Capítulo 16 #2
—Si la humedad sube o el viento compromete las líneas altas, la luz no se va a apagar de golpe, pero sí va a menguar —dije, mirando a Carmen y luego a Andrés—.
El diseño tiene tres niveles de seguridad.
Si pasamos del nivel dos al nivel uno, perderéis el fondo y los recortes laterales.
Lo fundamental es esto: nadie busca el foco.
No quiero a nadie estirando el cuello ni acortando el paso para meterse en un haz que ya no existe.
Vosotros continuáis el texto en la zona útil de proscenio; la luz se simplificará a vuestro alrededor.
Tomás asintió y palmeó el hombro de Sofía.
—Lo habéis oído —dijo Tomás—. Si el teatro se queda en penumbra detrás de vosotros, la obra no se ha roto; simplemente se ha vuelto más estrecha. Nosotros mandamos sobre la tarima, no los vatios.
—Probemos la transición del cuadro dos —indicó Marina, retrocediendo hacia la primera fila de butacas con el cuaderno en la mano—.
Nivel dos activo: Carmen inicia su parlamento en el centro y el coro entra por el foro izquierdo.
Clara, cuando marque el minuto tres, simulas aviso crítico de Gabriel.
Leo, pasas a nivel uno en el cierre del coro.
Regresé a la consola portátil situada en la mesa auxiliar del pasillo.
Verifiqué las lecturas: la línea de bajo consumo marcaba dos mil seiscientos vatios estables.
Empujé los potenciómetros maestros del nivel dos y el escenario se tiñó de un ámbar cálido y rasante, dejando a Carmen recortada contra la penumbra de las tablas.
—¡Vamos desde la réplica de Andrés! —ordenó Marina.
El ensayo arrancó. Andrés pronunció sus líneas con aplomo y Carmen comenzó su avance hacia el proscenio. La escena fluía con el compás exacto que habíamos medido. Al llegar al minuto tres, Clara levantó la linterna roja desde la cabina de acceso.
Marina alzó la mano derecha en el patio de butacas.
No toqué la mesa de inmediato. Esperé a que el coro avanzara los cuatro pasos en cuña y envolviera a Carmen en el centro, tal como habíamos acordado en el mirador. En el instante exacto en que las voces doblaron la estrofa, bajé los canales auxiliares en un segundo de fundido limpio.
El fondo del ciclorama desapareció en un negro rotundo. Los laterales altos se extinguieron. Solo quedaron los dos módulos bajos de proscenio y la bombilla de guardia colgando sobre sus cabezas, proyectando una luz cruda y directa sobre los catorce rostros.
Carmen no vaciló. Apoyó la mano en el brazo de Tomás y remató el monólogo con un susurro que rebotó con nitidez en las paredes de madera. El coro mantuvo el semicírculo sin dar un solo paso en falso hacia la sombra.
—¡Corten! —gritó Marina desde la platea. Se levantó de la butaca y subió los tres peldaños hacia las tablas—. Tomás, el movimiento de repliegue ha quedado largo. Al perder el recorte cobalto del fondo, los dos últimos pasos de Sofía parecen una fuga al vacío.
—Sofía estaba buscando la referencia del bastidor norte —explicó Tomás.
—No hay bastidor que valga si está a oscuras —corrigió Marina, situándose junto a la actriz—.
Si entramos en nivel uno, Sofía, no retrocedes en diagonal.
Te fijas en el hombro de Carmen y cierras el semicírculo dos palmos más adelante.
Así la bombilla de proscenio te sostiene la mirada sin forzar el tiro.
Me mantuve junto a la consola con los dedos sobre el teclado de memorias. Podía haber reasignado un canal lateral de reserva para rellenar ese hueco oscuro en el lateral izquierdo, pero eso habría sumado trescientos vatios a la línea vulnerable. Esperé la indicación de Marina.
Ella se giró hacia mí desde el centro del escenario.
—Leo, ¿el nivel uno cubre ese nuevo punto si Sofía se adelanta medio metro?
—Cubre limpio —respondí—. El haz del módulo bajo abre hasta el borde de la embocadura. Pero si lo modificamos, tengo que fijar el canal en la memoria básica para que no dependa de ningún potenciómetro manual.
—Fíjalo —autorizó Marina—. Sofía entra ahí.
Tecleé la instrucción en la consola y guardé el bloque de seguridad.
Una ráfaga de viento violenta sacudió los testeros altos del teatro. Las cristaleras vibraron con un zumbido áspero y, por la puerta lateral que daba al callejón, el aire húmedo empujó una cortina de agua pulverizada que amenazó con mojar el suelo del acceso.
Clara corrió hacia la salida, forcejeó contra el viento y atrancó el cerrojo de hierro con un golpe seco.
La cancela quedó sellada, pero con ella se extinguió el resplandor grisáceo de la tarde que hasta ese momento se filtraba por las rendijas altas y ayudaba a perfilar las entradas de los actores por el lateral derecho.
En el escenario, el cambio fue instantáneo: la calle derecha quedó sumida en una oscuridad total.
