Bajo las Luces del Teatro Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—Desde el primer día —repetí, midiendo cada sílaba—.

Cuando nos sentamos en este escenario a negociar las marcas.

Cuando me dijiste en tu taller que Lumbre necesitaba proyectos para sostenerse.

Cuando Gabriel vino a precintar las líneas y te pregunté si los recortes perjudicaban lo que tu estudio se jugaba aquí.

—Marina, los acuerdos de financiación de mi empresa son un asunto que me corresponde gestionar a mí —dijo Leo, dando medio paso al frente con las palmas abiertas—.

El contrato con la comisión comarcal garantiza tres años de trabajo y el equipamiento que Lumbre necesita para no cerrar.

Si te volcaba encima esa presión desde la primera semana, cada vez que tuvieras que decidir sobre una escena o rechazar una propuesta mía habrías tenido que cargar con la viabilidad de mi taller.

Bastante peso tenías ya con levantar el festival y sostener al elenco.

—No me protejas, Leo —le corté, con la voz contenida en el límite exacto donde empieza a quebrar—. No disfraces de consideración hacia mi trabajo lo que fue una ocultación deliberada.

—No fue una maniobra para engañarte —insistió él, sosteniéndome la mirada—.

Me guardé los términos de ese contrato para que tus decisiones sobre el texto y los actores fueran completamente libres.

Para no condicionar lo que hacías en el escenario a que yo pudiera o no quedarme en Puerto Escondido.

Y después de lo que pasó anoche... —hizo una pausa breve, tragando saliva—, si te contaba hoy que mi permanencia depende del informe de Beatriz, ¿cómo ibas a mirarme?

Habrías pensado que cada paso, que el beso bajo la lámpara de trabajo o que el tiempo que pasamos en el taller eran una forma de comprometerte con la salvación de mi negocio.

Apreté los dedos contra el cartón duro de la carpeta.

—¿Y decidiste tú por mí qué era lo que yo podía soportar? —pregunté—. ¿Decidiste que era mejor dejarme a oscuras para que no tuviera que pensar?

Leo guardó silencio un segundo, con la mandíbula tensa.

—Quise evitarte una carga que no te correspondía.

—Tienes todo el derecho a reservarte las cuentas de tu empresa —respondí, acortando la distancia con la mesa para sacarlo de su calma habitual—.

Pero en el momento en que Beatriz Valdés vinculó ese contrato a que la codirección funcionara y a los resultados del festival, tu estabilidad profesional dejó de ser un detalle privado de tu taller.

Se convirtió en una condición estructural de cada decisión que tomamos en este teatro.

Leo señaló la consola, donde los gráficos de carga seguían marcando los tres mil novecientos vatios de la prueba abierta.

—Nunca he alterado una sola opción artística para favorecer ese contrato, Marina.

Todo lo que he montado en estas varas lo he diseñado para que la obra funcionara.

He respetado cada marca de tu cuaderno, he bajado la potencia cuando Gabriel lo exigió y he subordinado la luz a lo que Tomás y el coro necesitaban en la escena.

—El problema, Leo, es que no tengo forma de saberlo —contesté—. Porque para evaluar si tus concesiones eran por la obra o por salvar la codirección que necesita tu estudio, tendría que haber tenido la información completa sobre la mesa. Y tú me quitaste la posibilidad de formular la pregunta.

Leo bajó la mirada hacia el tablero de mandos y volvió a mirarme, con el gesto endurecido.

—No he utilizado el festival ni te he utilizado a ti.

—Me pediste que trabajáramos sin dobleces —le recordé—.

Me dijiste hace apenas dos horas que lo que veíamos en la mesa técnica y lo que poníamos en la escena tenía que ser honesto.

Y mientras me prometías esa claridad, guardabas en el bolsillo la condición exacta que decide si te quedas o te marchas cuando caiga el último telón.

El zumbido del extractor del foso llenó la pausa. En el pasillo, el olor a salitre condensado en el hormigón se mezclaba con el calor metálico de los circuitos encendidos.

—Hiciste exactamente lo mismo hace seis años —dije en voz muy baja, mirándolo a los ojos—.

Te marchaste en aquel andén sin decir una palabra clara, convenciéndote de que callar era más limpio que afrontar una conversación difícil.

Y has vuelto a esperar que tus buenas intenciones justifiquen un silencio que me quitó el derecho a decidir cómo quería trabajar contigo.

Leo dio un paso adelante y levantó la mano en un ademán instintivo, pero se detuvo en el aire antes de rozarme, consciente de la distancia que marcaba mi postura.

—Marina...

—No —atajé, retrocediendo hacia el quicio antes de que la herida me empujara a decir algo irreparable—. Clara está terminando de registrar las horas de sala y Tomás llega en veinte minutos con los actores.

Giré sobre mis talones y salí al pasillo técnico. Tras de mí, Leo permaneció inmóvil frente a los monitores encendidos de la cabina, en la penumbra del teatro que habíamos creído empezar a compartir.

Apoyé la espalda contra el muro de hormigón del pasillo técnico y cerré los ojos un instante.

El frío de la pared me caló a través de la chaqueta, pero me obligó a fijar el pulso.

A lo lejos, amortiguado por la estructura del edificio, se escuchó el portazo del acceso de vestuarios: Tomás y los primeros actores acababan de entrar.

Tenía la carpeta apretada contra las costillas, con los cantos metálicos marcándome la tela.

El impulso primitivo —el que había aprendido a contener en mis años de gira— me empujaba a entrar en la oficina de Clara, redactar una rescisión técnica por ocultación de información y asumir el montaje en solitario, costara lo que costase.

Pero romper la codirección en ese instante significaba perder la partida complementaria del patrocinio, desarmar el diseño que ya sostenía al coro y dejar al festival sin la mitad de su viabilidad antes de la pasada general.

El festival no era una trinchera para dirimir mis agravios.

Me separé del muro, ajusté las hojas dentro de las anillas y caminé hacia el escenario.

Leo había bajado al patio de butacas y esperaba de pie junto a la mesa técnica, con el estuche de herramientas cerrado y las manos apoyadas sobre el tablero de madera. No había vuelto a tocar la consola. Al verme bajar los escalones del proscenio levantó la cabeza, en silencio.

Me detuve a dos pasos de la mesa, manteniendo la carpeta cerrada entre las manos.

—Vamos a terminar este festival —dije. Mi voz sonó seca, despojada de reproches o súplicas—. Tomás y los catorce del elenco han ensayado tres semanas para esto, y yo no voy a dejar caer la producción. Tú tampoco te vas a marchar antes del último telón.

Leo asintió con lentitud.

—De acuerdo.

—Pero las condiciones cambian desde este minuto —continué, mirándolo de frente, sin desviar los ojos hacia los monitores—.

Lo que pasó anoche bajo la lámpara de trabajo queda suspendido.

No se va a repetir un solo gesto, ni vamos a tener conversaciones sobre lo que pudo haber sido o lo que podría haber ahora.

Cualquier exploración personal entre nosotros queda aplazada de forma indefinida hasta que tengamos una conversación completa y sin omisiones sobre cómo te marchaste hace seis años y sobre lo que has callado aquí.

Leo sostuvo mi mirada sin pestañear. La mandíbula se le tensó, pero no intentó buscar una excusa ni interponer un matiz.