar la escena dos entera para afinar el tempo que recortamos.
—Mantenlos en el patio de butacas repasando texto hasta que terminemos la revisión técnica —le pedí—. Que nadie suba a la tarima con calzado de calle mojado. Si tenemos que ajustar movimientos sobre la marcha, necesitaré que estén atentos y dispuestos a recortar marcas sin discutir cada metro.
—Entendido. Me quedo con ellos en la cuarta fila —dijo Tomás, retrocediendo hacia los primeros bancos.
A pocos metros, Leo y su padre revisaban la consola portátil y el armario de acometida.
Leo vestía el chaquetón oscuro con las mangas remangadas y sostenía una linterna de haz fino; Gabriel, con el ceño fruncido y los cascos de protección al cuello, retiraba la tapa metálica del lateral con un destornillador aislado.
Me acerqué a su puesto sin invadir el espacio de trabajo.
—¿Cómo ha respondido la línea durante la noche? —pregunté.
—La condensación no ha bajado —respondió Gabriel sin volverse, señalando con la punta de la herramienta la pletina central—.
El cuadro aguantó los dos mil cuatrocientos vatios del estreno porque el viento soplaba del suroeste.
Ahora ha rolado a norte puro y empuja agua directamente contra la junta del tejado sobre la vara dos.
Si la humedad alcanza las guías del telar, la derivación no avisará: saltará el diferencial general.
—No tocaremos los circuitos altos —intervino Leo, mirándome—.
He desconectado físicamente las mangueras de las varas tres y cuatro.
Trabajaremos únicamente con las matrices de bajo consumo de Estudio Lumbre a nivel de suelo y las líneas alimentadas desde la fase secundaria seca.
Las canaletas están calzadas sobre tacos de goma para evitar cualquier charco superficial.
—Mantén todas las conexiones a medio metro del suelo como mínimo —le indiqué—. Si Gabriel detecta una sola décima de subida en la temperatura del armario, se corta el ensayo de inmediato.
—Ese es el límite —asintió Leo, anotando la cifra en su cuaderno antes de comprobar el aislamiento de los conectores estancos.
En el pasillo de acceso a vestuario, mi madre extendía perchas sobre una barra metálica alejada de la pared exterior. Tenía una cesta con retales secos y un par de rollos de plástico transparente.
—He apartado los vestidos de lino crudo, Marina —me dijo en cuanto me vio llegar—. Con esta humedad, el tejido absorbe peso y se arrastra. Si el agua roza los bajos de las faldas, no habrá forma de secarlas para mañana. Voy a hilvanar un dobladillo provisional de cuatro dedos en cada una.
—Hazlo, mamá. No revisaré las costuras; confío en tu criterio para que no entorpezca el paso de las actrices.
Inés me miró con una sombra de sorpresa templada y asintió antes de enhebrar la aguja.
Mi teléfono vibró sobre la mesa auxiliar. El nombre de Beatriz Valdés parpadeaba en la pantalla. Descolgué y me llevé el aparato al oído mientras caminaba hacia el centro del patio de butacas.
—Marina —la voz sonaba nítida sobre el rumor lejano de una oficina—.
He leído los informes preliminares de anoche.
La respuesta del público fue sólida y el patronato aprecia que hayáis salvado la función inaugural sin suspensiones.
Sin embargo, los partes para mañana son peores.
Necesito una previsión cerrada antes de las dos para la prensa y los patrocinadores: ¿mantenemos el escenario principal para la clausura o anunciamos cambios de formato?
Miré hacia la embocadura, donde la madera crujía bajo la presión del viento exterior.
—No voy a darte una confirmación que todavía no tengo, Beatriz —respondí con firmeza mesurada—. El estreno funcionó porque aplicamos un protocolo de carga mínima y la estructura resistió. Pero el temporal ha cambiado de dirección y evaluamos el comportamiento de las filtraciones en tiempo real.
—La comisión exige certezas, Marina. La adecuación que pretendemos consolidar requiere estabilidad.
—La única certeza profesional ahora mismo es que no pondré en riesgo al elenco ni al público por emitir un comunicado prematuro —dije—.
Clara tiene controlados los accesos, Gabriel mide el cuadro cada hora y Leo mantiene los equipos en suelo seco.
A la una y media te enviaré un parte con datos técnicos verificados.
