Capítulo 12 #2
Beatriz negó despacio con la cabeza, sin molestia visible, con lucidez quirúrgica.
—Saber que un festival da visibilidad no es lo mismo que saber que tu continuidad profesional en este pueblo depende de la evaluación de este montaje, Leo.
—Los acuerdos entre Lumbre y la comisión pertenecen a la gestión de mi estudio —repliqué, defendiendo el margen—. No tengo por qué volcar la incertidumbre financiera de mi empresa sobre las decisiones de dirección de Marina. Bastante presión tiene ya con sacar adelante la obra y sostener al elenco.
—No te pido que le entregues los balances de tu cuenta ni que violes la confidencialidad de una negociación previa —contestó Beatriz, guardando los papeles en su cartera de cuero—.
Pero debes distinguir entre la reserva profesional legítima y la ocultación de un factor que condiciona directamente tu posición en este teatro.
Cuando compartes la autoría de un proyecto, ocultar una condición que afecta a tu permanencia y a tus prioridades no la vuelve menos influyente en lo que decides o dejas de decidir.
Se puso de pie, abrochándose el botón superior de la gabardina mientras observaba el escenario vacío.
—Marina es una directora rigurosa y tiene un sentido estricto de la responsabilidad —adió en tono neutro—.
Si percibe intereses estructurales operando a sus espaldas, la confianza que habéis empezado a construir sobre las tablas no resistirá el primer contratiempo serio.
Manéjalo como consideres oportuno, pero asegúrate de que esa codirección sea tan sólida por dentro como parece en el informe.
—Lo tengo controlado —dije, incorporándome con la carpeta en la mano.
Beatriz asintió con cortesía distante y enfiló el pasillo central hacia la salida.
—Nos vemos en la pasada general del viernes. Espero el mismo rigor en los números de taquilla que en los consumos de Gabriel.
El chasquido del cerrojo resonó en el vestíbulo y el teatro recuperó su silencio.
Me quedé de pie en la fila cuatro, con la carpeta sujeta contra el costado, mientras la puerta de los camerinos crujía en el fondo de la escena y la voz de Clara daba las primeras indicaciones a los actores, consciente de que ya no podía fingir que mi silencio protegía únicamente mi intimidad.
Subí los escalones del pasillo antes de que Tomás y los actores terminaran de ocupar el proscenio. En la mesa técnica de la fila tres, dejé la carpeta con el informe de Beatriz a un lado de la consola portátil y encendí la pantalla auxiliar para monitorizar los niveles de la acometida.
Marina apareció por el lateral del escenario con el cuaderno de dirección abierto en la mano.
No buscó mi mirada con prisa ni dejó traslucir nada de lo ocurrido la noche anterior frente al equipo; cruzó el entablado con paso firme, intercambió dos frases con Tomás sobre la entrada del coro y bajó a la platea para situarse a un metro de mi puesto.
—¿Cómo ha dejado Gabriel las líneas? —preguntó en voz baja, inclinándose hacia el monitor.
—Treinta y dos grados estables en la tres —respondí, señalando la curva en verde—. Si mantenemos el lateral ámbar al setenta por ciento durante el parlamento de Carmen, el consumo total no superará los cuatro mil vatios.
Marina revisó las anotaciones del margen.
—Aceptado. Avísame medio compás antes si necesitas corregir el tiro derecho cuando Andrés cruce al foro.
—He programado la rampa con dos segundos de margen para no sorprenderlo —añadí.
Asintió, conforme, y levantó la vista hacia el escenario para dar la entrada.
El ensayo transcurrió con una fluidez que días atrás habría parecido imposible.
No hubo interrupciones técnicas ni órdenes superpuestas: cuando la voz de Tomás pidió más espacio en la diagonal, reduje el recorte cenital sin tocar las varas generales; cuando Carmen moduló el tono en la despedida, Marina me indicó con una señal de la mano que sostuviera la penumbra antes de ordenar el mutis del coro.
La comunicación entre los dos no necesitaba explicaciones largas.
Bastaba una mirada al borde del entablado o un gesto contenido sobre el papel para que la luz y el movimiento respiraran al mismo tiempo.
Hacia el mediodía, Clara dio la última palmada desde el foso y liberó al elenco hasta la tarde. El murmullo de los actores despidiéndose se fue perdiendo por el callejón trasero hasta que el teatro volvió a quedar en silencio.
Marina cerró su cuaderno despacio, deslizó el bolígrafo en la espiral de alambre y se volvió hacia mí.
