Capítulo 15 #3
Bajamos la senda del mirador a paso vivo mientras el temporal arreciaba a nuestras espaldas. Cuando empujamos la puerta lateral del Teatro de la Marea, el contraste del aire cerrado y el crujido de la madera nos envolvieron de golpe.
Clara estaba en la platea, junto a la mesa de control, marcando una lista de cotejo con rotulador fluorescente. A pocos metros, Gabriel terminaba de ajustar el cerrojo de la caja de fusibles del lateral.
—El último parte de Capitanía sube las rachas a ochenta kilómetros por hora para mañana a las ocho —anunció Clara en cuanto nos vio entrar—.
Tenemos agua garantizada desde las cinco de la tarde.
Si vamos a mantener la función inaugural, necesito el protocolo de contingencia cerrado antes del mediodía.
Leo y yo nos acercamos a la mesa. Dejé mi libreta de dirección sobre el tablero y él desplegó el croquis de consumos que habíamos revisado antes de subir al mirador.
—Vamos a mantener la inauguración en el escenario principal, pero con un diseño de consumo reducido —expuse, mirando a Clara y luego a Gabriel—.
Gabriel ha fijado el límite seguro de la acometida en tres mil quinientos vatios si la humedad supera el ochenta por ciento en sala.
Todo el montaje del viernes se va a ajustar a esa cifra.
—He aislado la vara tres y los proyectores cenitales del ciclorama —explicó Leo, señalando las líneas rojas del esquema técnico—.
Esos circuitos quedan desconectados para evitar derivaciones si entra condensación por la claraboya norte.
El estreno se sostendrá únicamente con los laterales bajos, las luminarias de bajo consumo y la bombilla de trabajo del proscenio.
Clara repasó las columnas con la mirada.
—Eso reduce el impacto visual de la entrada del coro a la mitad. ¿Tomás sabe que perdemos el fondo cobalto?
—Hablé con él antes de subir —respondí—.
Reorganizaremos las marcas del elenco para que la acción se concentre en los dos primeros metros de proscenio, donde la luz permanece estable.
Si perdemos volumen en el fondo, compensaremos con ritmo e intensidad interpretativa.
Tomás asume la adaptación de los desplazamientos y yo mantengo la dirección escénica.
—¿Y los plazos de intendencia? —preguntó Clara, bolígrafo en alto.
—Se establecen revisiones meteorológicas y de humedad cada dos horas a partir de las seis de la mañana —dijo Leo—.
Clara, tú coordinas la seguridad de accesos, el flujo de público y las lonas del patio de carga.
Si Gabriel detecta condensación en las pletinas o la temperatura del armario supera los treinta y ocho grados, se baja la carga al nivel mínimo sin discusión artística previa.
La seguridad del edificio y del elenco manda sobre cualquier efecto escénico.
Gabriel, que escuchaba desde el borde del proscenio con el trapo en la mano, asintió brevemente hacia su hijo y cerró la tapa metálica con un chasquido.
—Ese planteamiento no va a quemar la línea —dijo antes de enfilar el pasillo hacia los camerinos—. Tenéis los tres mil quinientos vatios mientras el agua no toque las arquetas exteriores.
Clara anotó las directrices en su tablilla, firmó la cabecera y nos miró con expresión resuelta.
—Paso el aviso al equipo de tramoya para asegurar lonas y reparto las nuevas marcas de vestuario a Inés. Tomás tiene al coro listo en el escenario para probar la entrada compacta.
Cuando Clara se alejó hacia el fondo de la sala, Leo se volvió hacia la embocadura y observó la vara dos, donde un proyector de recorte lateral colgaba a cuatro metros de altura, cerca de la unión del muro con la claraboya.
—Marina —llamó en voz baja.
Me acerqué a su lado.
—Dime.
—La filtración del canalón norte suele escurrir hacia la escuadra derecha de esa vara —señaló el punto exacto con la linterna—.
Si desmontamos ese proyector ahora, eliminamos por completo el riesgo de cortocircuito en la línea de Carmen, pero perdemos el tiro lateral que le dibuja el perfil en el monólogo.
Si lo dejamos hasta mañana, tendremos que vigilar la condensación minuto a minuto durante la pasada.
Guardó silencio y mantuvo la linterna fija en la estructura metálica, esperando mi respuesta sin tomar la herramienta ni decidir por su cuenta.
Abrí mi cuaderno, verifiqué las notas de posición que habíamos ajustado para Carmen y calculé la cobertura del foco de bajo consumo que descansaba en la calle izquierda.
—Desmóntalo ahora —dije, mirándolo a los ojos—. No vamos a jugarnos un corte de luz en mitad del parlamento por conservar un contraste. Traigo a Carmen cuarenta centímetros hacia el centro del proscenio y Tomás abrirá el semicírculo del coro para que la luz cenital compartida le cubra el giro.
Leo asintió sin vacilar.
—Bajo la vara y desconecto la línea antes de que entre el elenco —respondió.
Caminó hacia el cabrestante manual del lateral, liberó el freno y empezó a hacer descender la estructura con un movimiento constante y medido.
A través de las cristaleras altas del teatro, el cielo sobre Puerto Escondido viró hacia un tono plomo oscuro; dentro, la vara tocó las tablas con un golpe seco mientras esa confianza todavía frágil empezaba a convertirse en una práctica verificable.