Hasta entonces, la programación sigue bajo evaluación estricta.
Hubo una pausa breve al otro lado de la línea.
—Espero ese informe a la una y media —dijo Beatriz antes de colgar.
Guardé el teléfono y subí los tres escalones del proscenio. Tomás ya había colocado a Carmen y Andrés en las marcas frontales, respetando el cono de luz de la bombilla de trabajo y los dos laterales bajos que Leo había alineado a ras de tarima.
—Vamos a pasar el monólogo de Carmen y la entrada del coro —anuncié desde el borde de la escena—. Sin carreras. Si sentís humedad en los pies o notáis que la luz mengua, no os detengáis en seco, pero no avancéis más allá de la cinta amarilla.
Tomás dio la entrada. Carmen comenzó su parlamento con voz firme, sosteniendo la mirada hacia la penumbra de la sala. El coro inició su avance desde el lateral derecho, con pasos cortos y sincronizados, tal como habíamos ensayado la víspera.
La escena fluía con una tensión contenida que sostenía el espacio.
Entonces sonó un chasquido sordo en la parte alta del lateral izquierdo.
No fue un trueno ni el golpe del viento, sino el crujido metálico de una junta cediendo en el canalón exterior.
Dos segundos después, un hilo fino de agua empezó a escurrir por la mampostería, filtrándose tras el bastidor negro y cayendo en un goteo continuo sobre la tarima, a menos de un metro de la canaleta protegida donde reposaba la alimentación del foco lateral.
Carmen no se detuvo; alzó el volumen para sobreponerse al ruido de las gotas. Tomás me miró desde la platea, aguardando mi indicación.
Leo dio un paso hacia la consola, con los ojos fijos en la línea de agua que empezaba a extenderse en un charco fino hacia el proscenio.
Quedaban apenas diez versos; la línea estaba aislada y el agua aún no tocaba los tacos de goma. Bastaba un minuto para cerrar el bloque.
—¡Alto! —ordené, levantando el brazo derecho—. Se corta el ensayo. Todo el mundo fuera del escenario, ahora mismo.
Carmen interrumpió el verso a mitad de palabra. El coro se detuvo en seco.
—Marina, estábamos a punto de cerrar la transición —protestó Andrés, bajando los brazos—. El agua no está tocando los cables.
—No vamos a esperar a que los toque —respondí sin levantar el tono, pero sin admitir réplica—. Bajad despacio por la escalera derecha hacia el patio de butacas. Nadie pisa la zona húmeda.
Tomás asintió con gravedad y comenzó a guiar al grupo fuera de la tarima.
—Haced caso a la dirección. Todos abajo, con calma.
Leo no discutió la orden ni intentó salvar el lateral. En cuanto el último actor pisó la platea, accionó el interruptor de la consola y desconectó la fase secundaria con un movimiento limpio.
—Línea lateral sin tensión —anunció.
Gabriel se acercó al borde del foso con la linterna encendida, iluminando la grieta por donde el agua resbalaba ya con un flujo constante hacia las tablas del escenario principal.
El silencio que cayó sobre la sala fue denso, roto únicamente por el martilleo incesante de la lluvia contra el tejado del Teatro de la Marea.
El haz de la linterna de Gabriel cortó la penumbra y se fijó en la veta oscura que se ensanchaba entre dos tablones del suelo.
El goteo ya no era una filtración aislada: el agua resbalaba en un hilo constante por el revoco del muro este, lavando el polvo viejo de la mampostería antes de acumularse en el canal donde descansaban las guías de contrapeso.
Gabriel no se apresuró. Apoyó una rodilla en el borde seco del foso, repitió la medición con la sonda del multímetro sobre la chapa de fijación de la vara dos y comprobó la línea. Luego dirigió la luz hacia el pasillo de servicio que conectaba la embocadura con la salida de emergencia del fondo.
—El canalón ha reventado por la junta central —dijo con voz seca, guardando la sonda en el estuche sin levantarse—.
El agua baja por el interior del tabique y cae directa al hueco de las mangueras maestras.
Aunque desconectemos los laterales y las varas altas, la humedad ya ha entrado en los tubos corrugados empotrados bajo el piso del escenario.
Subí dos peldaños hacia la embocadura y me detuve a un palmo de la cinta amarilla que delimitaba la zona mojada.