Bajo las Luces del Teatro Capítulo 15
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Capítulo 15

El cielo cambia de color

Marina Soler

El mensaje de Leo había entrado a última hora de la tarde anterior, pero cuando empujé el portón de madera del Teatro de la Marea a las siete y media de la mañana, el cambio en el aire ya no era una previsión meteorológica: pesaba en el ambiente.

El viento del noroeste entraba de costado desde el Paseo de la Bruma, arrancando silbidos a los marcos desgastados de las ventanas altas y tiñendo el horizonte marino de un color plomo, casi metálico.

En el vestíbulo, Clara ya había desplegado una mesa auxiliar junto a la cancela principal. Tenía el plano de accesos abierto, tres linternas alineadas y la tablilla de producción cubierta de anotaciones en tinta roja.

—El boletín de las seis confirma alerta naranja —dijo en cuanto me vio cruzar la entrada—. Rachas de setenta y cinco kilómetros por hora para mañana por la tarde y lluvia continua a partir de la madrugada. Coincide de lleno con la apertura de puertas de la inauguración.

—¿Cómo están las cubiertas? —pregunté, quitándome la chaqueta impermeable, que ya olía a salitre frío.

—Lucas y Mateo han revisado los canalones del tejado norte y han colocado lonas en el acceso de carga —respondió Clara, pasando una página con un chasquido seco—.

Pero si el agua arrecia con viento de levante, los desagües del patio trasero van a trabajar al límite.

Tenemos que decidir si mantenemos el ensayo general con público técnico o si cerramos la sala para proteger material.

El impulso primitivo —la vieja costumbre de ponerme al frente de cada pomo, cada puerta y cada manguera para asegurarme de que nada escapara a mi control— me tensó los hombros.

Quise pedirle las llaves del almacén, bajar al foso a comprobar las bombas de achique y rehacer yo misma el cuadrante de horas de los catorce actores.

Apreté los dedos contra la espiral de mi cuaderno y me detuve antes de pronunciar una sola orden.

—No vamos a cerrar el teatro todavía —dije, templando la voz—. Pero tampoco vamos a improvisar. Clara, encárgate de los horarios, las rutas de acceso y los recursos de emergencia. Si hay que retrasar la entrada de los voluntarios o asegurar las puertas laterales, la decisión de intendencia es tuya.

Clara asintió con un gesto sobrio.

Caminé por el pasillo central hacia el proscenio.

En el foso técnico, junto al cuadro de acometida principal, Gabriel mantenía abierta la portezuela metálica del armario de distribución.

La luz fría de su linterna recorría las pletinas de cobre y los fusibles recién precintados.

A dos metros de él, Leo sostenía la libreta abierta por la página de consumos, con las manos metidas en los bolsillos del chaleco y la mirada fija en los aparatos de medición.

Al escuchar mis pasos sobre la tarima, ambos levantaron la vista.

—¿Cuál es la situación real, Gabriel? —pregunté, deteniéndome al borde del foso, a distancia de las conexiones activas—. Necesito que delimites las condiciones seguras de la instalación para saber con qué margen contamos.

El veterano electricista apagó la linterna y se limpió los dedos con un trapo seco.

—La acometida aguanta los siete mil vatios pactados mientras la humedad exterior no penetre en la arqueta del callejón —explicó, con tono pausado y exacto—.

El escenario principal sigue siendo utilizable.

No hay motivo técnico para suspender ni para trasladar nada hoy.

Pero el margen de reserva se reduce a la mitad.

Si la humedad relativa supera el ochenta y cinco por ciento en la sala, las térmicas de la línea tres saltarán preventivamente ante el menor pico.

—Es decir, que no admitirá fluctuaciones —resumí.

—Ni una —confirmó Gabriel—. Si mantenéis el diseño previsto para la inauguración, cualquier ráfaga que filtre agua por la claraboya superior obligará a cortar sectores enteros para evitar derivaciones.

Mi trabajo aquí es fijar el límite seguro: si la línea tres marca cuarenta grados o entra condensación en los disipadores, bajo la palanca.

Vosotros decidís qué hacéis con la luz dentro de ese marco.

Gabriel cerró la tapa del armario con un golpe seco, recogió su caja de herramientas y enfiló la salida lateral.

Me quedé a solas con Leo frente al proscenio. La distancia entre los dos seguía intacta, marcada por la hoja de registros y el silencio que arrastrábamos desde hacía dos días, pero la tormenta convertía esa fractura en un riesgo operativo para la función.

Leo subió los escalones del foso y se detuvo a dos metros de mí, junto a la consola.

—He desglosado el mapa de cargas por bloques —dijo, extendiéndome una hoja manuscrita—.

La vara tres y los proyectores halógenos del fondo son los más expuestos a las corrientes de aire húmedo de la tramoya alta.

Si queremos que el estreno se celebre aquí el viernes sin arriesgar la acometida, tenemos que preparar una alternativa de contingencia que reduzca el consumo a menos de tres mil quinientos vatios.

