Bajo las Luces del Teatro Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Por favor, apaga eso antes de que Gabriel huela el calor desde su casa y venga con el extintor —pidió, tapándose los ojos con una mano entre sonrisas.

Giré la rueda hasta devolver el circuito a cero.

Marina tomó aire, recogió una muestra de gelatina color ámbar pajizo muy abierta y una lámina de difusión de cuarto de grado.

—Esta —dijo, mostrándomela—. No disfraza la madera, deja que el rostro de Carmen conserve el tono natural y no proyecta sombras duras sobre el coro cuando se repliega hacia el fondo.

Coloqué los dos recortes en el soporte del proyector grande y volví a accionar la palanca.

Sobre el tablero del fondo, la luz se expandió con una suavidad templada.

El haz cubría tres metros y medio de ancho con una caída progresiva en los bordes, consumiendo exactamente ciento diez vatios en la lectura del multímetro.

La claridad era suficiente para distinguir la textura de las telas y la expresión de los ojos sin deslumbrar ni convertir la escena en un artificio técnico.

Marina se quedó mirando el panel iluminado durante unos segundos, con las manos apoyadas en el borde de la mesa de dibujo.

—Funciona —dijo en voz baja—. Es exactamente el peso que le faltaba a la entrada.

—Y deja la línea tres con casi trescientos vatios de margen por debajo del tope que fijó mi padre —adicioné, anotando el valor de consumo en la libreta.

Marina recorrió con la mirada el resto del taller: las herramientas colgadas por tamaño en el tablero perforado, los cables enrollados por calibres, el soldador enfriándose sobre el soporte de hierro y las baldas donde los componentes reparados aguardaban turno de montaje.

—Cuando me dijeron que habías vuelto a abrir un taller aquí, pensé que sería algo provisional —comentó, pasando los dedos por el borde biselado de la mesa de trabajo—.

Un sitio de paso mientras salía alguna producción grande fuera.

Pero esto no parece el cuartel general de alguien que está esperando el primer tren para marcharse.

Dejé el destornillador sobre el paño de fieltro. El metal tintineó suavemente contra la mesa.

—Fundé Estudio Lumbre para poder trabajar desde aquí bajo mis propias condiciones —respondí, midiendo cada sílaba—.

Para no tener que depender de giras interminables donde solo eres el técnico que ejecuta el diseño de otro, ni tener que pedir permiso cada vez que quiero recuperar focos viejos en vez de alquilar material de catálogo.

Marina me miró a los ojos, sosteniendo la conversación con una atención pausada.

—¿Y da para quedarse? —preguntó con sencillez.

Sentí el peso exacto del archivador metálico a mi espalda, con las facturas vencidas y el informe que Beatriz revisaría tras el festival.

Las palabras para explicarle la cláusula del patrocinio —que la estabilidad del estudio y el contrato de ampliación cultural por tres años dependían de que esta codirección fuera intachable— estuvieron a punto de formarse en mi boca.

Callé ese detalle. Decirle que el festival era la llave económica de mi permanencia en Puerto Escondido sonaría a poner sobre sus hombros el futuro de mi negocio, a condicionar cada una de las decisiones artísticas que con tanto esfuerzo estábamos equilibrando sobre el papel.

—Es un comienzo —contesté, manteniendo la voz firme—. Si demostramos que un montaje como este puede sostenerse con rigor y atraer público, las cosas empezarán a asentarse.

Marina asintió despacio y volvió a mirar la luz ámbar que seguía brillando sobre la mesa.

La cercanía entre los dos, ganada minuto a minuto sobre los planos y el trabajo compartido, hacía que cada silencio resultara más difícil de justificar, pero me aferré a la idea de que guardar silencio era la única forma responsable de proteger lo que estábamos construyendo.

Marina destapó el bolígrafo y apoyó su libreta junto al multímetro para anotar los valores de la prueba.

—Ciento diez vatios por unidad, filtro ámbar pajizo con difusión de cuarto y trescientos vatios de margen limpio en la línea tres —dictó en voz baja mientras escribía con trazo firme—. Clara podrá meterlo en el parte de mañana sin que Gabriel nos persiga por el escenario con el voltímetro.

Al apartar la regla metálica para hacer sitio en la bancada, el borde de su libreta rozó una carpeta de cartulina kraft que sobresalía entre los manuales de óptica.

No la abrió ni levantó la solapa; se limitó a leer el membrete impreso en la portada antes de retirar la mano: *Estudio Lumbre: Programa de Adecuación Escénica y Espacios Culturales*.

Marina levantó la vista, manteniendo los dedos apoyados en la madera.

—No te conformas con recuperar carcasas viejas en el taller —dijo, con un tono en el que no había reproche, sino una curiosidad atenta—. Esto no es solo para salir del paso este mes. ¿El festival podría abrirte puertas para proyectos más amplios por aquí?

