Bajo las Luces del Teatro Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

—Pues deja de intentar arreglarme la hechura —le pedí, sosteniéndole la mirada sin dureza—. Si tienes miedo de que me rompa, dime que tienes miedo. Puedo escuchar eso. Lo que no puedo escuchar es que disfraces ese miedo de consejos sobre lo que debería abandonar para estar a salvo.

Inés respiró hondo, pasando la yema de los dedos por el metro amarillo que le colgaba del cuello. Una media sonrisa cansada le curvó los labios.

—Trato hecho —dijo—. La próxima vez te diré que estoy asustada antes de decirte qué botón tienes que coser.

—Y yo voy a sentarme en una butaca los tres minutos que le quedan a la pausa de Clara sin tocar un solo cable. —Señalé la falda sobre la mesa—. La presilla queda bajo tu criterio. No voy a revisarla antes de que Carmen entre a escena.

—Estará lista a tiempo. Ahora vete a lavarte la cara, que tienes polvo de tramoya hasta en las pestañas.

Salí del taller hacia el escenario. Al cruzar de nuevo el telón, el aire frío de la sala me templó las mejillas.

Tomás estaba en el proscenio haciendo una anotación en su libreto y Clara comprobaba los contrapesos junto a la pared del foso.

En la fila tres, Leo revisaba las asignaciones de canal en la pantalla de la consola auxiliar, con el flexo pequeño iluminándole las manos.

Bajé los escalones del lateral y me detuve junto a su mesa de mandos.

—Leo.

Levantó la vista de inmediato, dejando el cursor fijo sobre la barra de intensidades.

—Dime.

—Necesito que supervises la prueba de tiro del segundo acto con Clara —le dije, apoyando la libreta cerrada en el respaldo de la butaca contigua—.

Yo me voy a concentrar exclusivamente con Tomás en el encadenado dramático del final.

No voy a intervenir en cómo graduáis los laterales mientras respetéis la cota de Carmen.

Leo me miró con atención, midiendo la propuesta antes de darla por sentada.

—De acuerdo —contestó con voz pausada—. Ejecuto la rampa con los proyectores de bajo consumo que calibramos anoche, sin tocar la vara tres. ¿A qué hora nos sentamos a validar el pase conjunto?

—A las dos en punto. Antes de que el elenco se vaya a comer, vemos la transición completa una sola vez para cerrar el bloque.

—A las dos —confirmó—. Si veo que alguna sombra corta el texto antes de tiempo, anoto el minutaje y te espero. No muevo a nadie de sitio.

Abrí mi cuaderno, arranqué la hoja suelta donde había anotado los tiempos de entrada de la utilería auxiliar y se la tendí. Leo la tomó por una esquina; sus dedos rozaron el papel y luego los míos, con un contacto breve y limpio.

—Tomás —llamé, girándome hacia el proscenio mientras subía de nuevo al entablado—. Vamos a trabajar el texto del final desde la réplica de Andrés. Tenemos cuarenta minutos limpios antes de la pasada general.

El resto de la mañana transcurrió con un ritmo distinto, más denso y continuo.

Clara ordenó las entradas de utilería desde el lateral; Tomás guio a los actores aficionados con una paciencia que devolvió la naturalidad a sus pasos; y desde la penumbra de la fila tres, los haces de luz de Leo acompañaron los movimientos como una respiración acompasada, sin forzar una sola trayectoria.

A las dos y media, tras un pase continuo en el que Carmen giró sin tirones y el coro encontró su repliegue natural hacia el fondo, di por cerrada la jornada de ensayo.

Los actores recogieron sus abrigos entre risas cansadas, despidiéndose con la ligereza de quien siente que el trabajo ha quedado bien asentado.

Clara cerró su tablilla, se despidió con un gesto rápido desde la puerta del callejón y el teatro se fue vaciando poco a poco.

El silencio volvió a adueñarse de la sala, acompañado por el crujido familiar de las maderas que se enfriaban tras horas de focos encendidos.

Guardé el bolígrafo en la espiral de mi cuaderno y bajé despacio del escenario.

En la platea, Leo había apagado ya la consola auxiliar y los proyectores de las varas.

Solo quedaba encendida la bombilla de trabajo suspendida sobre el centro del proscenio, que arrojaba un círculo templado de luz amarilla sobre las primeras filas de butacas.

Junto a la mesa técnica, Leo había dejado una silla plegable de lona abierta al lado de la suya. Tenía la chaqueta de trabajo sobre el respaldo y dos botellas de agua cerradas sobre el tablero de madera.

Me acerqué en silencio. Me senté en la silla vacía, apoyando la espalda en la lona y estirando las piernas hacia el pasillo central.

Leo no encendió ninguna pantalla ni abrió sus esquemas. Se limitó a desenroscar el tapón de una de las botellas y me la tendió.

—Gracias —dije, bebiendo un trago largo que me alivió la garganta seca.

—El pase de las dos ha tenido el peso exacto —comentó en voz baja, mirando hacia el escenario desnudo—. Carmen no ha tenido que correr ni una sola vez.

—Tu rampa lateral le dio el espacio justo para girar.

—Tuvimos la paciencia de no empujarla.

No contesté. Apoyé la cabeza contra el respaldo de madera de la butaca trasera y cerré los ojos un momento, sintiendo la cercanía tranquila de Leo a mi lado en la penumbra. El olor a polvo viejo, salitre y madera templada llenaba el Teatro de la Marea.

Me quedé allí, compartiendo el silencio bajo la luz de trabajo, dejando que el peso del teatro descansara entre los dos.