El viejo hábito me tensó la nuca: pulsar la combinación de emergencia en la consola, subir la ganancia de la línea dos al noventa por ciento y compensar la falta de luz antes de que nadie notara el desfase.
Aparté la mano del panel de mandos.
—Marina, Tomás —llamé con voz firme, acercándome al borde del foso para que no tuvieran que adivinar el problema—. Al trancar la puerta lateral hemos perdido la claridad natural del pasillo exterior. La entrada del coro por la derecha no tiene visibilidad de paso antes de pisar el proscenio.
Tomás frunció el ceño y miró hacia el rincón en sombras.
—Si no ven el escalón de acceso, alguien va a tropezar antes de entrar en escena.
—No puedo subir los proyectores de apoyo sin superar los dos mil ochocientos vatios que marcó Gabriel —añadí, mirando directamente a Marina—. Si queremos luz ahí dentro, tendría que apagar el lateral de Carmen.
Marina bajó la vista hacia el suelo de madera, midiendo mentalmente las distancias.
—No vamos a tocar el lateral de Carmen ni a forzar el cuadro —resolvió—.
Tomás, cambiaremos el punto de partida. En lugar de entrar desde la oscuridad del pasillo lateral, el coro ya estará colocado en el proscenio cuando comience el cuadro, sentado en la tarima baja bajo la bombilla de guardia.
Carmen no los llamará desde la distancia: se levantarán desde el propio grupo.
Tomás parpadeó, procesando la imagen.
—Eso rompe la sensación de lejanía... pero hace que parezcan un solo cuerpo desde el primer verso.
—Probémoslo —dijo Marina.
El elenco ocupó la nueva posición. Sentados sobre el proscenio, bajo la luz desnuda de la bombilla de sesenta vatios, los catorce actores formaban una masa compacta. Cuando Carmen dio la réplica, el coro se incorporó al unísono con una presencia casi solemne.
No había el despliegue técnico ni la profundidad marina que Beatriz Valdés había imaginado en las presentaciones del patronato, pero la escena ganaba una crudeza limpia.
—Funciona —dijo Marina desde la platea, con un hilo de voz que apenas compitió con el rumor de la lluvia en el tejado—. Funciona mejor que con la entrada larga.
Clara miró su cronómetro y anotó la marca en la tablilla.
—Siete minutos ganados en el cambio y consumo clavado en dos mil cuatrocientos vatios —anunció—. Diez minutos de descanso para el elenco. Inés tiene toallas secas en el vestuario.
Los actores rompieron la formación entre suspiros de alivio y comentarios animados y bajaron en grupo hacia los camerinos. Tomás acompañó a Sofía mientras le corregía una última inflexión de voz.
Marina bajó del escenario y caminó hacia la mesa técnica. Se quitó el abrigo húmedo, lo colgó del respaldo de una butaca y abrió su libreta junto a la mía. Tenía el pelo ligeramente encrespado por el salitre y una mancha de grafito en el dorso de la mano izquierda.
—Tengo apuntadas cuatro variantes para la escena tres, dos para el coro y tres protocolos de evacuación de cableado —dijo, repasando las hojas cubiertas de esquemas y tachaduras.
Miré los papeles y luego la esquina de la mesa, donde descansaba un único paraguas plegable con una varilla partida que Clara había dejado apoyado en una silla.
—Y tenemos un paraguas para catorce personas —observé en voz baja.
Marina levantó la vista de las notas, miró el paraguas destartalado y dejó escapar una risa corta, limpia, que desarmó por un segundo la gravedad del teatro.
—Clara dice que el arte comunitario consiste en repartir la humedad equitativamente.
—Gabriel diría que es una temeridad sin aislamiento —respondí, sonriendo apenas.
Ella cerró la libreta despacio, apoyando los dedos sobre la cubierta de cartón, y sostuvo la mirada sin acortar la distancia que separaba nuestras sillas.
—El plan del nivel uno aguanta, Leo —dijo, recuperando el tono profesional pero con la mirada firme—. La función de mañana no será perfecta, pero no se nos va a caer encima.
—Estará donde tiene que estar —asentí, guardando los datos en la memoria de la consola.
Afuera, la lluvia arreció contra las cristaleras altas del Teatro de la Marea, mientras el escenario en penumbra quedaba listo para resistir el primer embate de la noche.
El zumbido de los equipos se apagó bajo el estrépito del agua contra el tejado de zinc. Marina recogió su libreta de la mesa auxiliar, asintió con sobriedad y enfiló el pasillo hacia los camerinos para despachar al elenco.
Veinticuatro horas después, el rumor de la lluvia no había cedido, pero el patio de butacas ya no estaba vacío.
El olor a lana mojada, salitre y paraguas escurriendo en los paragüeros llenaba la sala del Teatro de la Marea. A través de las cortinas del vestíbulo se oía el murmullo denso de los vecinos ocupando sus asientos: saludos apresurados y el crujido continuo de las butacas abatibles de madera.
Me incliné sobre la consola al fondo del pasillo central. La pantalla mostraba las lecturas en tiempo real. En el lateral, Gabriel acababa de cerrar la tapa del cuadro de acometida tras su última comprobación y se acercó a mi posición con el multímetro en el bolsillo del chaquetón.