Capítulo 5 #2
—Sabía que la línea tres no aguantaba la carga prevista —admitió con voz clara—.
Reajusté los canales en el taller para no sobrecargar el cuadro y concentré la luz útil en el centro para proteger la escena principal.
Creí que podríamos salvar la pasada sin abrir otra discusión técnica a doce horas del ensayo general.
—No protegiste la escena, Leo. Decidiste por tu cuenta que el coro tenía que apretarse en tres metros de tarima y me dejaste descubrirlo en plena pasada continua. Otra vez has preferido arreglar las cosas a solas antes de hablar de lo que no cabe en el plano.
—Marina, basta —intervino Clara, plantándose entre los dos con la tablilla de producción en alto—. Si vais a empezar a pasaros facturas sobre quién avisó a quién a las doce de la noche, nos vamos todos a comer y suspendemos el estreno del viernes.
Clara se giró hacia mí, clavando la punta del bolígrafo en el papel.
—Leo se equivocó al recortar el tiro sin avisar de los metros ciegos, pero tú no has dejado de cambiar movimientos sobre la marcha.
En cuanto viste que Sofía dudaba, le gritaste a Andrés que se fuera al centro; cuando Andrés se movió, invadió la diagonal de Tomás y tú le pediste a Tomás que compensara por la pata tres.
¿Cómo pretendes que Leo ajuste un dimmer si estás improvisando el bloqueo en mitad de una pasada cronometrada?
Apreté los dedos sobre el lomo del cuaderno de dirección. No había improvisado por capricho; quise sostener la escena antes de que se desmoronara, pero el resultado sobre las tablas era exactamente el desorden que Clara describía.
Tomás dio un paso adelante desde el pasillo lateral. Llevaba la chaqueta del personaje a medio abotonar y una sombra de cansancio le marcaba el ceño.
—Clara tiene razón en lo suyo y Gabriel en los cables, pero el problema real lo tenemos nosotros ahí arriba —dijo Tomás, señalando el entablado vacío—.
En el primer cuadro, Carmen estaba pendiente de no quemarse los ojos con el foco frontal; Sofía miraba al suelo para encontrar una cinta que ya no coincidía con la luz, y yo entré al foro sin saber si mirar a mis compañeros o esquivar las sombras de los laterales.
No sabemos qué historia estamos contando, Marina.
Parece que la dirección y la iluminación están regateando metro a metro a ver quién cede antes.
El silencio volvió a instalarse en el patio de butacas, espeso y cargado por el olor a lluvia reciente que entraba desde el vestíbulo.
Beatriz Valdés avanzó despacio por el pasillo hasta situarse a la altura de la fila tres. Se quitó los guantes de piel, los dejó sobre el reposabrazos y nos miró a Leo y a mí con una calma gélida, enteramente ejecutiva.
—El patronato no va a evaluar este festival por la pureza de vuestros argumentos —dijo Beatriz, con una voz comedida que cortaba cualquier intento de réplica—.
El viernes a las doce tenemos la presentación oficial en el ayuntamiento y la comisión de patrocinio espera ver un proyecto solvente, no a dos directores disputándose el ancho de una tarima.
La inversión complementaria se aprobó bajo una condición muy clara: renovación técnica y solvencia artística trabajando en una sola dirección.
Beatriz miró el escenario a oscuras y luego volvió los ojos hacia nosotros.
—Si no sois capaces de presentar un plan coordinado, viable con la infraestructura real de este teatro y con el elenco seguro de lo que hace antes de mañana por la tarde, retiraré la partida técnica complementaria.
El festival volverá al formato reducido de deux funciones y vosotros tendréis que explicarle al pueblo por qué la modernización se quedó en un cono de luz sobre un escenario a oscuras.
Nadie respondió. Beatriz recogió sus guantes, asintió brevemente a Clara y se dio la vuelta para salir del patio de butacas con el mismo paso medido con el que había entrado.
