Capítulo 9 #2
—Vamos desde el aviso —ordené—. Tres, dos, uno... dentro.
El coro inició el repliegue en cuña. Carmen cruzó la embocadura hacia la penumbra del lateral; el crujido de la tela y el sonido apresurado de los corchetes llegaron amortiguados por el terciopelo.
Andrés dio dos pasos hacia el centro con la red al hombro, pero la vacilación en el cambio de Carmen lo descolocó y acortó la zancada antes de tiempo, buscando con la mirada la entrada de su compañera.
—¡Sigue, Andrés! —le marqué desde la platea, dando un paso al frente—. ¡No la esperes! Sofía, cruza ahora. Rompe en diagonal hacia la derecha para tapar el hueco.
Sofía obedeció al instante. Dio un quiebro hacia el foro derecho, adelantando su posición dos metros por delante de la línea habitual.
Un chasquido seco resonó en la sala.
La luz cálida que bañaba el proscenio no avanzó con ella. El haz ámbar se detuvo en el corte de la madera y Sofía quedó sumergida de golpe en una sombra azulada, con el rostro apagado a mitad de su movimiento.
Leo había congelado la transición en la consola.
Mantuvo la mano apoyada sobre la hilera de potenciómetros, sin bajar la palanca general, impidiendo que la secuencia continuara. La sala quedó suspendida en un silencio tenso, roto únicamente por la respiración agitada de Sofía en el centro del escenario.
—¿Por qué paras la curva, Leo? —pregunté, sintiendo la sangre golpear con fuerza en mis sienes—. Sofía ha entrado a tiempo para compensar el retraso de Carmen.
Leo no levantó la voz ni gesticuló. Se levantó despacio de la banqueta, apoyó las palmas en la mesa auxiliar y me miró desde la penumbra de la fila tres con una calma deliberada.
—Sofía ha entrado a tiempo, pero ha cruzado por donde no hay cobertura —dijo, midiendo las palabras sin aspereza—.
Si adelanta dos metros la diagonal, sale del tiro lateral bajo y se mete en la sombra del bastidor.
Para iluminarla ahí tendría que encender la vara tres, y ya sabemos lo que Gabriel nos dijo sobre la carga de esa línea.
—Podemos abrir el diafragma del frontal medio centímetro —dije, buscando la salida técnica inmediata—. Le da el baño suficiente para no perderle la cara mientras Carmen llega a la marca.
Leo negó suavemente con la cabeza.
—Ayer fijamos tres criterios para las zonas mixtas, Marina —me recordó, señalando la hoja que asomaba en mi cuaderno—.
Servicio a la acción dramática, viabilidad para el elenco y compatibilidad con los recursos.
Si abro el frontal, lavo el contraste del coro y deslumbro a Tomás en su entrada.
¿Qué intención estamos protegiendo al adelantar ese cruce?
La pregunta quedó flotando en el aire del teatro, desnuda y precisa.
Abrí la boca para defender la urgencia del ritmo, para soltar la retahíla de tiempos y marcas memorizadas, pero la voz se me trabó en la garganta.
Miré al escenario. Sofía permanecía inmóvil en la penumbra, esperando una instrucción que no la hiciera tropezar; Tomás contenía al coro con la mano abierta, guardando un silencio paciente pero exhausto; Clara sostenía la tablilla contra el pecho, aguardando a que dejara de mover piezas para registrar un horario que no quedara obsoleto al minuto siguiente.
Y al fondo de la embocadura, en la media luz del pasillo, mi madre sostenía la falda de Carmen con una mano y la aguja enhebrada en la otra, esperando a que el tiempo del ensayo se detuviera lo suficiente para poder dar una sola puntada que no reventara al primer giro.
El peso del cuaderno en mis manos se volvió insoportable. No estaba dirigiendo la escena; corría detrás de cada tropiezo, arrebatándoles el margen de maniobra y tensando el aire del teatro hasta volverlo irrespirable.
Bajé los brazos despacio. El bolígrafo resbaló entre mis dedos y quedó sujeto contra la tapa de cartón.
—He cambiado tres cosas a la vez —dije, y mi voz sonó más limpia en el vacío de la sala, despojada de la urgencia—. Y ninguna de las tres encaja.
Tomás bajó la mano y soltó los hombros con un suspiro discreto. Sofía dio un paso atrás y regresó a la zona de luz que conocía.
Miré a cada uno, devolviendo el terreno que había intentado acaparar.
—Tomás, Andrés necesita mantener su ritmo natural con la red. Trabaja con él ese cruce sin meterle prisa por Carmen.