—Sal a tomar el aire un momento, Leo. El salitre de este patio se pega a la garganta.
Dejé la consola en modo de guardia, guardé el informe de consumos en el maletín y la seguí por el pasillo central hacia la salida principal.
El viento del mediodía nos golpeó de frente en cuanto cruzamos la cancela exterior.
El cielo sobre el malecón conservaba un tono plomizo, con nubes densas acumulándose en el horizonte marino, pero el aire frío limpiaba el olor a polvo y madera caliente del interior.
Caminamos juntos por el Paseo de la Bruma, manteniendo una distancia prudente mientras la marea rompía con un rumor sordo contra las piedras de la escollera.
Marina llevaba las manos metidas en los bolsillos del abrigo y la vista fija en la línea donde el agua se oscurecía.
—Lo de anoche bajo la lámpara de trabajo... —empezó, con una calma deliberada que no buscaba adornos—. No voy a fingir que no ocurrió, ni tampoco a convertirlo en un ensayo de lo que éramos hace seis años.
Me detuve a su lado junto a la barandilla de hierro del paseo, sintiendo la humedad del salitre en la piel.
—No espero que lo hagas, Marina.
—No sé qué lugar puede tener esto ahora, Leo —continuó, mirándome de frente, con los ojos claros recortados contra el gris del mar—.
Pero si vamos a ver qué hay aquí, tiene que ser desde el presente.
Siendo los que somos hoy, con el trabajo que tenemos que sostener y sin promesas que ninguno pueda cumplir todavía.
Había una franqueza tan limpia en sus palabras, una disposición tan madura a abrir un espacio entre nosotros sin exigir garantías prematuras, que el silencio sobre Beatriz me quemó en el pecho como una brasa viva.
Tenía la oportunidad exacta. Bastaba dar un paso, apoyarme en la barandilla y decirle que la estabilidad de Estudio Lumbre dependía de la evaluación de este montaje; que el contrato trienal de adecuación comarcal que Beatriz gestionaba era lo único que me permitiría mantener el taller abierto y quedarme en Puerto Escondido.
La verdad estaba ahí, lista para ser nombrada con la misma claridad con la que ella me ofrecía su confianza.
Pero imaginé su reacción: el peso inmediato cayendo sobre sus hombros, la sospecha de que cada ajuste técnico o cada concesión en el escenario formaba parte de una maniobra para salvar mi negocio, la duda insoportable de si el beso de anoche había sido un acercamiento honesto o una forma de comprometerla con mi permanencia.
Si le revelaba la magnitud del contrato, le arrebataría la libertad de dirigir sin cargas añadidas; convertiría su criterio profesional y su afecto en un rescate obligatorio.
Apreté los dedos dentro de los bolsillos y elegí callar.
—El informe de la prueba abierta ha sido muy positivo —dije, midiendo el tono para que sonara templado y profesional—.
Las cifras de ocupación y los consumos cuadran con lo que pedía el patronato.
Todavía quedan evaluaciones formales por cerrar antes del estreno, pero el festival tiene una base sólida.
Marina me sostuvo la mirada unos segundos. La tensión de su mandíbula se suavizó despacio y asintió, aflojando los hombros al recibir mis palabras.
—Agradezco que no intentes correr, Leo —dijo en voz baja, volviendo la vista hacia el teatro—.
Bastante difícil es ya no tropezar con los cables viejos como para inventarnos certezas antes de tiempo.
Solo te pido que mantengamos esta misma honestidad.
Lo que vemos en la mesa técnica, lo que ponemos en la escena...
sin dobleces. Es la única forma de que esto funcione.
—De acuerdo —contesté.
La palabra salió limpia de mi boca, pero me dejó un sabor metálico en la garganta.
Marina se apartó de la barandilla y enfiló el camino de vuelta hacia la puerta lateral del Teatro de la Marea, dispuesta a revisar el minutaje con Clara antes de que cayera la tarde.
Me quedé unos instantes solo junto al pretil, observando cómo las luces del malecón comenzaban a encenderse bajo el cielo encapotado.
Sus reflejos se derramaban sobre el agua turbia de la orilla, alargándose y deformándose al compás del oleaje, incapaces de devolver una imagen nítida.
Al ver la figura de Marina desaparecer tras el portón de madera, comprendí con una lucidez implacable el daño de mi propia elección: creyendo protegerla de una carga ajena, no había dejado su libertad intacta, decidiendo a sus espaldas qué verdad merecía conocer para poder elegir.