Capítulo 16 #3
—La humedad relativa está en el ochenta y cuatro por ciento —dijo en voz baja, apoyando los nudillos sobre el borde de madera de la mesa técnica—.
La línea tres se mantiene en tres miliamperios de fuga.
Puedes arrancar en nivel dos, pero si el viento empuja agua por el testero norte durante la función, la temperatura del armario va a subir.
Tienes dos mil setecientos vatios de techo. Si tocas una sola tecla de más, corto.
—Dos mil cuatrocientos programados para el arranque —respondí, mostrándole la columna fija en la pantalla—. Sin ciclorama y sin varas altas.
Gabriel miró las cifras, asintió una sola vez y se retiró hacia el foso técnico.
Clara apareció por el pasillo lateral con el walkie pegado a la oreja y la tablilla bajo el brazo.
—Aforo al noventa por ciento —anunció, inclinándose hacia mí—. Doña Elena y el presidente de la cofradía están en la fila cuatro. Beatriz Valdés acaba de sentarse en la sexta con dos técnicos del patronato. Marina está en la embocadura dando el último aviso a Tomás.
Miré hacia el escenario. Entre el telón entreabierto, Marina comprobaba la posición de la bombilla de guardia suspendida sobre el proscenio.
Llevaba el pelo recogido y la camisa oscura de los días de estreno.
Levantó la vista hacia el fondo de la platea, me localizó en la penumbra tras la consola y sostuvo la mirada.
Le mostré dos dedos: nivel dos listo para sala.
Ella respondió con un asentimiento limpio y bajó los escalones hacia la primera fila para ocupar su puesto de dirección.
—Puertas cerradas —dijo Clara por el micro auricular—. Tres minutos para el inicio.
Ajusté los potenciómetros maestros. A las ocho en punto, empujé la palanca de sala a negro y subí el primer bloque de proscenio.
El escenario no se abrió con el resplandor azul y la profundidad marina que habíamos proyectado meses atrás en las carpetas de diseño.
La luz que bañó a los catorce intérpretes era un ámbar contenido, rasante, procedente de las matrices bajas de Lumbre.
El fondo permanecía en una penumbra austera, convirtiendo la tarima en un espacio apretado donde cada respiración del elenco se escuchaba con una nitidez casi descarnada.
Andrés pronunció el parlamento inicial. Su voz llenó la sala sin esfuerzo y el público guardó un silencio denso.
En el lateral, Carmen aguardaba su entrada.
La atenuación programada sobre su hombro funcionó con la suavidad que habíamos ajustado en la maqueta, dibujando su silueta contra la madera oscura sin exigir un solo vatio a las líneas altas.
Durante los primeros veinte minutos, el montaje respiró con solidez. El ritmo que Marina había reconstruido compensaba la falta de vuelo escénico: los movimientos eran cortos, firmes y deliberadamente cercanos.
Entonces el viento arreció desde el cantil.
Una ráfaga violenta golpeó la claraboya del testero norte.
Por encima del texto se escuchó el crujido metálico de los canalones y, de inmediato, un parpadeo microscópico en la pantalla de la consola me avisó de una fluctuación en la fase secundaria: el sensor térmico del cuadro de Gabriel acababa de registrar un salto de temperatura.
En el lateral izquierdo, Clara encendió la linterna roja y dirigió el haz hacia el suelo, donde solo Marina y yo podíamos distinguirlo.
No hubo titubeos. Marina alzó la mano derecha desde la primera fila, manteniéndola visible contra el respaldo de su butaca.
La escena coral entraba en su tercio final. Andrés terminaba su réplica y el coro iniciaba el avance en semicírculo hacia el proscenio. Era el momento previsto en el ensayo: no improvisar un parche vistoso ni intentar sostener los laterales a costa de sobrecargar el circuito.
Esperé a que los catorce actores cerraran la formación en torno a Carmen. En el instante exacto en que sus voces se fundieron en el susurro colectivo, bajé los canales auxiliares en un fundido de un segundo.
El ámbar de los laterales se extinguió.
El escenario quedó reducido a su mínima expresión: la bombilla de sesenta vatios colgando desnuda en el centro y los dos módulos frontales de seguridad a ras de suelo. La penumbra engulló el resto del espacio.
En el patio de butacas se produjo una pausa contenida. Nadie tosió ni se revolvió en el asiento. Carmen, plantada bajo el cono directo de la lámpara de guardia, no dio un solo paso en falso. El coro cerró filas a su alrededor, hombro con hombro, dentro de ese círculo de luz cruda.
