Bajo las Luces del Teatro Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

El alivio me aflojó la mandíbula, pero la calma duró poco.

Al fondo del lateral derecho, junto a la segunda pata de terciopelo negro, un movimiento extraño me llamó la atención.

Uno de los tiros de cáñamo que sostenía el bastidor superior del ciclorama se había soltado de la cornamusa de pared y había quedado trabado en la escuadra de hierro de una de las calles bajas, tirando de la tela con una tensión peligrosa cada vez que el aire del muelle se colaba por el portón.

Me levanté despacio para no distraer a Tomás y caminé en silencio por el pasillo lateral hacia la embocadura.

Al cruzar tras el telón, el olor a polvo acumulado y humedad marina se hizo más denso.

La cuerda de cáñamo, gruesa como dos dedos, estaba aprisionada entre la abrazadera del foco y la madera del bastidor.

Si el tiro cedía con un golpe de viento, el contrapeso descompensaría la vara y la tela caería sobre el pasillo del coro.

Localicé la escalera de madera de cuatro peldaños apoyada contra la pared del foso, la arrastré con cuidado hasta la base del bastidor y subí los tres primeros escalones.

Desde arriba, la tensión del cabo era evidente: las fibras crujían contra el metal y el nudo ciego estaba a punto de montarse sobre la guía.

Estiré los dos brazos para aferrar la soga por encima del bloqueo.

La aspereza del cáñamo me mordió las palmas en cuanto tiré hacia abajo para aflojar la traba.

El peso del bastidor tiraba en sentido contrario con una fuerza constante, seca, que me obligó a clavar las suelas en el peldaño para no perder el equilibrio.

Una mano firme se cerró sobre el larguero izquierdo de la escalera.

Miré hacia abajo. Leo estaba allí, de pie en la penumbra del lateral, con la otra mano apoyada en la base del montante para fijar la estructura al suelo. No llevaba la libreta ni la linterna; solo su jersey oscuro con las mangas arremangadas hasta los codos.

—Sujeto la base —dijo en voz baja, sin elevar el tono por encima del ensayo—. Si tiras de golpe, la soga te va a arrastrar hacia el bastidor.

—Está mordida en la mariposa del trípode —le expliqué, midiendo el esfuerzo con la respiración—. Si la suelto de golpe, la tela cae en diagonal y se mete en el cuadro de Carmen.

—Pásame el chicote por detrás del brazo —pidió él, dando medio paso hacia el peldaño inferior sin mover la mano del larguero—. Yo recibo la carga desde abajo y tú liberas la lazada del hierro.

Me quedé quieta un instante, con los dedos entumecidos por la presión del cáñamo.

Durante años, cada vez que una estructura amenazaba con venirse abajo en un montaje, mi respuesta automática había sido aferrarme más fuerte, asumir el peso entero aunque me desollara las manos y no soltar hasta tener el control absoluto de cada centímetro.

Delegar ese tiro significaba confiar en que la persona que estaba abajo no iba a tirar antes de tiempo, no iba a improvisar un nudo distinto ni iba a marcharse dejándome con la carga en vilo.

Leo me sostuvo la mirada desde la base de la escalera. No alargó el brazo para arrebatármela ni dio un tirón preventivo; se limitó a mantener su mano firme contra la madera, esperando que fuera yo quien decidiera el momento.

Abrí los dedos despacio.

El cáñamo corrió entre mis palmas con un roce caliente hasta que Leo lo recibió con ambas manos, bloqueando el descenso con el peso de su cuerpo. La tensión en mis hombros desapareció de golpe.

—La tengo —murmuró—. Suelta el hierro.

Con las manos libres, empujé la abrazadera metálica hacia afuera, desenredé la vuelta que aprisionaba la cuerda y la saqué de la escuadra. El tiro quedó limpio, suspendido en una vertical perfecta.

—Baja tres centímetros —le indiqué.

Leo cedió cuerda con un movimiento medido, exactamente los tres centímetros que hacían falta para que el bastidor asentara sobre su guía sin cabecear. Esperó a que yo comprobara el nivel con la vista antes de dar la última vuelta sobre la cornamusa de la pared y asegurar el nudo con un cote doble.

Bajé los tres peldaños despacio. Mis botas tocaron el entablado y quedé frente a él, a menos de un paso de distancia en la penumbra tibia de los bastidores. El rumor de las voces de Andrés y Sofía llegaba amortiguado por el terciopelo negro, constante y fluido.

—Gracias —dije, sin adornar la palabra ni buscar una salida rápida hacia la sala.

—Estaba demasiado tensa —respondió Leo.

Al recoger el sobrante del cabo para enrollarlo junto a la pared, su mano rozó la mía. No hubo prisa por apartarse: la piel áspera por el trabajo se demoró un segundo sobre el dorso de mis dedos, tibia y quieta.

Ninguno de los dos retiró la mano de inmediato.

Leo dio un paso atrás hacia el pasillo lateral y señaló con un gesto suave hacia el proscenio.

—El coro está a punto de entrar al segundo cuadro —dijo en voz baja—. Si Tomás mantiene el semicírculo abierto como lo acaba de mover, Carmen va a necesitar medio segundo más de sombra antes de que entre el recorte cenital.

Asentí, sintiendo el aire fresco del teatro entrar de nuevo en mis pulmones.

—Vamos a decírselo juntos —respondí.

Salimos al escenario por la embocadura. Leo se situó junto a la mesa de mandos y yo me detuve en la primera línea de butacas.

Con dos indicaciones precisas —él desde los potenciómetros y yo desde la intención de la réplica—, el elenco ajustó la entrada sin titubeos, y la escena avanzó limpia bajo una luz que por fin parecía pertenecerles a todos.