Bajo las Luces del Teatro Capítulo 13
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Capítulo 13

La verdad en boca ajena

Marina Soler

La carpeta con los partes de sala y las mediciones de carga descansaba abierta entre la taza térmica de Beatriz y mi libreta de notas.

En la fila tres del patio de butacas, el silencio del mediodía solo se interrumpía por el zumbido lejano del deshumidificador del foso y el pasar de las páginas bajo los dedos enguantados de la representante del patronato.

Clara estaba sentada a mi izquierda, con la tablilla de producción sobre las rodillas y el bolígrafo preparado para registrar cualquier observación.

—Las tres cuartas partes del aforo quedaron cubiertas en la prueba abierta —comencé, señalando la columna con el desglose de localidades—.

La respuesta de los vecinos y de la asociación confirma que el coro no ha perdido presencia escénica.

Tomás adaptó la entrada lateral sin forzar el paso de los actores y Carmen cerró su monólogo dentro del cono ámbar sin desajustes de tiempo.

Beatriz levantó la vista de la gráfica de asistencia, mesurada y atenta.

—Clara me adelantó los datos a primera hora —dijo, apoyando las manos sobre la mesa auxiliar—. El señor Méndez no ha presentado objeciones en el registro matutino y la directiva vecinal parece satisfecha. Es una mejora sustancial respecto a las dudas de la primera semana, Marina.

—No dependió de la suerte —respondí, manteniendo el tono firme y exacto—.

Integramos la memoria del texto en una estructura visual limpia.

Las luminarias de bajo consumo que preparó Leo sostuvieron el cuadro final con un consumo de tres mil novecientos vatios.

Gabriel Aranda verificó las pletinas después de la prueba y la acometida no superó los treinta y dos grados.

La instalación tiene margen de seguridad y el ritmo dramático no se resiente.

Defendí el calendario corregido hoja por hoja: los ensayos por bloques para no agotar al elenco voluntario, el protocolo de zonas mixtas y el acuerdo técnico de avisar cualquier variación con antelación suficiente.

Demostrar que la identidad comunitaria del Teatro de la Marea no estaba reñida con una propuesta visual rigurosa era la razón por la que había regresado a Puerto Escondido.

Las cifras respaldaban cada decisión tomada sobre las tablas con una solidez incontestable.

Beatriz asintió despacio, anotando un par de cifras al margen de su informe.

—La viabilidad técnica está demostrada para una función con público local —concedió, cerrando su estilográfica con un chasquido metálico—.

Pero el patronato necesita garantías de continuidad para el resto del calendario.

A partir del estreno, el festival debe atraer espectadores de fuera del municipio y sostener la venta anticipada sin que la producción exija intervenciones de urgencia en cada pase.

—El plan técnico está cerrado y las curvas de luz ya no se tocan sobre la marcha —intervino Clara, mostrando la hoja de turnos—. Los voluntarios tienen asignadas tareas de apoyo que no interfieren con la tramoya ni con las líneas eléctricas.

—Me alegra oírlo —dijo Beatriz, mirándonos a Clara y a mí—.

El cumplimiento de estos indicadores es el criterio que utilizará la comisión la próxima semana para validar la partida complementaria.

Y, como sabéis, también es la base de la evaluación para el contrato de adecuación de los centros culturales de la comarca.

Hizo una pausa breve para ordenar sus papeles y añadió con absoluta naturalidad:

—Si la codirección artística demuestra solvencia operativa y el festival cierra con los números previstos, ese contrato garantizará tres años de presupuesto institucional y equipamiento para Estudio Lumbre.

Es la oportunidad que Leo necesita para consolidar el taller y establecerse definitivamente aquí con un proyecto viable.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire del patio de butacas con un peso denso y frío.

Miré a Beatriz. Por un segundo pensé que había empleado una fórmula imprecisa, una manera burocrática de referirse a la visibilidad que cualquier festival aporta a los profesionales locales.

—Disculpa, Beatriz —dije, apoyando las yemas de los dedos en el borde de mi carpeta para disimular la rigidez que me subió por los hombros—. ¿La adjudicación de ese contrato comarcal depende de la evaluación de este montaje?

Beatriz me observó con una ceja ligeramente arqueada, sorprendida por la pregunta, pero sin rastro de hostilidad.

—Por supuesto, Marina. El pliego técnico de la comisión comarcal exige una prueba de solvencia en proyectos de escala real antes de adjudicar tres años de mantenimiento y modernización escénica.

Leo conoce las condiciones desde nuestra primera reunión, antes incluso de que firmarais la aceptación de la codirección.

El teatro pareció cerrarse sobre mí. La luz mortecina que entraba por las claraboyas altas iluminó las motas de polvo suspendidas sobre el proscenio, exactamente igual que hacía dos horas, cuando Leo y yo caminábamos junto al malecón.

*«Las cifras cuadran con lo que pedía el patronato.