Tomé la hoja. Su letra era clara; las columnas separaban los canales indispensables de aquellos que podían desconectarse de inmediato.

—¿Qué perdemos en la escena coral si bajamos la vara tres? —pregunté, mirándolo de frente.

—El volumen del fondo y el recorte cobalto del ciclorama —respondió sin titubear—. La escena se vuelve frontal y más oscura. Los actores tendrán que sostener el peso dramático sin el apoyo de la atmósfera marina que habíamos ensayado.

—Tomás necesita saberlo antes de la pasada de las diez —dije—. Y el elenco tiene que ensayar sabiendo que la luz puede reducirse a la mitad si entra agua o sube la temperatura del cuadro. Identifica qué elementos podemos simplificar sin imponer todavía una solución artística.

—No he tocado la programación —añadió él, manteniendo las manos quietas sobre la mesa—. Solo he marcado qué elementos pueden apagarse sin sobrecargar las líneas seguras. Reorganizar el ritmo y el espacio te corresponde a ti.

Escuché sus palabras con atención, buscando el menor rastro de evasiva. Esta vez exponía las carencias y las dudas sin artificios.

Tomás entró en ese instante por la puerta de vestuarios seguido por Carmen y Andrés. Traían los abrigos húmedos y hablaban en voz baja, mirando de reojo el techo abovedado, donde el viento hacía vibrar las vigas de madera con un rumor sordo.

Abrí mi carpeta.

—Tomás —llamé, acercándome al centro de la platea para que el grupo me escuchara—.

Reúne al elenco en los camerinos. Mantendremos la pasada técnica de las diez, pero necesito que les expliques que la tormenta nos obliga a trabajar con márgenes más estrechos.

Si durante la inauguración perdemos un tiro lateral o se apaga el ciclorama, la indicación es clara: nadie busca el haz de luz ni se detiene.

La obra continúa en las zonas seguras del proscenio.

Tomás asintió con gesto grave y condujo a los actores hacia el pasillo interior.

Cuando sus pasos se apagaron tras la puerta, me volví hacia la mesa técnica para recoger mis notas. Leo seguía allí.

—Marina —dijo en voz baja, cuidando de que las palabras no rebotaran en el patio de butacas.

Me detuve con la carpeta bajo el brazo.

—Dime.

—Tenemos que hablar antes de cerrar el plan de contingencia para la inauguración.

—El plan técnico está claro en tus notas, Leo. Cumple los límites de Gabriel y Clara tiene el minutaje.

—No me refiero al cuadro eléctrico —dio un paso hacia el pasillo central, sosteniéndome la mirada con una firmeza que no le había visto en semanas—.

El festival no va a aguantar este temporal si cada decisión entre nosotros se reduce a firmar un parte por miedo a lo que el otro calla.

Necesito explicarte lo que pasó. Todo. Sin intermediarios y sin el filtro de Beatriz.

Miré a mi alrededor. A pocos metros, Clara daba instrucciones sobre las mangueras de achique y en el escenario Carmen empezaba a vocalizar con Tomás. Aquellas paredes no ofrecían un palmo de privacidad.

Apreté la carpeta. La tormenta no nos daría tregua y coordinar la función exigía saber con quién compartía el timón. No porque el peligro borrara el daño, sino porque no podíamos entrar a ciegas en la crisis.

—En el teatro hay demasiado ruido y demasiada gente pendiente de cada gesto —dije, mirando hacia la salida de emergencia que daba al camino alto—. Tenemos media hora antes de que Tomás termine de calentar con el coro.

—El Mirador de las Candilejas —propuso él.

Asentí despacio, cerré las anillas de mi cuaderno y caminé hacia la puerta lateral, mientras afuera las primeras gotas de lluvia golpeaban con fuerza sorda contra los cristales.

Empujé la barra antipánico de la puerta lateral y el viento nos golpeó de frente, cargado de humedad fría y briznas de arena arrastradas desde la playa. La ráfaga hizo crujir las copas de los pinos en la ladera y cerró la puerta tras nosotros con un chasquido metálico.

Subimos los peldaños de piedra hacia el Mirador de las Candilejas sin cruzar palabra.

El camino estaba resbaladizo por las primeras gotas, pero ninguno aminoró el paso.

Al alcanzar la plataforma circular, el horizonte marino se abría bajo un techo de nubes densas, de un tono pizarra que borraba la línea entre el cielo y el agua.

Abajo, el tejado de zinc del Teatro de la Marea relucía con una pátina opaca, flanqueado por las farolas del malecón que empezaban a encenderse ante la penumbra de la tormenta.

Me apoyé contra la barandilla de hierro salitroso, con la carpeta sujeta bajo el brazo para que el viento no me arrancara los partes de sala. Leo se detuvo a un metro de distancia, de cara al mar, con las manos metidas en los bolsillos del chaquetón y el cuello subido.

—No fue una decisión improvisada aquella tarde en la estación —empezó, con la voz templada por encima del rumor del oleaje.

No le interrumpí. Sostuve la vista en el perfil de su mandíbula.