Bajo las Luces del Teatro Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Si el contrato sale, Estudio Lumbre tendrá margen para trabajar con cierta holgura —expliqué, midiendo cada palabra—.

Y si no sale, el taller va a seguir abierto de todos modos.

He renegociado el alquiler del bajo, he reducido los costes fijos al mínimo y puedo sostenerme con la restauración de luminarias y las instalaciones pequeñas que vayan saliendo en los locales del pueblo y la comarca.

Mi padre guardó silencio un instante, observando el tráfico escaso de furgonetas que subían desde la lonja.

—Puerto Escondido no es una plaza fácil para un taller como el tuyo, Leo. Aquí la gente arregla lo que tiene hasta que se rompe del todo, y cuando se rompe, casi nadie llama a un diseñador de luces; llaman a un electricista de barrio o compran un foco barato en la ferretería.

—Lo sé —admití—. Por eso no estoy pretendiendo vivir de encargos que esta villa no necesita.

He hablado con el patronato del teatro para presentar un plan de mantenimiento técnico preventivo para el edificio.

Dos revisiones al año de las varas, el cuadro secundario y las líneas del foso.

Es un trabajo que conozco, que entra dentro de mis competencias y que evitará que el teatro llegue a cada edición con el cableado a punto de colapsar.

—Un plan de mantenimiento son cuatro duros y tres tardes de trabajo cada seis meses —replicó, con el ceño fruncido bajo la visera de la gorra de paño—. No te da para pagar un taller ni para justificar que te quedes aquí si te sale otra cosa fuera.

—No se trata de justificar nada ante nadie, Gabriel —dije, sosteniéndole la mirada—.

No estoy buscando una garantía que me asegure la vida entera por haber montado un festival.

Lo que estoy diciendo es que quiero trabajar desde aquí, asumir los proyectos que pueda sostener con mis propias manos y dejar de tratar este pueblo como un sitio de paso donde vengo a esconderme entre un trabajo y otro.

El viento sopló con más fuerza entre los dos, levantando una cortina fina de agua pulverizada que se posó sobre el hierro de las farolas.

Mi padre bajó la vista hacia el maletín de herramientas.

—Hablas de contratos, de planes de mantenimiento y de alquileres ajustados como si los papeles pudieran sujetar a una persona a un suelo —dijo en voz baja, con un tono en el que no había reproche técnico, sino una aspereza cansada—.

Quedarse en un sitio no se decide en una conversación junto al malecón, Leo.

Quedarse son diez inviernos seguidos cambiando bornes sulfatados cuando no hay focos encendidos, ni actores en el escenario, ni nadie aplaudiendo en la sala.

Sentí el frío de la respuesta calarme por dentro, la sensación conocida de chocar contra un muro que no cedía ante ningún argumento.

Por un segundo me invadió el impulso antiguo de dar media vuelta, de volver a encerrarme en la cabina técnica y dejar que los hechos hablaran solos cuando ya no hubiera remedio.

Pero me obligué a permanecer quieto frente a él.

Gabriel se pasó la mano por la nuca, frotándose la piel curtida.

—No te estoy diciendo que cierres el taller ni que tires la toalla con el festival —añadió, tras una pausa en la que solo se escuchó el batir continuo de las olas—.

Pero me cuesta creer en esa permanencia de la que hablas.

Me cuesta porque ya te vi hacer las maletas una vez con la misma seguridad con la que hoy me dices que has ajustado los costes de ese bajo.

Y cuando alguien se marcha sin avisar, los que nos quedamos recogiendo los cables no nos olvidamos de la facilidad con la que se suelta una amarra.

Tomé aire antes de contestar.

—No te estoy pidiendo que me firmes un voto de confianza hoy, Gabriel —respondí con serenidad, sin elevar la voz ni buscar una absolución que no me correspondía—.

Sé lo que costó mi silencio y sé que las palabras no arreglan un andén vacío.

Lo único que te digo es lo que voy a hacer: abrir el taller cada mañana, respetar los límites de ese cuadro eléctrico y presentarle a Marina una propuesta que no ponga en peligro a nadie.

Mi padre me miró durante unos segundos. En sus ojos claros, surcados por arrugas profundas, no hubo un gesto de aprobación ni una sonrisa de alivio, pero la rigidez de sus hombros pareció aflojarse un milímetro.

Se agachó despacio, agarró el asa de cuero de su maletín y se lo cargó al hombro con un movimiento seco.