Todavía quedan evaluaciones formales por cerrar antes del estreno»*, me había dicho en el Paseo de la Bruma, mientras el salitre nos azotaba la cara.

*«Sin dobleces»*, le había pedido yo, y él había aceptado con una palabra limpia mientras callaba el resto.

—Daba por hecho que Leo había compartido con vosotras los términos de esa dependencia —continuó Beatriz, ajustándose la solapa de la gabardina con serenidad—.

Al fin y al cabo, el funcionamiento armónico de la codirección artística es uno de los requisitos expresos que evalúa el informe.

Si el festival fracasaba o la colaboración se rompía, la comisión buscaría un proveedor externo en la capital y Lumbre se quedaría sin margen operativo.

Apreté el bolígrafo contra la libreta hasta sentir el plástico duro clavándose en la articulación del índice. No permití que la mandíbula me temblara ni que mi mirada se desviara de los ojos grises de Beatriz.

No era una oportunidad difusa. No era la posibilidad de que el festival abriera puertas a encargos futuros, como Leo me había sugerido en su taller entre maquetas y cables reciclados.

Era una condición previa, un contrato institucional con nombres, plazos y una dependencia absoluta de cada concesión que yo hiciera en la puesta en escena.

Clara, que había permanecido en silencio a mi lado, carraspeó con suavidad y recolocó la tablilla sobre las rodillas. Su mirada rápida de reojo bastó para registrar la tensión en mi postura.

—El calendario de ensayos de esta tarde está fijado para las cuatro —dijo Clara, con una voz impecablemente neutra que devolvió la conversación al terreno práctico—. Si el informe técnico de la prueba abierta queda validado, podemos registrar las horas de sala antes de que Tomás convoque al elenco.

Beatriz recogió sus documentos y los deslizó en el maletín de cuero.

—El informe queda aprobado provisionalmente a la espera de la pasada general del viernes —concluyó, poniéndose de pie—. Mantened este nivel de rigor en la taquilla y en los consumos. Nos vemos en el pase.

—Gracias, Beatriz. Tendrás el parte de asistencia cerrado antes de las siete —respondí.

Mi voz sonó clara, medida, sin un solo quiebro. Me mantuve de pie mientras la representante del patrocinador recorría el pasillo central y el portón del vestíbulo se cerraba a sus espaldas con un chasquido sordo.

Clara no formuló ninguna pregunta. Se limitó a ordenar las copias sobrantes, pero antes de enfilar el acceso a la oficina de producción, apoyó una mano breve sobre mi hombro.

—Está en la cabina revisando las líneas de la vara dos —dijo en voz baja, antes de marcharse.

Me quedé sola en la penumbra del patio de butacas. Cerré la libreta de anillas despacio y alineé los bordes de los folios contra la madera con una precisión mecánica, cuadrando cada esquina antes de guardarlos.

Apreté la carpeta de anillas contra el pecho y eché a andar hacia el proscenio.

El chasquido del cerrojo que Clara había corrido en la oficina de producción todavía resonaba en el vacío del patio de butacas.

Subí los escalones sin apresurar el paso, con el crujido familiar de las tablas bajo la suela de mis botas, y crucé el bastidor izquierdo hacia el pasillo técnico que comunicaba con la cabina lateral.

La puerta de chapa estaba entornada. Un haz tenue de luz blanca caía sobre la consola portátil y recortaba la silueta de Leo, que ajustaba con un destornillador fino el potenciómetro del canal tres.

Sobre la repisa descansaba la libreta de consumos, abierta por la página que habíamos revisado juntos dos horas antes en el Paseo de la Bruma.

Se volvió al oír mis pasos sobre el linóleo. Dejó la herramienta en la mesa auxiliar y me miró con esa serenidad atenta con la que solía recibir mis correcciones de minutaje.

—He ajustado la curva de la vara dos para que la transición entre el ámbar y la penumbra no tenga salto —dijo, señalando la gráfica en pantalla—. Si Tomás entra por el lateral a compás, no necesitaremos tocar la línea de reserva.

Sostuve la carpeta con las dos manos, sin apartar los ojos de los suyos.

—¿Desde cuándo sabes que la adjudicación del contrato comarcal de Estudio Lumbre depende directamente de la evaluación de este montaje y de la codirección?

La pregunta cayó limpia, sin alzar la voz, ocupando la cabina con la dureza de un dato técnico.

Leo no parpadeó. La mano junto al teclado se cerró despacio sobre el borde de madera; no hubo sobresalto en sus hombros ni amago de evasión.

—Desde el principio —respondió, con la voz baja y firme—. Beatriz me expuso las condiciones en la primera reunión, antes de que aceptáramos compartir la dirección.

Oír la confirmación de su boca, sin un solo titubeo que permitiera atribuir la revelación de Beatriz a un error burocrático, me clavó una punzada seca en el estómago.