Apoyé las palmas sobre el borde de la mesa, sintiendo el metal frío del chasis que acabábamos de calibrar.

—Esa es la idea —contesté, midiendo la respuesta para mantenerla en el terreno de las aspiraciones generales—.

Si demostramos que este teatro puede funcionar con un diseño propio y recursos medidos, Estudio Lumbre deja de ser un taller de reparaciones de urgencia.

Serviría para defender propuestas en otros espacios de la comarca y justificar que tiene sentido quedarse a trabajar en Puerto Escondido.

Callé el resto. Omití que Beatriz Valdés ya había fijado las condiciones exactas: el contrato trienal de ampliación cultural para el estudio dependía de la solvencia impecable de esta codirección y de una colaboración sin fisuras.

Convertí una exigencia inmediata en un deseo a largo plazo, una posibilidad abstracta que no le exigía a Marina asumir peso sobre sus decisiones escénicas.

Marina cerró el bolígrafo con un chasquido suave y me miró. En su gesto no quedaba rastro de la distancia defensiva con la que solía blindarse en el Teatro de la Marea.

—Comprendo lo que buscas, Leo —dijo en voz baja, con una calidez sobria que me golpeó de lleno—. Sé lo que significa querer que un proyecto propio funcione de verdad. Demostrar que puedes sostenerte en tu oficio sin tener que volver a hacerte pequeño para que otros te dejen sitio.

Me quedé inmóvil frente a ella. Era la razón por la que había vuelto y levantado cada estantería de ese taller. En esa frase, Marina me ofrecía un terreno limpio donde la verdad sobre el patrocinio no habría sonado a presión ajena, sino a una confidencia profesional compartida entre iguales.

Tomé aire. Las palabras para explicarle la llamada de Beatriz, el contrato de tres años y el riesgo real que pendía sobre Estudio Lumbre estuvieron a punto de salir.

En ese instante, el teléfono vibró contra la madera con un zumbido seco.

El nombre de Clara parpadeó en la pantalla. Deslicé el dedo y activé el altavoz sin apartar la mirada de Marina.

—Dime, Clara.

—*Lucas tiene la furgoneta libre a primera hora* —la voz de Clara sonó directa, acompañada por el rumor de papeles de fondo—.

*Si Marina ha dado el visto bueno a los tres módulos de bajo consumo, necesito que queden embalados esta noche.

Lucas pasará a las ocho menos cuarto por el callejón para cargarlos antes de que lleguen los del coro. *

Marina señaló las cajas de cartón reforzado con un gesto afirmativo.

—Están aprobados, Clara —respondió hacia el teléfono—. Consumo verificado y filtros listos. Entran en el parte de mañana.

—*Perfecto. Cierro la hoja técnica y os veo a las ocho en el teatro.*

La línea se cortó con un tono seco.

El impulso de sinceridad se deshizo en el taller, desplazado por la inercia práctica del montaje. Me incliné sobre la mesa, desconecté las clavijas del banco de pruebas y comencé a envolver la primera carcasa en plástico de burbujas.

—Te ayudo a cerrar las cajas —dijo Marina, acercándose al otro lado de la bancada para sujetar las solapas de cartón.

—Ten cuidado con las aletas de ventilación —le advertí, pasando la cinta de precinto alrededor del paquete—. El aluminio reciclado es ligero, pero si recibe un golpe lateral se dobla la guía del portafiltros.

—Sé cómo tratar una óptica, Aranda —respondió con una media sonrisa seca, tensando el cartón mientras yo pegaba la tira adhesiva.

Cargamos los tres proyectores en dos cajas grandes. Levanté la más pesada y la coloqué junto a la puerta del callejón, mientras Marina dejaba la segunda sobre la banqueta para facilitar la recogida de Lucas por la mañana.

Marina se ajustó la bufanda alrededor del cuello y recogió su libreta.

—Nos vemos mañana a las ocho —dijo, deteniéndose un segundo en el umbral mientras el viento salino de la noche entraba por la rendija.

—Allí estaré.

La vi alejarse por el callejón bajo las farolas tenues del muelle, con el cuaderno apretado contra el abrigo y el paso firme de quien sentía que por fin empezábamos a pisar terreno firme.

Cerré la puerta con llave y regresé al centro del taller.

Apagué el cuadro secundario, pero dejé encendida la bombilla de trabajo sobre la bancada, que arrojaba un círculo templado sobre los listones de pino y las herramientas ordenadas.

Me dije que ya habría tiempo para hablarle del contrato de Beatriz; que decírselo ahora, cuando acabábamos de pactar las reglas y el elenco empezaba a confiar, solo añadiría una tensión innecesaria a un equilibrio todavía frágil.

Sin embargo, al mirar la mesa vacía y el archivador metálico donde guardaba las cuentas, supe que no la estaba protegiendo de una carga: estaba decidiendo por mi cuenta qué parte de la realidad estaba preparada para soportar.