—La línea tres está precintada a cuarenta grados —dijo, señalando con la barbilla hacia la puerta del teatro—.

Si Marina acepta el recorte de los laterales, vigila el disipador del segundo proyector.

Ese aluminio reciclado que trajiste del taller es ligero, pero acumula polvo en las aletas si no lo limpias antes del pase.

—Lo revisaré antes de que entre el coro —contesté.

Mi padre asintió una sola vez, se dio la vuelta y empezó a caminar por el paseo marítimo hacia la calle que subía hacia su casa, con el paso lento y firme de quien conocía cada losa desgastada de la acera.

Me quedé un momento apoyado en la barandilla de piedra, viendo cómo su silueta se alejaba bajo el cielo encapotado de la costa. No había conseguido arrancarle una palmadita en la espalda ni una promesa de perdón, pero por primera vez la conversación no había terminado en una huida.

Miré la hora: faltaban cinco minutos para las diez.

Me separé del muro de piedra, me sacudí la humedad de las solapas del abrigo y caminé de regreso hacia la puerta de servicio del Teatro de la Marea. En el interior, bajo el cono amarillo del flexo, la hoja con los límites reales esperaba sobre la mesa.

Cerré la puerta de servicio a mi espalda y el ruido del oleaje quedó amortiguado tras la madera gruesa. Crucé el escenario en penumbra hasta la tercera fila de butacas, donde el flexo de la mesa técnica proyectaba un círculo amarillo sobre la libreta y las anotaciones recientes.

El pestillo del vestíbulo principal chasqueó con puntualidad. Los pasos de Marina bajaron por el pasillo central de la platea; traía el abrigo abrochado hasta la barbilla y la libreta de anillas sujeta bajo el brazo.

—Gabriel ya ha precintado el cuadro —dijo al llegar a la altura de la consola, deteniéndose junto al respaldo de madera—. He visto su furgoneta salir hacia el puerto.

—Ha fijado el límite en siete mil vatios continuos por sector —contesté, tendiéndole la hoja dividida en dos columnas antes de encender la consola o tocar los potenciómetros—.

Pero con la humedad de la costa y la condensación del foso, la línea tres no disipa temperatura al ritmo previsto.

Si forzamos tres transiciones cruzadas a la vez, el diferencial tirará la fase por seguridad.

Marina tomó el papel. No se apresuró a buscar un fallo ni a defender el minutaje; se sentó en la butaca contigua a la mesa técnica, acercó la hoja a la luz del flexo y leyó la columna izquierda: los valores de Gabriel, las temperaturas de las bornas y el margen de seguridad que exigía la acometida.

Luego pasó a la derecha, donde estaban desglosadas las consecuencias sobre el montaje: la pérdida del contra cenital en la salida de Carmen, el retardo en la atenuación del coro y el ajuste de dos metros en la posición de Tomás.

Alzó la vista despacio, con una serenidad ajena a la urgencia de los primeros ensayos.

—Has puesto el límite por delante de la escena —dijo en voz baja, con un matiz de reconocimiento—. Sin maquillar los números ni esperar a que el cuadro empiece a oler a quemado en mitad del pase.

—Ayer aprendí lo que cuesta tapar una restricción con cables —admití, apoyando los codos sobre el tablero—. No te traigo una escena cerrada, Marina. Te traigo el marco real en el que podemos movernos sin que la obra se quede a oscuras.

Marina dejó la hoja sobre sus rodillas y señaló el segundo punto de la columna derecha.

—Si eliminamos el recorte cobalto sobre el ciclorama, Carmen se queda sin la referencia visual para girar hacia el foro. ¿Qué alternativas tenemos para no dejarla a ciegas?

—Podemos probar dos opciones —expliqué, encendiendo el monitor auxiliar para mostrarle las curvas de atenuación sin activar todavía las varas—.

La primera es subir el lateral bajo con la matriz adaptada de Estudio Lumbre; consume ciento diez vatios y mantiene el tiro a la altura de la cadera, pero el haz es tan estrecho que si Carmen alarga el paso medio metro, perderá la luz en el rostro.

La segunda es prescindir por completo de las varas altas durante ese cruce y encender únicamente la bombilla de trabajo que cuelga sobre el proscenio.

Marina ladeó la cabeza, observando el escenario.

—¿La luz de trabajo dentro del cuadro dramático?