Capítulo 8
Los márgenes de Lumbre
Leo Aranda
La pantalla del móvil vibró sobre el tablero de pino, deslizándose dos centímetros entre virutas de cobre y restos de cinta aislante.
El mensaje de Clara era tan escueto como de costumbre: «Marina necesita validar las luminarias de bajo consumo antes de cerrar el inventario para el parte de mañana.
Si no las ve funcionar en la transición del segundo acto, no entran en la lista».
Miré las dos cajas de cartón reforzado que descansaban junto a la puerta del taller.
Había pensado llevar los focos directamente al Teatro de la Marea, pero la fuente de alimentación regulada y el puente de resistencias con el que calibraba las curvas de intensidad estaban fijados a la bancada principal.
Probar los disipadores térmicos sin el transformador de prueba era arriesgarse a quemar una placa antes de que Gabriel pudiera siquiera medir la línea.
Estudio Lumbre no admitía muchas visitas sin revelar sus costuras.
Recorrí el espacio con la mirada. En las estanterías metálicas, los botes de cristal con tornillería y las muestras de policarbonato alineadas por gamas cromáticas convivían con huecos excesivamente anchos en las baldas superiores, allí donde cualquier empresa consolidada acumularía cabezas móviles y consolas de repuesto.
Sobre la mesa de dibujo, junto a los planos del festival, se apilaban tres facturas de distribuidores eléctricos con el sello de vencimiento próximo y dos presupuestos de iluminación comercial que habían quedado sin respuesta tras el invierno.
Tomé los papeles sueltos, abrí el cajón inferior del archivador metálico y los deslicé bajo la carpeta de manuales técnicos.
Aparté los rollos de cable vulcanizado del suelo, pasé un trapo sobre el serrín que cubría la segunda banqueta de madera y encendí el flexo de brazo articulado, orientando el cono de luz hacia el centro de la mesa de trabajo para que el fondo del taller quedara en una penumbra discreta.
Unos nudillos firmes golpearon el cristal esmerilado de la puerta que daba al callejón.
Me limpié las manos en el pantalón de trabajo y abrí. Marina estaba en el umbral, con la bufanda desanudada sobre el cuello de la chaqueta y su libreta de notas sujeta bajo el brazo. El aire húmedo de la tarde entró con ella, mezclándose con el olor a estaño y resina que impregnaba el taller.
—Clara me dijo que tenías aquí el banco de pruebas —dijo, dando un paso hacia el interior mientras sus ojos recorrían las paredes de ladrillo visto.
—El transformador auxiliar pesa demasiado para cargarlo hasta el teatro solo para un test de diez minutos —expliqué, haciéndome a un lado para dejarla pasar—. Además, aquí puedo medir la caída de tensión sin que mi padre aparezca con el precinto en la mano.
Marina sonrió apenas, deteniéndose ante la mesa central. Esperaba que reparara en la estrechez del local o en las herramientas gastadas que colgaban del tablero de clavijas, pero su atención se fijó de inmediato en las carcasas que tenía preparadas sobre el paño de fieltro.
Eran tres proyectores de recorte antiguos, rescatados del almacén municipal hacía dos años, a los que había vaciado las ópticas halógenas originales para instalarles matrices LED de baja potencia con disipadores de aluminio reciclado.
Las carcasas conservaban los arañazos del uso previo, pero los cierres de bayoneta y las guías de los portafiltros estaban pulidos y engrasados.
—¿Son estos los que van a cubrir la entrada lateral de Carmen? —preguntó, inclinándose sobre la mesa.
—El primero de la izquierda —respondí. Conecté la clavija al circuito de pruebas y accioné el interruptor de palanca—. He sustituido la lámpara de mil vatios por un módulo de ciento veinte con lente condensadora corregida. Fíjate en el borde del haz.
Giré despacio el potenciómetro de la fuente. Sobre el tablero blanco que tenía apoyado contra la pared del fondo apareció un círculo de luz cálida, denso y homogéneo, sin el halo azulado característico de los emisores industriales baratos.
Marina dio un paso hacia el tablero, interponiendo la mano abierta a medio metro del foco. La sombra de sus dedos se proyectó nítida, con un recorte suave que no generaba aberraciones en los extremos.
—La temperatura de color es casi idéntica a la del halógeno —observó, girando la muñeca para comprobar la dispersión—. No aplasta el tono de la piel. ¿Cómo has evitado el salto frío en la curva baja?
—Le añadí un filtro corrector ámbar de trescientos veinte grados montado directamente sobre el disipador, antes de la lente focal —expliqué, señalando con la punta de un destornillador el anillo interior de la carcasa—.
Y la electrónica no corta en seco al diez por ciento; tiene un retardo térmico que imita el enfriamiento del filamento.
Si Carmen retrocede despacio, la luz la acompaña sin apagarse como un fluorescente de oficina.
Marina me miró, con una curiosidad limpia en los ojos que desplazaba por completo la tirantez de los primeros días.