Gabriel la siguió unos segundos después; guardó su linterna en el cinturón y cerró la puerta del vestíbulo con un chasquido sordo.
Clara miró su cronómetro.
—El elenco tiene diez minutos más de descanso —dijo en voz baja—. Si a la una no tenemos una instrucción única para el primer acto, desconvoco la jornada y perdemos el pase de vestuario de la tarde.
Se marchó hacia los camerinos junto a Tomás, dejándonos a solas en el pasillo central.
Me quedé de pie entre las filas de butacas de terciopelo gastado, mirando el entablado del Teatro de la Marea.
Las marcas azules que yo había pegado con tanta minuciosidad estaban allí, ordenadas, perfectas sobre el papel, pero inútiles frente a la física de un edificio que no admitía más corriente.
Exigir que el teatro se ensanchara para salvar mi puesta en escena original era materialmente imposible; continuar mediante concesiones aisladas solo fragmentaría todavía más el montaje y terminaría de romper al elenco.
Leo dio un paso más y se detuvo junto a la cabecera de mi fila. Su sombra se proyectaba larga sobre la moqueta bajo la solitaria luz de trabajo que colgaba en lo alto.
—Gabriel no va a ceder con los voltios, Marina —dijo en voz baja, sin rastro de ironía ni de reproche—. Y tus marcas no entran en el tiro que las líneas pueden sostener.
Cerré el cuaderno de dirección despacio, sintiendo el peso frío de las tapas entre las manos.
—Lo sé —respondí, mirándolo por primera vez sin la coraza del organigrama—. Ninguno de los dos planes funciona por separado.
Dejé el cuaderno sobre el reposabrazos de la butaca de madera y subí despacio los tres escalones del proscenio.
El entablado crujió bajo mis suelas en mitad del silencio que habían dejado Clara, Tomás y Gabriel al marcharse.
Las marcas de cinta adhesiva azul y ámbar dibujaban sobre el suelo un mapa inservible, lleno de cruces que ya no llevaban a ninguna parte.
Leo me siguió con la libreta cerrada en la mano y se detuvo a un par de metros, junto a la embocadura. Al pasar por la fila, había recogido mi cuaderno del reposabrazos. En lo alto, la bombilla de trabajo seguía oscilando levemente por la corriente que entraba desde el muelle.
—Si volvemos a entrar a esa sala discutiendo por vatios o por metros de cinta, Beatriz nos cancela la partida en diez minutos —dije, volviéndome hacia él—.
Deja los disyuntores y las tablas de canales por un segundo, Leo.
Dime qué tiene que sentir el público cuando se apaguen las luces del patio de butacas.
Leo bajó la vista hacia las tablas gastadas, buscando las palabras sin la armadura técnica de sus esquemas.
—No deberían sentir que han venido a ver un museo —respondió en voz baja, levantando los ojos para sostener mi mirada—.
Ni tampoco una feria de efectos que intente tapar este edificio.
La luz tendría que mostrar que la memoria de este festival sigue viva, pero transformada por lo que somos ahora.
No cubierta por una capa de pintura moderna que nadie en el pueblo reconozca.
La respuesta encajó con una precisión que no esperaba. Era exactamente lo que yo no había sabido formularle a Tomás sin ponerme a la defensiva.
—Y mi dirección buscaba lo mismo —admití, sintiendo cómo cedía la tirantez en los hombros—.
Quería que Carmen, Tomás y los demás fueran los dueños de la escena, no estatuas cuidando una tradición intocable.
Pero para protegerlos los convertí en un bloque rígido, esperando que tus focos los vistieran sin mover una ceja.
—Y yo quise imponer una atmósfera antes de ver cómo respiraban ellos —añadió Leo, dando un paso hacia el centro del proscenio—. Si no podemos alimentar los baños laterales para catorce personas abiertas en abanico, el coro no puede entrar formado en una línea estática.