Bajo las Luces del Teatro Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

—Entendido —respondió en voz baja.

—En el terreno profesional, la codirección se va a regir por procedimientos verificables —abrí la carpeta y señalé una hoja en blanco—.

A partir de hoy abrimos un registro compartido de riesgos, dependencias y decisiones.

Cada limitación eléctrica, cada requisito que imponga Beatriz para Estudio Lumbre o cada cambio que yo considere necesario en la escena quedará anotado por escrito antes de tocar una sola vara.

Pasé la página para mostrarle la división de columnas que había trazado.

—Haremos una reunión de control de diez minutos con Clara al inicio y al final de cada jornada —adicioné—.

Cualquier modificación que afecte al calendario, al presupuesto o a los márgenes de seguridad de Gabriel tendrá que ser validada por los tres.

Y ninguna instrucción técnica o artística llegará a los actores sin que ambos hayamos firmado antes la conformidad en el parte diario.

Si no hay acuerdo explícito por escrito, la escena se queda como está.

Leo miró la hoja pautada, donde la tinta negra dividía las responsabilidades en casillas exactas.

—Me parece justo, Marina —dijo, sin ironía ni amago de negociación—. Tienes mi conformidad.

—Trae la copia del parte de sala de Clara —le pedí, dando un paso hacia el pasillo central—. Tomás está cruzando el patio con Carmen.

Cuando el director del grupo comunitario empujó la cancela de la platea, ya estábamos en nuestros puestos: yo en la fila cuatro con el libreto abierto, y Leo en la mesa auxiliar con los controles de la consola a cero.

—Tenemos el segundo acto listo para pasar en limpio —anunció Tomás, quitándose la boina y saludando con una inclinación de cabeza—. Carmen viene con la falda ajustada por Inés y el coro ha repasado la entrada en cuña.

—Empezamos desde el cuadro tres —respondí, poniéndome de pie para que todo el elenco me viera desde el proscenio—. Pasada continua sin interrupciones salvo riesgo técnico evidente. Clara tiene el minutaje.

Durante las dos horas siguientes, el teatro funcionó con una precisión milimétrica.

Cuando Carmen inició el monólogo y se desplazó medio metro más hacia el lateral oscuro, Leo no corrigió la curva desde la consola por iniciativa propia; esperó a que yo anotara la desviación en el margen de mi libreta y levantó dos dedos para señalar el canal tres.

Le devolví un asentimiento seco y él aplicó la corrección con un retraso medido de dos segundos, justo en la pausa del parlamento.

Cada interacción entre nosotros se redujo a términos operativos: canales, porcentajes de carga, tiempos de rampa y posiciones sobre el entablado.

No hubo miradas compartidas al resolver un tropiezo, ni sonrisas cuando Andrés calculó mal el giro y casi chocó con la banqueta de mimbre.

La escena salió limpia, con el coro marcando el compás exacto y la luz envolviendo la despedida sin invadir el espacio dramático, pero la fluidez orgánica de la víspera había desaparecido, sustituida por una cortesía rígida que pesaba en el aire tanto como el salitre.

Hacia las siete de la tarde, Tomás dio la palmada final desde el centro del escenario.

—Buena pasada —dijo el veterano, mirando hacia la sala—. Si el viernes mantenemos este temple, la inauguración va a ser de las que se recuerdan.

El elenco recogió las pertenencias entre murmullos de alivio y se dispersó hacia los camerinos. Clara bajó por el pasillo lateral con la tablilla de producción en la mano y se detuvo junto a la mesa técnica.

—Cuarenta y ocho minutos clavados —informó, revisando su cronómetro—. Ningún retraso en los cambios y el cuadro de Gabriel ha marcado treinta y un grados de máxima. Si no hay cambios para mañana, cierro el parte de sala.

—Falta la firma del registro diario —dije.

Tomé el bolígrafo y firmé en la columna de dirección escénica. Le pasé la carpeta a Leo, quien rubricó en la casilla técnica sin añadir una sola palabra, y finalmente Clara estampó su visto bueno antes de archivar la copia.

—Nos vemos mañana a las ocho y media para la apertura de puertas —dijo Clara, mirándonos a ambos con una neutralidad profesional que agradecí en silencio.

Recogió su bolso y enfiló la salida del vestíbulo. Los pasos de los últimos actores se apagaron por el callejón trasero y el crujido metálico del cerrojo exterior confirmó que el edificio volvía a quedar vacío.

Caminé hacia el lateral del proscenio y me acerqué al cuadro secundario.

Uno a uno, bajé los interruptores de los proyectores halógenos y de las luminarias de bajo consumo.

El brillo ámbar sobre las tablas se extinguió, borrando las siluetas del decorado y devolviendo las butacas a una penumbra densa.

Dejé encendida únicamente la bombilla de trabajo que colgaba del telar central: sesenta vatios de luz cruda suspendidos sobre el vacío del escenario. Bastaba para comprobar las marcas del suelo, revisar los cables y continuar la faena al día siguiente.

Guardé la carpeta de anillas bajo el brazo y salí por el pasillo central sin mirar atrás.