Capítulo 9
Costuras demasiado tensas
Marina Soler
El vapor de la plancha subió en una nube densa que olía a lino húmedo y cera de sastre. En el rincón del fondo del pasillo de camerinos, habilitado como taller provisional de vestuario, dos percheros metálicos crujían bajo el peso de las faldas de paño y las chaquetillas de trabajo del coro.
Sostuve la solapa de la chaqueta de Andrés mientras mi madre clavaba tres alfileres en la sisa. Con la otra mano, intentaba sujetar el móvil contra la rodilla para responder a un mensaje de Clara sobre la utilería menor.
—Si no aflojas dos centímetros aquí —dije, señalando con el bolígrafo la costura bajo el brazo—, Andrés no va a poder levantar la red en la segunda escena sin tirar del cuello.
Mi madre no levantó la vista de la tela. Sacó otro alfiler de la almohadilla imantada de la muñeca y lo deslizó con un movimiento suave y preciso.
—Ya le di holgura al forro —respondió—. Lo que necesita Andrés no son dos centímetros más de tela, Marina. Lo que necesita es que no le cambies la entrada tres veces en la misma tarde para no tener que girar en redondo con diez kilos de cuerda encima.
El tono no tenía aspereza, pero me hizo retirar los dedos de la prenda. Apoyé la libreta sobre la mesa de corte, entre tizas y retales de estameña gris.
—Tuvimos que moverlo a la izquierda para que no cruzara la sombra del panel —expliqué, revisando de reojo la hora en la pantalla del teléfono—. Si no entra en diagonal, el haz ámbar que fijamos con Leo le corta la cara a mitad de la frase.
—Y para que el haz ámbar no le corte la cara, tú llevas dos días sin sentarte a comer antes de las cuatro.
Mi madre cortó el hilo con un chasquido seco de las tijeras pequeñas y dejó la aguja clavada en el acerico.
Me miró entonces, con esa costumbre suya de buscar el cansancio en las ojeras antes de preguntar nada.
Llevaba el metro de hule amarillo colgando del cuello y las gafas de cerca apoyadas en la punta de la nariz.
—Estoy bien, mamá. Hay que ajustar el vestuario a los nuevos recorridos antes del pase técnico de mañana. Si dejamos los cierres viejos, Carmen tardará cuarenta segundos en desabrocharse la capa en el lateral y perderá la entrada con Tomás.
—Lo sé —dijo, tomando la falda de Carmen para comprobar la presilla del costado—.
Llevo cosiendo para este festival desde que tenías ocho años y te escondías debajo de las butacas con los libretos viejos.
Sé perfectamente cuándo una falda estorba.
Lo que te estoy preguntando es si dirigir esto significa que tengas que revisar cada dobladillo, cada llamada de Clara y cada cable que mueve el hijo de Gabriel.
El móvil vibró en mi regazo con un aviso de Lucas: los paneles ya estaban en el muelle. Tecleé con una sola mano: *«Comprueba que la escuadra no toque la guía antes de fijarlo»*.
—Clara lleva la producción y Leo se ocupa de la iluminación —contesté sin apartar los ojos de la pantalla—. Pero la puesta en escena es mía. Si algo falla en el escenario, la responsable soy yo ante Beatriz y ante el pueblo.
Mi madre extendió la tela de la falda sobre la tabla de planchar. Pasó la palma abierta sobre el tejido oscuro, alisando las arrugas con una paciencia que contrastaba con el pulso acelerado de mis sienes.
—Cuando una costura va demasiado tirante, Marina, la prenda parece perfecta en el maniquí.
No hace una sola bolsa, el dibujo queda recto y cualquiera que la mire desde lejos piensa que está impecable.
Pero en cuanto el cuerpo se mueve un poco más de la cuenta, la tela revienta.
Y nunca se abre por donde pusiste el refuerzo; se rompe en el punto que nadie estaba mirando.
Guardé el teléfono en el bolsillo y crucé los brazos, sintiendo el canto frío de la mesa contra las caderas.
—No es una costura, mamá. Es un montaje con catorce actores que no son profesionales y un teatro que se cae a pedazos si no vigilamos cada detalle. No me fui a trabajar fuera para volver aquí a hacer teatro de sobremesa.
—Nadie te está pidiendo que hagas las cosas a medias.
—Pues parece que cada vez que me ves trabajar doce horas seguidas piensas que me he equivocado de oficio —solté, antes de medir la dureza de las palabras—.
Que habría sido más sensato quedarme dando clases en el instituto o esperando a que alguien me llamara para montar dos sainetes al año en las fiestas patronales.
El vapor de la plancha se extinguió con un silbido breve. Mi madre la dejó en vertical sobre el soporte, se quitó las gafas y las posó junto a mis notas. En sus ojos no había enfado, solo una quietud templada.
—Sé muy bien lo que vales, Marina. Te he visto levantar escenas enteras con cuatro tablas y un foco cuando los demás ni siquiera sabían por dónde empezar.
Tu talento no lo discuto. Lo que no entiendo es por qué crees que para que te tomen en serio tienes que desaparecer dentro del trabajo hasta que no quede nada más de ti.