—Entendido —asintió Tomás, girándose hacia el actor con un gesto tranquilo.
—Clara, que Mateo traiga la banqueta y coloque el farol de utilería según el inventario que marcaste. No voy a moverme de aquí para buscarlo.
Clara asintió con un trazo rápido de lápiz sobre su hoja.
—Inés —añadí, mirando hacia la embocadura donde mi madre seguía de pie—, tómate los minutos necesarios para probar el cierre de la falda con Carmen. No vamos a meterla en escena hasta que el broche funcione sin tirones.
Mi madre no dijo nada; se limitó a inclinar la cabeza con una media sonrisa apenas perceptible y condujo a Carmen hacia el interior del taller.
Por último, me giré hacia la fila tres. Leo seguía de pie junto a la consola, observándome en silencio bajo la luz mortecina de los flexos técnicos.
—Sofía no va a cruzar en diagonal —le dije, sosteniéndole la mirada—. Mantendremos la marca original que acordamos ayer. La intención del cuadro es el vacío que deja Carmen, no llenar el espacio a la fuerza.
Leo asintió despacio, apoyó los dedos sobre la mesa de mandos y devolvió los valores a la posición de partida.
—Se queda en la marca original —confirmó.
Cerré el cuaderno de notas con un chasquido suave, sintiendo por primera vez en toda la jornada el cansancio real en los músculos del cuello.
—Necesito cinco minutos —anuncié a la sala, sin buscar excusas ni disfrazar la pausa de tecnicismo—. Cinco minutos para revisar la estructura del segundo acto antes de dar la siguiente pasada.
Nadie protestó. Los actores se sentaron en el borde del proscenio a descansar, Clara retomó el diálogo en voz baja con los tramoyistas y el teatro recuperó una respiración templada, libre de la prisa que casi lo quiebra.
Apreté el cuaderno contra el pecho y caminé hacia la embocadura. El murmullo bajo de los actores que estiraban las piernas en el proscenio quedó amortiguado tras el primer paño de terciopelo.
En el rincón de vestuario, el olor a lino caliente y vapor todavía flotaba en el aire.
Mi madre estaba sentada junto a la mesa de corte, con las gafas en la punta de la nariz, hilvanando una presilla metálica en la pretina de la falda de Carmen.
La actriz se miraba en el espejo ovalado, comprobando que la tela no le tirara de las caderas al girar el tronco.
—Carmen, sal al pasillo a beber un poco de agua —le pedí con voz tranquila—. Te llamamos en cuanto retomemos.
Carmen asintió aliviada, se descalzó las zapatillas de escena y salió.
Mi madre no levantó la aguja. Dio dos puntadas firmes, tensando el hilo encerado con un tirón seco del pulgar.
—Quedan tres minutos de tu pausa —dijo, sin apartar los ojos de la tela—. Si vienes a cronometrarme el hilván, vas a perder dos.
Dejé el cuaderno sobre el canto libre de la mesa, apartando con cuidado las tizas de sastre para no manchar las tapas.
—No vengo a cronometrar nada —respondí. Apoyé las manos en la madera, sintiendo el cansancio acumulado latir en la base del cuello—.
Tenías razón con lo de las costuras. Llevo días corriendo de un lado a otro porque me convencí de que, si no sostenía cada hilo con mis propias manos, alguien vendría a decirme cómo tengo que hacer mi trabajo.
Mi madre detuvo la mano en el aire. La aguja quedó suspendida a medio milímetro del paño oscuro.
—Nadie en este teatro está intentando quitarte la dirección, Marina.
—Lo sé. Me he pasado la mañana defendiéndome de cosas que nadie me estaba exigiendo.
—Tomé aire, midiendo las palabras para no levantar un muro nuevo entre las dos—.
Pero no me equivoqué de oficio al volver, mamá.
No voy a buscar una vida más tranquila solo porque este montaje cueste doce horas al día y me deje sin voz.
Esto es lo que soy y es lo que elijo hacer.
Mi madre clavó la aguja en el acerico de fieltro. Se quitó las gafas despacio y las dejó sobre el retal de estameña, mirándome de frente, con esos ojos claros que no admitían rodeos.
—A veces te veo doblarte bajo el peso de todo esto y me sale el impulso de meterte un refuerzo en la espalda —admitió, con un tono más suave del habitual—.
Como si fueras una chaqueta que ha salido de mi taller y tuviera la obligación de arreglarte la hechura para que no pases frío.
Se me olvida que ya no eres la niña que ensayaba en el patio.