Bajo las Luces del Teatro Capítulo 15 #2
65%

Capítulo 15 #2

—Tres días antes de marcharme, la compañía de la capital me ofreció la plaza de técnico titular para la gira nacional —dijo, mirando hacia las escolleras—.

Me dieron setenta y dos horas para confirmar y presentarme en la sede.

Era la oportunidad técnica que llevaba años esperando, la primera vez que alguien me ofrecía diseñar fuera del circuito local con presupuesto real.

El viento le desordenó el pelo, pero él no hizo el menor gesto por apartárselo.

—Quería aceptarla. Pero decirte que me iba significaba tener que sentarme contigo y admitir que no sabía cuándo iba a volver, ni qué pasaba con lo que estábamos empezando a construir nosotros dos fuera del teatro.

Tuve miedo de que me pidieras una certeza que yo no tenía, o de prometerte algo que no iba a poder cumplir.

Apreté las palmas contra la barandilla. El frío del hierro húmedo me caló la piel a través del salitre.

—En lugar de hablarlo de frente —continuó Leo, girando despacio el rostro hacia mí—, fui dejando pasar las horas.

Me convencí de que era más limpio esperar a tener los billetes en la mano para no marearte con dudas, que una despedida rápida en el andén te ahorraría semanas de preguntas.

Dejé correr el tiempo hasta que la hora del tren llegó y me fui sin decir nada que tuviera peso real.

Hizo una pausa breve. El sonido de una ola rompiendo contra las rocas bajas llenó el silencio entre los dos.

—La prisa de la compañía era real y el plazo era de tres días, Marina.

Pero la prisa no subió al tren por mí. La decisión de callar y dejar que te enteraras cuando el vagón arrancaba fue mía.

No me atreví a sostenerte la mirada y preferí que cargaras tú sola con la tarea de entender por qué me había ido, antes que asumir yo la responsabilidad de decírtelo.

No había dramatismo en su tono ni inflexiones calculadas para provocar compasión; exponía los hechos con una sobriedad limpia, despojada de disculpas.

—Y aquí he hecho exactamente lo mismo —añadió, dando medio paso hacia la barandilla, sin invadir mi espacio—.

Cuando Beatriz me puso como condición la codirección para acceder al contrato comarcal de Lumbre, lo primero que pensé fue que si te lo contaba, ibas a sentir que cada vara que colgábamos y cada ajuste en el libreto decidía si mi taller sobrevivía o cerraba.

Me dije que te estaba protegiendo de una carga que no te correspondía.

Leo bajó la vista hacia el teatro y negó con la cabeza.

—La verdad es que no quería que me miraras como a alguien que condicionaba tu festival, y sobre todo no quería arriesgar la complicidad que estábamos recuperando.

Me dio miedo que me apartaras del montaje.

Callé el contrato para proteger mi posición y mi tranquilidad, y al hacerlo volví a quitarte la posibilidad de decidir si querías asumir ese riesgo conmigo o no.

El viento trajo una ráfaga más intensa que hizo silbar las rendijas de la barandilla. El cielo sobre el puerto viró hacia un gris plomizo, cargado de una electricidad estática que se palpaba en el aire.

—No te estoy pidiendo que lo entiendas —dijo Leo, mirándome a los ojos—.

Ni te voy a prometer que a partir de ahora nunca más voy a tener miedo a equivocarme.

Tampoco pretendo que la tormenta que se nos viene encima nos obligue a dar esto por cerrado para trabajar tranquilos.

Solo necesitaba que supieras la verdad entera, por mi propia boca, sin excusas de contratos ni de plazos.

Sostuve su mirada en silencio.

Durante seis años había construido hipótesis sobre aquel andén: me había dicho que la ambición lo había cegado, que nunca le había importado lo suficiente lo que compartíamos o que simplemente había sido cobarde.

Escuchar ahora la mecánica exacta de su silencio —el cálculo torpe, el miedo a la confrontación y la soberbia de decidir en solitario lo que yo debía o no soportar— no borraba el vacío que dejó en su momento, pero desarmaba cualquier sombra de misterio.

La confesión no traía alivio inmediato. Al contrario: hacía todavía más nítido el coste de su omisión.

Al callar entonces y al callar ahora, Leo no me había protegido de nada; me había despojado de mi voz en dos momentos cruciales, obligándome a moverme sobre supuestos falsos mientras él administraba la información a conveniencia.

Tragué saliva, sintiendo la garganta seca a pesar de la llovizna que empezaba a calarnos el pelo.

—Lo que me quitaste hace seis años no fue solo una despedida, Leo —dije, y mi voz sonó firme, sin temblores ni reproches huecos—. Fue la posibilidad de elegir qué hacía yo con lo que sentía. Y con Beatriz has repetido la misma falta de respeto hacia mi trabajo.

Leo no apartó los ojos ni intentó matizar una sola sílaba.

—Lo sé —respondió.

Una racha helada sacudió los carteles del mirador y, a lo lejos, la sirena de la capitanía marítima emitió tres toques cortos que anunciaron el cierre preventivo de la dársena por el temporal. Abajo, en el teatro, las luces del callejón trasero parpadearon bajo el primer envite del viento.

El eco del tercer toque de la sirena se extinguió sobre el agua revuelta de la dársena y dio paso al silbido del viento contra las rejas del mirador.

Me separé de la barandilla de hierro y ajusté la carpeta bajo el brazo para proteger los papeles de la llovizna.

—Entender por qué hiciste las cosas no cambia lo que pasó, Leo —dije, sosteniéndole la mirada—.

Saber que tuviste miedo o que te desbordó un plazo no me devuelve los años en los que tuve que adivinar por qué desapareciste, ni borra que hace tres días volviste a ocultarme una pieza clave del festival.

Leo no bajó la cabeza ni buscó una postura defensiva; permaneció inmóvil, con la lluvia calándole los hombros del chaquetón.

—No pretendo que lo borre —respondió.

—Si va a existir alguna posibilidad entre nosotros, en el trabajo o fuera de él, no va a ser repitiendo la misma dinámica —continué, midiendo cada palabra—.

No voy a aceptar que selecciones qué verdades soy capaz de soportar ni que decidas por los dos qué es lo mejor para protegerme.

Y yo tampoco voy a responder a la incertidumbre encerrándome a controlarlo todo como si estuviera sola.

El viento sopló con más fuerza desde el cantil y arrastró el olor acre de las algas arrancadas por la marejada.

—La condición para seguir adelante es información completa sobre cualquier riesgo que afecte las decisiones compartidas —aadí—.

Aunque no tengas una solución preparada, aunque el problema no tenga arreglo fácil y aunque temas mi reacción.

Y yo me comprometo a poner sobre la mesa mis dudas y los límites de mi dirección con la misma claridad, sin parapetarme tras el cargo.

Leo asintió despacio.

—Tienes mi palabra, Marina. Sin filtros y sin cálculos previos.

—La cercanía personal sigue suspendida —aclaré—.

No hay una fecha para evaluar nada más, ni vamos a usar la tormenta para fingir que la confianza se recupera en una tarde.

Por primera vez estamos hablando como los adultos que somos y no como las versiones incompletas que dejamos atrás, pero eso no adelanta ningún plazo.

—Es suficiente —dijo él, con sobriedad.

Un trueno sordo rodó sobre el mar y las primeras gotas gruesas tamborilearon contra el suelo de piedra.

—Vamos abajo —indiqué, señalando los escalones—. Clara nos está esperando y el cielo no va a dar mucho más margen.