Apreté los labios. El impulso de defenderme me llenó la boca de argumentos inmediatos, de cifras y tareas que nadie más parecía atender a la vez.
—Alguien tiene que coordinar esto —dije, señalando el pasillo—.
Tengo que revisar con Lucas la medida exacta de las patas antes de que Clara cierre el orden de carga.
Tengo que hablar con Tomás para asegurarme de que el coro no vuelva a dispersarse en el proscenio, y comprobar con Leo que los tres proyectores nuevos no fundan la línea antes de que Gabriel precinte el cuadro.
Si no paso por cada uno de esos puntos, mañana a las diez el ensayo se detiene.
Mi madre tomó una tiza azul y trazó una línea tenue en el bajo de la falda de Carmen.
—Lucas sabe medir bastidores —dijo en voz baja—. Clara lleva diez años organizando a los tramoyistas. Y Leo no necesita que le sujetes la linterna para saber cuánta luz cabe en un enchufe.
Me quedé callada. Al escuchar la lista en voz alta, el peso de cada tarea sonó distinto.
Las frases que acababa de usar para justificar mi presencia en cada rincón del teatro eran las mismas responsabilidades que dos días antes había repartido sobre el papel con Clara y con Leo.
Las había delegado, pero en cuanto el cansancio apretó y los plazos se estrecharon, las manos se me habían ido de nuevo hacia los cabos por miedo a que los demás no apretaran los nudos con mi misma fuerza.
Mi madre dobló la falda con cuidado y la encajó en la percha de madera.
—Prueba esto en el pase de las doce —dijo, tendiéndomela—. Le he soltado tres centímetros en la cadera para que Carmen pueda girar sin tropezar con el vuelo. A ver si así la actriz respira y tú la dejas respirar a ella.
Tomé la percha. La lana pesaba en mi mano, tibia todavía por el calor del planchado.
—Gracias —murmuré, con la voz más baja de lo que pretendía.
—Vete a lavarte la cara antes de que empiece el ensayo —añadió mientras volvía a colocarse las gafas para enfilar una nueva hebra de hilo gris—. Pareces un fantasma paseándose entre las bambalinas.
Salí del taller improvisado hacia la penumbra del escenario, con la falda aún templada colgada del brazo y la libreta apretada contra las costillas.
Colgué la falda de Carmen en el perchero auxiliar de la embocadura y entré en el escenario. El aire fresco de la sala disipó de inmediato el olor a vapor y cera de sastre que traía pegado a la ropa, pero el zumbido sordo detrás de mis sienes seguía marcando el mismo pulso acelerado.
En el centro del entablado, Tomás repasaba con Andrés y Sofía el encadenado del segundo cuadro.
Al fondo, junto al bastidor del malecón, Clara revisaba con un lápiz la lista de atrezo sobre su tablilla, mientras Leo, sentado tras la pequeña consola auxiliar en la tercera fila de butacas, terminaba de volcar en la memoria los valores que habíamos calibrado la noche anterior.
—Vamos a probar el cambio rápido desde la salida del coro —anuncié, bajando los dos peldaños hacia el pasillo central sin soltar el cuaderno de notas—.
Carmen sale por el lateral izquierdo, se quita la capa de estameña, entra la falda nueva y vuelve al proscenio antes de la réplica de Andrés. Tenemos exactamente dieciocho segundos.
Tomás levantó la mano para llamar a los actores, pero me adelanté antes de que pudiera dar la orden.
—Andrés, colócate ya con la cesta a medio metro de la segunda pata —indiqué—. Sofía, no esperes a que Carmen pise la madera; en cuanto veas la sombra de la capa caer tras el telón, inicias el cruce.
—Marina, Andrés todavía está ajustando la empuñadura del cabo —advirtió Tomás desde el proscenio, girándose despacio hacia mí—. Si le metemos prisa con la cesta, va a tropezar con el borde de la tarima como en el primer pase.
—Solo tiene que acortar el paso —respondí sin detenerme—. Si no recortamos esos cuatro segundos en el arranque, la entrada de Carmen se comerá el silencio de la escena.
Subí la mirada hacia el fondo del lateral. Carmen forcejeaba entre las bambalinas intentando soltar el broche del cuello de la capa. Al verla vacilar, sentí el tirón inmediato en los hombros, el impulso reflejo de intervenir.
—Carmen, no tires hacia arriba —grité hacia la sombra del telón, avanzando un metro hacia el proscenio—. Desliza el pasador hacia la izquierda. Y no te pongas la falda de pie; siéntate en la banqueta que dejamos junto a la cornamusa.
—La banqueta la movió Lucas para dejar paso a la red —informó Clara desde el lateral, levantando la vista de sus papeles—. Mateo está trayendo otra del almacén.
—No esperes a Mateo —corté, tachando la anotación previa en la libreta—. Que se apoye en el larguero del bastidor. Es madera maciza, aguanta el peso. Y el farol de mano que falta en la esquina lo subo yo en cuanto terminemos esta pasada.
—Ese farol ya está asignado a la utilería de guardia, Marina —intervino Clara, con un tono firme—. No necesitas ir tú a buscarlo.
Apreté el bolígrafo contra el papel. El margen del cronómetro se estrechaba; cada segundo en explicaciones pesaba contra el pase.