Sin cicloramas ni fondos marinos, la escena se concentró en la respiración de los catorce cuerpos apretados sobre la tarima. Cuando Carmen remató la última frase y la bombilla bajó lentamente hasta el negro final, la sala tardó dos segundos enteros en romper el silencio.
Fue un aplauso cerrado, cálido, que nació en las primeras filas y ganó todo el patio de butacas.
Encendí la luz general de sala al cuarenta por ciento para el saludo.
El elenco, con Tomás al frente y los rostros todavía marcados por la tensión, dio un paso adelante bajo el resplandor modesto.
Marina permaneció de pie junto a su butaca, aplaudiendo con las manos bajas y la mirada fija en sus actores.
Cuando el público comenzó a desfilar hacia el vestíbulo entre comentarios animados sobre la fuerza del montaje, Beatriz Valdés se levantó de la fila seis y caminó por el pasillo central hacia la mesa de control. Llevaba el abrigo sobre los hombros y la libreta de notas cerrada en la mano.
Marina se unió a nosotros antes de que Beatriz llegara a la altura de la consola.
—Puntualidad absoluta y una sala llena que no ha pestañeado —dijo Beatriz, deteniéndose frente a la mesa con tono profesional—. El público local ha respondido mejor de lo que esperaba con una propuesta tan austera.
—El elenco ha sostenido el peso donde correspondía —apuntó Marina.
Beatriz asintió despacio y clavó los ojos en la pantalla de consumos, donde el gráfico de carga mostraba la caída brusca a mitad de la función.
—Habéis salvado el estreno, pero esto dista mucho del impacto visual que presentamos a la comisión —dijo, mirándome—.
La iluminación ha sido casi testimonial en el segundo acto.
¿Podemos garantizar que este formato reducido tenga suficiente fuerza para las siguientes funciones y justifique la inversión de patrocinio que pretendemos consolidar?
Miré el teclado de la consola, donde descansaba la hoja de consumos firmada con Gabriel y Marina. La tentación de prometerle que para el sábado recuperaría el ciclorama y los recortes cobalto cruzó por mi mente durante un segundo, como un viejo reflejo de supervivencia.
La aparté de inmediato.
—No vamos a forzar la instalación mientras la humedad ronde el ochenta por ciento, Beatriz —respondí con voz templada—.
El cuadro de acometida está al límite de su aislamiento.
La función ha salido adelante porque trabajamos con un margen seguro de dos mil cuatrocientos vatios y porque Marina adaptó la puesta en escena para que la falta de luz en el fondo jugara a favor del texto, no en su contra.
Beatriz enarcó una ceja.
—El contrato de adecuación de Lumbre y la continuidad del festival exigen proyección, Leo. No podemos cerrar la semana vendiendo una obra en penumbra si el temporal amaina.
—Si el temporal amaina y Gabriel autoriza la carga, ampliaremos los niveles —intervino Marina, dando medio paso al frente para quedar en la misma línea que yo—.
Pero la decisión artística y la seguridad del teatro no van a depender de maquillar los riesgos.
La solución sirvió a la obra y protegió al elenco.
Esta noche el festival ha demostrado solvencia precisamente porque no hemos fingido tener recursos que el edificio no puede sostener.
Beatriz nos observó a los dos en silencio durante un instante largo. No había condescendencia en su gesto, pero tampoco cedió terreno con facilidad.
—El patronato evaluará los partes de sala de todo el fin de semana —concluyó, guardando el bolígrafo en el bolso—. Mañana a primera hora quiero el informe conjunto de incidencias en mi correo.
Se despidió con una inclinación de cabeza y caminó hacia la salida principal, donde Clara coordinaba la marcha ordenada del público bajo la llovizna.
Marina y yo nos quedamos solos frente a la consola.
—Buen trabajo en el fundido —dijo ella, apoyando una mano en el lateral de la mesa técnica—. Entró en el segundo exacto.
—El mérito fue del coro —respondí mientras comenzaba a bajar los magnetotérmicos de la mesa auxiliar—. No dudaron ni un milímetro.
—Fue de todos —corrigió ella con serenidad.
Cerré la tapa de la consola portátil y giré la llave de desconexión.
La función inaugural estaba a salvo, pero la tormenta seguía golpeando los cristales altos del teatro y el fin de semana apenas acababa de empezar.
Renunciar al artificio me había costado el lucimiento que antes creía indispensable para justificar mi presencia aquí; sin embargo, al mirar el escenario en silencio bajo la penumbra de guardia, entendí que asumir ese límite junto a Marina era el primer terreno firme sobre el que de verdad podía quedarme.