Bajo las Luces del Teatro Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

*Beatriz impuso la condición en un momento en que Lumbre no tenía margen de maniobra. No quise trasladarte esa presión porque bastante tenías ya con defender el festival frente al patronato...*

Me detuve. Releí la frase con el zumbido del flexo llenando el taller y taché el párrafo entero con un trazo grueso.

Sonaba a informe de incidencias, redactado para convencer al cliente de que el fallo no era atribuible al instalador: pintar las circunstancias como una fuerza insalvable para diluir la culpa de haber callado.

Giré la hoja y volví a empezar:

*Marina, intenté proteger tu espacio de trabajo. Si te contaba lo del contrato, habrías sentido que cada ajuste escénico decidía si mi taller se quedaba abierto o no...*

Apreté los dedos sobre el grafito hasta que la punta se partió contra la madera. Arranqué la hoja del bloc, la arrugué en el puño y la tiré a la papelera metálica.

Ambas tentativas buscaban lo mismo: controlar de antemano su respuesta. Presentarle una versión atenuada para amortiguar el reproche y forzar su comprensión antes de que tuviera tiempo de enfadarse.

Me levanté del taburete y caminé hacia la ventana que daba al callejón. Afuera, las ramas del pino del patio vecino se doblaban bajo las ráfagas que bajaban de la costa.

Seis años atrás había hecho exactamente el mismo cálculo.

La oferta para incorporarme como técnico de iluminación a la compañía de la capital llegó un martes por la tarde, con un plazo de setenta y dos horas para aceptar la plaza y presentarme en la sede.

La oportunidad era real, el salto profesional que llevaba meses buscando, pero admitir ante Marina que quería marcharme significaba reconocer que no sabía cuándo volvería ni qué lugar ocupaba lo que empezábamos a construir entre nosotros.

Tuve miedo de mirarla a los ojos y admitir que elegía irme; temí que me pidiera una certeza imposible o prometerle un regreso que no dependía de mí.

En lugar de sentarme con ella, fui aplazando la conversación de una tarde a la siguiente.

Me dije que era mejor no inquietarla hasta tener el contrato cerrado, que una despedida rápida le ahorraría dudas, y dejé correr el reloj hasta que la hora del tren decidió por los dos.

La prisa de la compañía y la brevedad del plazo eran reales, pero no habían tomado el tren por mí. La decisión de marcharme sin una palabra limpia fue mía: la incapacidad de sostener su mirada y asumir el coste de mi elección.

En estas tres semanas había repetido el patrón paso a paso.

Me enteré de las condiciones de Beatriz antes de firmar la codirección y me las guardé.

Me dije que lo hacía por el festival, por Marina, por no hipotecar su criterio; pero solo protegía mi posición, temiendo que me apartara del proyecto o interpretara cada propuesta como una maniobra interesada.

Dejé correr el silencio hasta que una tercera persona la puso ante los hechos, quebrando la confianza que empezábamos a reconstruir.

Regresé a la mesa de trabajo. No tomé otra hoja ni busqué fórmulas elegantes.

Si quería que existiera alguna posibilidad de hablar con ella como dos adultos, tenía que renunciar a controlar el desenlace.

No había alegato que redactar. Había hechos: la condición existía desde el primer día, la oculté de forma deliberada y al callarla le arrebaté la capacidad de decidir cómo trabajar conmigo.

Después, asumir el daño causado sin escudarme en la viabilidad de mi estudio ni en mis intenciones.

Y por último, aceptar los límites que ella fijara, sin pedir absolución ni exigir que comprendiera mis miedos para hacerme la conversación más fácil.

El teléfono vibró sobre la madera con un zumbido seco y continuo.

Lo tomé esperando un mensaje de Clara sobre los horarios de carga del día siguiente, pero en la pantalla parpadeaba una notificación de la agencia meteorológica costera: aviso amarillo transformado en naranja para las próximas cuarenta y ocho horas, con rachas de viento superiores a setenta kilómetros por hora y previsión de temporal marítimo coincidiendo con la noche de la función inaugural.

El primer impulso —el hábito aprendido tras años de resolver problemas en solitario— fue abrir el esquema de cargas del teatro, calcular cuánto margen nos restaría la humedad en la acometida y diseñar tres variantes de cuadro eléctrico reducido antes de decir nada.

Me detuve con el dedo sobre la libreta de esquemas.

Cerré el cuaderno sin tocar el lápiz. Abrí la aplicación de mensajería, creé un grupo con Clara y Marina y reenvié la captura íntegra del boletín oficial de la alerta, sin añadir un solo cálculo propio ni adjuntar una solución cocinada a sus espaldas.

Escribí una sola frase debajo del parte meteorológico:

*«Acaba de entrar este aviso. La combinación de viento y humedad va a comprometer los márgenes del cuadro de Gabriel para el viernes. Lo revisamos juntos mañana a primera hora.»*

Pulsé enviar y dejé el teléfono sobre la mesa, mientras el viento golpeaba con fuerza sorda contra los cristales del taller.