—¿Dónde encontraste estas carcasas? Las viseras no son de ningún modelo comercial reciente.
—Pertenecían al viejo cine del puerto —dije, sintiendo un calor inesperado en el pecho al hablar de las piezas—.
Llevaban quince años arrumbadas en un altillo con los casquillos quemados.
Lucas me ayudó a rehacer los soportes de horquilla con pletinas de hierro y yo recalibré las cremalleras de enfoque.
Con tres de estos consumimos menos que con un solo foco de sala, y nos dan la misma cobertura sin cargar la línea tres.
Marina pasó la yema de los dedos por el metal mate de la campana, reconociendo el ajuste de los tornillos manuales.
—No es solo un apaño para cumplir con los números de Gabriel —dijo en voz baja, casi para sí misma—. Es una forma distinta de pensar el espacio.
—Es lo que hace que Estudio Lumbre pueda funcionar —respondí, midiendo las palabras para no cruzar la frontera hacia las cuentas que acababa de esconder en el cajón—.
No siempre se puede comprar el catálogo entero de un fabricante.
A veces se trata de entender qué física necesitas y construirla con lo que tienes a mano.
Marina levantó la vista hacia el muestrario de filtros ordenados en la pared, donde docenas de recortes de gelatina reposaban clasificados por densidad y matiz. En la calma del taller, la luz ámbar seguía templando la madera de la mesa.
Marina apartó la vista del muestrario de gelatinas y se inclinó sobre la maqueta de madera que ocupaba la esquina derecha de la bancada.
Era una reproducción a escala uno a cincuenta del escenario del Teatro de la Marea, armada con listones de balsa, cartón pluma y pequeñas varas de latón que permitían colgar proyectores en miniatura con diodos de prueba.
Tomó uno de los pequeños peones de madera que representaban al coro y lo colocó junto a la embocadura izquierda. Luego desplazó la figura de Carmen dos centímetros hacia el centro, exactamente en la cota donde habíamos fijado su retroceso.
—Si usamos este tiro lateral con la lente ancha —dijo, apoyando la barbilla en la palma de la mano—, la luz baña a Carmen, pero el ángulo cae tan bajo que estira las sombras del coro contra el ciclorama como si fuera una procesión fúnebre.
Miré la proyección sobre el fondo de cartulina blanca. El haz del módulo de ciento veinte vatios dibujaba un recorte impecable, pero la densidad del ámbar convertía la escena en un cuadro solemne y severo, desprovisto de la respiración ligera que Tomás buscaba para los vecinos.
—El problema no es la apertura —observé, situándome a su lado frente a la maqueta—. Es la densidad del filtro. El corrector de trescientos veinte grados apaga los tonos medios de la piel si no hay un rebote frontal que compense.
Por costumbre, mi mano se dirigió a la caja de lentes auxiliares para cambiar el soporte por mi cuenta. Me detuve antes de tocar el metal.
Frené el gesto y descolgué de la pared la anilla metálica con las muestras de gelatina de densidad media. La deposité sobre la madera, entre los dos, con las láminas de colores desplegadas en abanico.
—Elige tú la temperatura —le dije—. Dime qué tono necesita la retirada de Carmen y yo calculo la resistencia para que no nos coma el margen de la línea tres.
Marina levantó la vista, sorprendida por la invitación a manipular el banco de pruebas. Dudó apenas un segundo antes de extender los dedos hacia las muestras. Pasó una lámina color paja claro por delante del cono de luz de la maqueta, luego una de difusión suave y otra con un toque de rosa ceniza.
—Si le quitamos saturación al ámbar, perdemos la calidez de la madera vieja —murmuró, sosteniendo dos filtros superpuestos frente a la óptica miniatura—. Pero si lo dejamos tan denso, parece que el pueblo entero está velando a un muerto en vez de recoger las redes después de la faena.
—Prueba con un corrector intermedio y una lámina de seda para abrir el haz sin aumentar potencia —propuse, acercándole la pinza de precisión.
Marina encajó los dos trozos de plástico en el portafiltros artesanal. Al deslizar el marco en la ranura de la carcasa, rozó sin querer el selector de canal de la fuente secundaria, donde tenía conectado un proyector de fondo con una muestra de ámbar saturado de teatro clásico.
De pronto, la maqueta entera quedó inundada por un resplandor naranja chillón, espeso como melaza, que tiñó las figuras de madera de un tono volcánico estrepitoso.
Marina soltó la pinza y dio un paso atrás, parpadeando ante el fogonazo.
—Vaya —dijo con ironía seca—. No sabía que el texto de Tomás incluía una erupción en el malecón.
—Es el filtro doscientos tres —respondí, sin poder contener la risa mientras bajaba el potenciómetro—. Lo usé el año pasado para simular un incendio en una obra infantil. Si lo dejamos ahí, Carmen no va a parecer una vecina en apuros; va a parecer que ha entrado en una postal turística barata.
Marina soltó una carcajada limpia que resonó contra las paredes de ladrillo del taller.